Un paisaje modelado por la erosión a lo largo de millones de años

Valle gran rey
El aspecto de “exprimidor de naranjas” que La Gomera presenta en la actualidad es resultado de su larga historia geológica. Ésta se inicia con la formación de un gran volcán en escudo, lo cual explica la forma casi circular de La Gomera. A lo largo de su historia geológica, la isla ha tenido periodos eruptivos de crecimiento y construcción de edificios volcánicos seguidos de su desmantelamiento por medio de la erosión. La última gran etapa constructiva apiló una gran masa de materiales basálticos en la zona central de la isla y sus cumbres septentrionales. Desde hace al menos tres millones de años, La Gomera no ha experimentado ningún tipo de erupción volcánica.

Sus paisajes están dominados por la erosión, con los profundos barrancos como su máximo exponente, éstos se disponen radialmente desde las cumbres, en el centro de la isla, hacia el mar. En el norte de La Gomera los interfluvios son escarpados pero en el sur los barrancos están separados por zonas relativamente llanas o con forma de suaves rampas conocidas como “lomadas”. En ambos casos los barrancos son profundos y a menudo entre los cauces y las crestas hay enormes desniveles y paredes rocosas.

Garajonay, una masa forestal en la meseta central de la isla

Masa forestal
La Gomera posee un amplio espacio en la zona central de suaves desniveles formando una gran meseta. Es el reino de la niebla, que compensa la falta estival de lluvias y mantiene en todo su esplendor la laurisilva mejor conservada de Canarias. Las áreas de barlovento son las más afectadas por las nieblas y donde el monte alcanza su máximo desarrollo. En las vertientes de sotavento, al estar menos expuestas al alisio y haber sufrido usos más intensivos, la riqueza arbórea es menor y hay una mayor abundancia de matorrales de sustitución.

Como peculiaridad de Garajonay respecto al resto de los paisajes gomeros, es la vegetación en sus múltiples manifestaciones la que define el paisaje, por encima de los rasgos orográficos o accidentes geológicos.

El monte, a pesar de asemejar un manto verde homogéneo visto desde arriba, es muy diverso en su composición y desarrollo, en función de las múltiples variaciones microclimáticas y de suelos que ofrece el parque.

 El interior del bosque

El interior del bosque
El dosel arbóreo favorece la presencia de musgos, helechos y algunas plantas trepadoras poco exigentes de luz. En gran parte del parque se puede tener la sensación de estar dentro de una selva tropical. Ello no deja de ser un indicativo de la gran singularidad de este monte, reliquia de la Era Terciaria, cuando estos bosques dominaban los continentes que tenían un clima más estable y húmedo que en la actualidad.

Desde el interior del bosque se puede percibir la intensidad y complejidad de sus procesos ecológicos: una tierra oscura y rica en humus sobre la que se ha depositado una gruesa capa de hojarasca; diversas estrategias de propagación o de supervivencia de las especies arbóreas; troncos y ramas tapizados de musgos y líquenes; árboles caídos y restos de madera muerta, etc. Todo ello nos habla de un monte antiguo en el que desde hace varias décadas es muy escasa la intervención humana. Esta naturalidad la podemos percibir también desde los miradores: es la naturaleza la que domina el paisaje.

 Una selva bañada por la niebla

Una selva bañada por la niebla
Cuando caminamos dentro del parque, la sensación de ambiente “fantasmagórico” se acentúa por la niebla que cubre Garajonay. La densa bruma es un rasgo característico de este bosque y es producto de la condensación en nubes de los vientos alisios provenientes del noreste cuando chocan con las cumbres de la isla. Es la presencia de esta niebla frecuente en el bosque la razón de su existencia. Es muy llamativo el espectáculo que ofrece esta capa de nubes desde algunos miradores cuando desciende desde las cumbres asemejando grandes cascadas.

 La primavera en Garajonay

La primavera en Garajonay
Si bien el verde es el color dominante en el parque, la aparición de nuevos colores anuncia la inconfundible llegada de la primavera. Entre los meses de marzo y junio se produce la floración de muchas de las plantas del parque nacional. Un maravilloso lugar para disfrutar de esta explosión de color son los alrededores de La Laguna Grande donde entre abril y principios de mayo el patacuervo (Geranium reuteri) tiñe de color malva el sotobosque. Lo mismo ocurre en bordes de pistas con las floraciones amarillas de morgallones (Ranunculus cortusifolius) o blancas e incluso lilas ¡en la misma planta! de la endémica arcila (Pericallis steetzii). Asimismo con la aparición de brotes en los arboles entre los meses de mayo y julio, la bóveda de los arboles se tiñe de tonos verdes claros y alegres que contrastan con los verdes oscuros del resto del año.

Los Roques

Los Roques
No se puede hablar de los paisajes de Garajonay sin hacer mención especial de Los Roques, los elementos geológicos más relevantes de La Gomera. Imponentes masas rocosas que dan la bienvenida al parque por la carretera GM2, se alzan en uno de sus límites meridionales, en las cabeceras de los barrancos de La Laja y Benchijigua. Este conjunto monumental está formado por los roques de Carmona, La Zarcita, Ojila, y el imponente Roque de Agando. Son visibles como resultado de la acción de la erosión que ha desmantelado los materiales que envolvían diversas chimeneas volcánicas (conductos de emisión de lava). Ese magma que no llega a verterse en la superficie y se acumula en la boca eruptiva debido a su gran viscosidad -al ser de naturaleza traquítica y fonolítica (más dura)- termina quedando al descubierto en forma de enormes promontorios rocosos donde la erosión es mucho más lenta. Es su peculiar sustrato más ácido, el que hace que no sólo sean auténticos colosos de interés geológico y paisajístico, si no también florístico al albergar especies muy escasas como el madroño canario (Arbutus canariensis), el pino canario (Pinus canariensis), el cedro (Juniperus cedrus) o la jara blanca (Cistus chinamadensis), entre otros.