Bailetambor blanco y negro
La isla de la Gomera posee un rico patrimonio etnográfico resultado de la adaptación de sus habitantes al peculiar medio insular de espectacular belleza, pero que nunca ha facilitado la vida de sus moradores. A todo esto debemos añadir circunstancias históricas como su condición de isla de señorío hasta bien entrado el siglo XIX, lo cual impidió que muchos de los cambios que se producían en algunas de sus islas vecinas apenas se produjesen en La Gomera. Asimismo se da una gran fragmentación de la propiedad de la tierra, estructuras internas de poder poco favorables al desarrollo, las dificultades en las comunicaciones tanto internas como por mar o su condición de “isla menor”. La sociedad isleña se ha visto marcada a un forzado aislamiento, interrumpido hace apenas dos décadas con la llegada del turismo y la mejora de las comunicaciones. Por ello la adaptación al medio ha sido ante todo una necesidad. Sobra decir el papel vital que el monte ha tenido como suministrador de recursos y como espacio social. Los resultados de esta adaptación se plasman tanto en la cultura como en el paisaje: terrazas de cultivo para aprovechar hasta el último rincón cultivable, caseríos ubicados en los lugares más seguros ante riadas y desprendimientos y con menos vocación para el cultivo, una gran tradición oral que se plasma en relatos, leyendas, romances, rezos, décimas, cantares, etc. Cómo válvula de escape a unas condiciones de vida siempre difíciles la emigración ha sido siempre una necesidad en toda época. A principios de la década de los setenta comienza la llegada del turismo. Esto ha supuesto un progresivo pero imparable cambio en las estructuras sociales y económicas de la isla al mismo tiempo que un cambio en la forma de relacionarse con el medio. No obstante muchas de las tradiciones culturales se mantienen con toda su vitalidad.
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