GOBIERNO DE CANARIAS - PÁGINA PRINCIPAL CONSEJERIA DE EDUCACION CULTURA Y DEPORTES - PÁGINA PRINCIPAL
REVISTA DE LA INSPECCIÓN - Nº 1 - SEGUNDA ÉPOCA . ABRIL 2006
Por Teresa Cancio León

     El prestigio de Pérez Galdós como novelista ha motivado que su figura como hombre de teatro haya quedado casi en el olvido. Todos sus méritos como dramaturgo han quedado prácticamente arrasados por los de un narrador y creador de caracteres que describió la España del siglo XIX como un inmenso fresco histórico. Pero la pasión de Galdós por el teatro nació en él desde muy pronto y no lo abandonaría nunca, con etapas de mayor o menor relación con la escena. 

     Ya desde sus años escolares en Las Palmas de Gran Canaria, en el colegio de San Agustín, junto a la Audiencia, en el viejo barrio de Vegueta, escribía comedias que, según propia confesión, eran dramones lacrimógenos y desgarrados de inspiración romántica que, junto a sonetos irónicos dirigidos a sus profesores, terminaron en el cesto de los papeles. Cuando se matriculó en la Universidad en Madrid para efectuar sus estudios de Derecho, Galdós tenía diecinueve años y comenzó a frecuentar el mundillo escénico de la corte. Dada su precaria economía, el tímido muchachito canario no podía permitirse asistir a los estrenos teatrales o a las zarzuelas de moda, pero asistía puntualmente a las tertulias, donde conoció a muchos personajes pintoresco de la farándula. “Invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias. Frecuentaba el Teatro Real …” – recuerda el autor (1).

     Un acontecimiento aparentemente sin importancia conmovió al estudiante: pudo asistir, desde los asientos más altos y baratos del paraíso, al estreno de Venganza catalana, el famoso drama romántico de García Gutiérrez, interpretado por dos colosos de la escena de la época: Matilde Díez y Manuel Catalina. Al regresar, después de la función, a la pensión donde se hospedaba junto a su paisano Fernando León y Castillo, sintió deseos de quemar todas sus comedias, que nada valían comparadas con aquel drama que él consideraba ejemplar. No las quemó, sin embargo, sino continuó escribiendo teatro cada vez con mayor fervor, tanto en verso como en prosa.

      Se prestó voluntariamente a formar parte de la claque que casi todos los teatros importantes tenían organizada en los estrenos, sobre todo en aquellos de éxito dudoso. Su misión consistía en aplaudir frenéticamente al final de cada acto, en unión de otros estudiantes pobres y bohemios, para animar y contagiar al publico con su entusiasmo. Gracias a este procedimiento pudo ver casi todas las comedias, zarzuelas, óperas y actuaciones circenses que se exhibían en el Madrid de aquellos años.

     Cuando comenzó a colaborar en algunos periódicos, tuvo la oportunidad de recibir entradas gratuitas o pases que los empresarios enviaban a la prensa. Galdós confesaría años más tarde la emoción con que esperaba aquellos sobre azules, casi transparentes, que contenían las entradas. Fue espectador asiduo del Teatro Español, del Teatro del Príncipe, del Variedades, del Teatro de la Zarzuela, del Circo Price. Tuvo la oportunidad de oir cantar a las mejores voces europeas del momento - Emilio Mario,  Boccolini , la Grisi – , escuchar las partituras de moda – Gaztambide, Barbieri, Oudrid- , presenciar las interpretaciones de los cómicos más reputados - Julián Romea, Matilde Díez, Manuel Catalina – y conocer las obras de los dramaturgos en boga – Tamayo, López de Ayala, Fernández y González –. Mientras tanto guardaba sus dramas en un cajón de su escritorio, sin atreverse a mostrárselos ni siquiera a sus más íntimos amigos, como a Fernando León y Castillo, futuro marqués del Muni y como ya hemos dicho compañero suyo en la fonda de la calle Sevilla. Pero un día tuvo un súbito arranque, propio de las personalidades tímidas como la suya: se presentó de improviso en el camerino de Manuel Catalina, en el Teatro Español, entregándole una comedia suya titulada La expulsión de los moriscos. Al gran actor, que era también el director del teatro, pareció agradarle el joven canario y prometió leerla. En la correspondencia de Galdós, que se guarda en su casa natal, hoy Casa-Museo de la calle Cano de Las Palmas de Gran Canaria, encontramos numerosísimas cartas escritas por gente de teatro y dirigidas al escritor ( 2). En una de ellas Eusebio Blasco le dice que leyó la obra en el mismo camerino de Manuel Catalina, aunque ignora su paradero. Aunque Galdós insistió en reclamarla, en otras cartas sucesivas, todas ellas del año 1871, Blasco le contesta siempre que no ha podido localizarla.  De esta obra no tenemos más referencias y lo más probable es que se extraviara en alguna de las numerosas giras que efectuó la compañía.

     Tal vez desmoralizado por la pérdida de su pieza dramática o tal vez animado por el éxito que obtenían sus novelas, el escritor entra en unos años en que parece abandonar todo contacto con el teatro. En efecto, entre 1875 y 1883 se dedica exclusivamente a su producción novelística. “Hallábame entonces en plena fiebre novelesca. Del arte escénico no me preocupaba ni poco ni mucho. No frecuentaba los teatros. Desde mi aislamiento sentía el rumor entusiasta de los grandes éxitos de Echegaray…”  ( 3 ).

      Galdós efectuó dos viajes por Europa, ambos en 1884. El primero fue a Gran Bretaña, acompañado de su amigo Alcalá Galiano, entonces cónsul en Newcastle-on-Tyne. En otoño, y también acompañado de Alcalá Galiano, recorrió Italia. Fueron las dos primeras salidas del escritor al extranjero y de ellas habló largamente en sus memorias ( 4 ). Del primer viaje nos ha quedado un librito entrañable, La casa de Shakespeare, donde describe emocionadamente el pueblo natal del gran dramaturgo inglés, Stradford-on-Avon. Este libro fue considerado en su tiempo como un modelo de prosa, sencilla y de máxima claridad, por lo que fue libro de texto en las clases de lengua castellana en varios países hispanoamericanos ( 5 ). El paisaje de Escocia le evocaba a Macbeth y las brujas, los bosques de Fotheringhay al encuentro entre Isabel I y María Estuardo. Para Galdós, todo era un gigantesco escenario del teatro isabelino. Su viaje estuvo lleno de encuentros con Shakespeare y sus personajes. De su viaje a Italia conservará siempre la imagen soleada y silenciosa de los teatros romanos de Pompeya, donde le pareció estar oyendo el rumor del público que se había sentado hacía más de mil años en sus gradas de piedra.

     En 1892 Galdós ya era una prestigiosa figura de la literatura europea. Es entonces cuando, tal vez desde su seguridad de autor consagrado, decide adaptar al teatro una de sus novelas más populares: Realidad. Aprovechando la estructura de la novela, le fue fácil convertirla en obra teatral. Se estrenó en el Teatro de la Comedia, de Madrid, interpretado por María Guerrero, Emilio Thuillier y Emilio Mario, y constituyó un éxito de público y crítica. Un año después, en 1893, volvió a adaptar para la escena otra de sus novelas, La loca de la casa, estrenada también el Teatro de la Comedia e interpretada por María Guerrero, María Cancio, Emilio Thuillier y Emilio Mario. El nuevo triunfo lo animó a adaptar uno de sus episodios nacionales, Gerona, que protagonizó Antonio Vico y fue un rotundo fracaso, originándole graves pérdidas económicas a su autor, especialmente por el gasto efectuado en los decorados. El fracaso de esta obra – realmente endeble y de escasos méritos teatrales -  hizo meditar a Galdós sobre la conveniencia de continuar adaptando novelas suyas al teatro, decidiendo que la próxima obra sería escrita directamente para la escena. Así nació La de San Quintín, estrenada en 1894 con un reparto formado por María Guerrero, María Cancio, Cepillo, Thuillier y otros grandes actores de la época.

      Y así continuó Galdós escribiendo obras para la escena, hasta completar una nómina de veinticuatro dramas. Con una regularidad típica del autor, ofreció casi anualmente una comedia a los escenarios :Los condenados (1894), Voluntad (1895), Doña Perfecta (1896), La fiera (1896), Electra (1901), Alma y vida ( 1902), Mariucha (1903), El abuelo (1904), Bárbara (1905), Amor y ciencia (1905), Pedro Minio (1908), Zaragoza (1908), Casandra (1910), Celia en los infiernos (1913), Alceste (1914), Sor Simona (1915), El tacaño Salomón (1916), Santa Juana de Castilla (1918) y Antón Caballero (1921). Esta última fue su obra póstuma, pues Galdós murió en 1920 y fue terminada por los hermanos Álvarez Quintero. Su drama Un joven de provecho, en cuatro actos, no llegó nunca a ser representado.

      De todo el teatro galdosiano fue indudablemente Electra su obra más aplaudida. El éxito de público fue clamoroso desde el día de su estreno en Madrid, en el Teatro Español. Fue interpretada por Matilde Moreno, Francisco Fuentes, Fernando Altarriba y Ricardo Valero. Su tema central versa sobre la educación autoritaria que pretende ejercer sobre la joven Electra un personaje aristocrático y muy religioso llamado Pantoja, que intenta por todos los medios alejarla de la influencia de Máximo, un librepensador del que está enamorada. La obra fue politizada desde el primer momento, pues algunos sectores republicanos identificaron a Pantoja con el conservadurismo y la reacción, mientras glorificaban a Electra y a Máximo como símbolos del progresismo y la libertad. Se dio el caso curioso de que  Galdós presenta a Pantoja como un personaje influyente y religioso, pero a medida que la obra iba triunfando en los escenarios españoles e hispanoamericanos el actor que encarnaba al citado personaje salía a escena vestido con una sotana, llegando a identificársele como un jesuita. La obra se convirtió en una violenta diatriba contra la educación religiosa. El éxito y la efervescencia ideológica acompañaron a Electra por todos los escenarios y situó a Galdós en la cumbre del teatro español. Pese a su exageración, la polémica originada por la obra provocaría la caída del gobierno conservador, que fue sustituido por el liberal. Galdós, que por aquel entonces todavía se confesaba monárquico, acabó declarándose republicano. Fue nombrado director del Teatro Español y la mejor compañía de entonces, la de María Guerrero y su esposo, Fernando Díaz de Mendoza, pasearon sus obras en triunfo por España y América.En el espistolario galdosiano abundan las cartas relacionadas con Electra. Entre ellas encontramos curiosas anécdotas, como la de un señor que quiso bautizar a una hija suya con el nombre de Electra, a lo que el cura de su pueblo se opuso. O el caso de un famoso chef que bautizó con el nombre de Electra un pastel de su creación. O la decisión de un tabaquero cubano de denominar a sus cigarros con la marca Electra. La representación en Pamplona y en Valladolid tuvo visos de tragedia griega, pues los sectores conservadores habían planeado boicotear la obra, saliendo en su defensa los espectadores liberales...Para colmo del pintoresquismo, nos enteramos también de que una compañía ergentina respresentó la obra “ al estilo gauchesco”, para su mejor comprensión en aquellas tierras y de que incluso en Buenos Aires los actores utilizaron la jerga lunfarda para hacer más verosímil la obra en los ambientes populares. Las traducciones a diversos idiomas no se hicieron esperar y Electra fue igualmente bien acogida en Europa, aunque los problemas educacionales que planteaba no fueran siempre comprendidos al no producirse en algunos países. 

     La amistad de Galdós con María Guerrero fue larga y de ella dan pruebas las cartas que se conservan en el archivo galdosiano. Galdós escribió para ella sus mejores dramas y la actriz hizo verdaderas creaciones de sus personajes.

 Veintiséis años dedicó Galdós al teatro como autor _ desde 1892, fecha del estreno de Realidad en Madrid hasta 1920, fecha de su muerte, que le impidió como ya hemos dicho terminar Antón Caballero -. Conoció fracasos estrepitosos,olvidos, éxitos apoteósicos, críticas aduladoras y adversas. Vivió la escena con una pasión continuada. Su mundo fue siempre la gente del teatro. Hoy sus obras casi no se representan, quizás oscurecidas por el teatro de Benavente o por su mismo triunfo como novelista.                                           

 1.- PÉREZ GALDÓS, Benito: Memorias de un desmemoriado   . Tomo I de sus obras completas. Editorial Aguilar. Madrid, 1955. Página 1.655.

2.- CANCIO LEÓN, Teresa: Galdós y el teatro. Plan Cultural de la Mancomunidad de Cabildos de  Las Palmas ( inédito). 

3.- SÁENZ DE ROBLES, Federico Carlos: Introducción a las obras completas de Pérez Galdós, op.  cit. Página 47.

 4.- PÉREZ GALDÓS, Benito: Memorias de un desmemoriado. Op. Cit. Páginas 1.667 y siguientes. 

5.- PÉREZ GALDÓS, BENITO: La casa de Shakespeare. Tomo VI de las obras completas. Editorial Aguilar. Madrid, 1955.Página 1.420.