El prestigio de Pérez Galdós como
novelista ha motivado que su
figura como hombre de teatro haya
quedado casi en el olvido. Todos
sus méritos como dramaturgo han
quedado prácticamente arrasados
por los de un narrador y creador
de caracteres que describió la
España del siglo XIX como un
inmenso fresco histórico. Pero la
pasión de Galdós por el teatro
nació en él desde muy pronto y no
lo abandonaría nunca, con etapas
de mayor o menor relación con la
escena.
Ya desde sus años escolares en Las
Palmas de Gran Canaria, en el
colegio de San Agustín, junto a la
Audiencia, en el viejo barrio de Vegueta, escribía comedias que,
según propia confesión, eran
dramones lacrimógenos y
desgarrados de inspiración
romántica que, junto a sonetos
irónicos dirigidos a sus
profesores, terminaron en el cesto
de los papeles. Cuando se
matriculó en la Universidad en
Madrid para efectuar sus estudios
de Derecho, Galdós tenía
diecinueve años y comenzó a
frecuentar el mundillo escénico de
la corte. Dada su precaria
economía, el tímido muchachito
canario no podía permitirse
asistir a los estrenos teatrales o
a las zarzuelas de moda, pero
asistía puntualmente a las
tertulias, donde conoció a muchos
personajes pintoresco de la
farándula. “Invertía parte de
las noches en emborronar dramas y
comedias. Frecuentaba el Teatro
Real …” – recuerda el autor
(1).
Un acontecimiento
aparentemente sin importancia
conmovió al estudiante: pudo
asistir, desde los asientos más
altos y baratos del paraíso, al
estreno de Venganza catalana,
el famoso drama romántico de
García Gutiérrez, interpretado por
dos colosos de la escena de la
época: Matilde Díez y Manuel
Catalina. Al regresar, después de
la función, a la pensión donde se
hospedaba junto a su paisano
Fernando León y Castillo, sintió
deseos de quemar todas sus
comedias, que nada valían
comparadas con aquel drama que él
consideraba ejemplar. No las
quemó, sin embargo, sino continuó
escribiendo teatro cada vez con
mayor fervor, tanto en verso como
en prosa.
Se prestó voluntariamente a formar
parte de la claque que casi
todos los teatros importantes
tenían organizada en los estrenos,
sobre todo en aquellos de éxito
dudoso. Su misión consistía en
aplaudir frenéticamente al final
de cada acto, en unión de otros
estudiantes pobres y bohemios,
para animar y contagiar al publico
con su entusiasmo. Gracias a este
procedimiento pudo ver casi todas
las comedias, zarzuelas, óperas y
actuaciones circenses que se
exhibían en el Madrid de aquellos
años.
Cuando comenzó a colaborar en
algunos periódicos, tuvo la
oportunidad de recibir entradas
gratuitas o pases que los
empresarios enviaban a la prensa.
Galdós confesaría años más tarde
la emoción con que esperaba
aquellos sobre azules, casi
transparentes, que contenían las
entradas. Fue espectador asiduo
del Teatro Español, del Teatro del
Príncipe, del Variedades, del
Teatro de la Zarzuela, del Circo
Price. Tuvo la oportunidad de oir
cantar a las mejores voces
europeas del momento - Emilio
Mario, Boccolini , la Grisi – ,
escuchar las partituras de moda –
Gaztambide, Barbieri, Oudrid- ,
presenciar las interpretaciones de
los cómicos más reputados - Julián
Romea, Matilde Díez, Manuel
Catalina – y conocer las obras de
los dramaturgos en boga – Tamayo,
López de Ayala, Fernández y
González –. Mientras tanto
guardaba sus dramas en un cajón de
su escritorio, sin atreverse a
mostrárselos ni siquiera a sus más
íntimos amigos, como a Fernando
León y Castillo, futuro marqués
del Muni y como ya hemos dicho
compañero suyo en la fonda de la
calle Sevilla. Pero un día tuvo un
súbito arranque, propio de las
personalidades tímidas como la
suya: se presentó de improviso en
el camerino de Manuel Catalina, en
el Teatro Español, entregándole
una comedia suya titulada La
expulsión de los moriscos. Al
gran actor, que era también el
director del teatro, pareció
agradarle el joven canario y
prometió leerla. En la
correspondencia de Galdós, que se
guarda en su casa natal, hoy
Casa-Museo de la calle Cano de Las
Palmas de Gran Canaria,
encontramos numerosísimas cartas
escritas por gente de teatro y
dirigidas al escritor ( 2). En una
de ellas Eusebio Blasco le dice
que leyó la obra en el mismo
camerino de Manuel Catalina,
aunque ignora su paradero. Aunque
Galdós insistió en reclamarla, en
otras cartas sucesivas, todas
ellas del año 1871, Blasco le
contesta siempre que no ha podido
localizarla. De esta obra no
tenemos más referencias y lo más
probable es que se extraviara en
alguna de las numerosas giras que
efectuó la compañía.
Tal vez
desmoralizado por la pérdida de su
pieza dramática o tal vez animado
por el éxito que obtenían sus
novelas, el escritor entra en unos
años en que parece abandonar todo
contacto con el teatro. En efecto,
entre 1875 y 1883 se dedica
exclusivamente a su producción
novelística.
“Hallábame entonces
en plena fiebre novelesca. Del
arte escénico no me preocupaba ni
poco ni mucho. No frecuentaba
los teatros. Desde
mi aislamiento sentía el rumor
entusiasta de los grandes éxitos
de Echegaray…”
( 3 ).
Galdós efectuó dos
viajes por Europa, ambos en 1884.
El primero fue a Gran Bretaña,
acompañado de su amigo Alcalá
Galiano, entonces cónsul en
Newcastle-on-Tyne. En otoño, y
también acompañado de Alcalá
Galiano, recorrió Italia. Fueron
las dos primeras salidas del
escritor al extranjero y de ellas
habló largamente en sus memorias (
4 ). Del primer viaje nos ha
quedado un librito entrañable,
La casa de Shakespeare, donde
describe emocionadamente el pueblo
natal del gran dramaturgo inglés,
Stradford-on-Avon. Este libro fue
considerado en su tiempo como un
modelo de prosa, sencilla y de
máxima claridad, por lo que fue
libro de texto en las clases de
lengua castellana en varios países
hispanoamericanos ( 5 ). El
paisaje de Escocia le evocaba a
Macbeth y las brujas, los bosques
de Fotheringhay al encuentro entre
Isabel I y María Estuardo. Para
Galdós, todo era un gigantesco
escenario del teatro isabelino. Su
viaje estuvo lleno de encuentros
con Shakespeare y sus personajes.
De su viaje a Italia conservará
siempre la imagen soleada y
silenciosa de los teatros romanos
de Pompeya, donde le pareció estar
oyendo el rumor del público que se
había sentado hacía más de mil
años en sus gradas de piedra.
En 1892 Galdós ya era una
prestigiosa figura de la
literatura europea. Es entonces
cuando, tal vez desde su seguridad
de autor consagrado, decide
adaptar al teatro una de sus
novelas más populares: Realidad.
Aprovechando la estructura de la
novela, le fue fácil convertirla
en obra teatral. Se estrenó en el
Teatro de la Comedia, de Madrid,
interpretado por María Guerrero,
Emilio Thuillier y Emilio Mario, y
constituyó un éxito de público y
crítica. Un año después, en 1893,
volvió a adaptar para la escena
otra de sus novelas, La loca de
la casa, estrenada también el
Teatro de la Comedia e
interpretada por María Guerrero,
María Cancio, Emilio Thuillier y
Emilio Mario. El nuevo triunfo lo
animó a adaptar uno de sus
episodios nacionales, Gerona,
que protagonizó Antonio Vico y fue
un rotundo fracaso, originándole
graves pérdidas económicas a su
autor, especialmente por el gasto
efectuado en los decorados. El
fracaso de esta obra – realmente
endeble y de escasos méritos
teatrales - hizo meditar a Galdós
sobre la conveniencia de continuar
adaptando novelas suyas al teatro,
decidiendo que la próxima obra
sería escrita directamente para la
escena. Así nació La de San
Quintín, estrenada en 1894 con
un reparto formado por María
Guerrero, María Cancio, Cepillo,
Thuillier y otros grandes actores
de la época.
Y así continuó Galdós escribiendo
obras para la escena, hasta
completar una nómina de
veinticuatro dramas. Con una
regularidad típica del autor,
ofreció casi anualmente una
comedia a los escenarios :Los
condenados (1894), Voluntad
(1895), Doña Perfecta
(1896), La fiera (1896),
Electra (1901), Alma y vida
( 1902), Mariucha (1903), El
abuelo (1904), Bárbara
(1905), Amor y ciencia
(1905), Pedro Minio (1908),
Zaragoza (1908), Casandra
(1910), Celia en los infiernos
(1913), Alceste (1914),
Sor Simona (1915), El
tacaño Salomón (1916),
Santa Juana de Castilla (1918)
y Antón Caballero (1921).
Esta última fue su obra póstuma,
pues Galdós murió en 1920 y fue
terminada por los hermanos Álvarez
Quintero. Su drama Un joven de
provecho, en cuatro actos, no
llegó nunca a ser representado.
De todo el teatro galdosiano fue
indudablemente Electra su
obra más aplaudida. El éxito de
público fue clamoroso desde el día
de su estreno en Madrid, en el
Teatro Español. Fue interpretada
por Matilde Moreno, Francisco
Fuentes, Fernando Altarriba y
Ricardo Valero. Su tema central
versa sobre la educación
autoritaria que pretende ejercer
sobre la joven Electra un
personaje aristocrático y muy
religioso llamado Pantoja, que
intenta por todos los medios
alejarla de la influencia de
Máximo, un librepensador del que
está enamorada. La obra fue
politizada desde el primer
momento, pues algunos sectores
republicanos identificaron a
Pantoja con el conservadurismo y
la reacción, mientras glorificaban
a Electra y a Máximo como símbolos
del progresismo y la libertad. Se
dio el caso curioso de que Galdós
presenta a Pantoja como un
personaje influyente y religioso,
pero a medida que la obra iba
triunfando en los escenarios
españoles e hispanoamericanos el
actor que encarnaba al citado
personaje salía a escena vestido
con una sotana, llegando a
identificársele como un jesuita.
La obra se convirtió en una
violenta diatriba contra la
educación religiosa. El éxito y la
efervescencia ideológica
acompañaron a Electra por
todos los escenarios y situó a
Galdós en la cumbre del teatro
español. Pese a su exageración, la
polémica originada por la obra
provocaría la caída del gobierno
conservador, que fue sustituido
por el liberal. Galdós, que por
aquel entonces todavía se
confesaba monárquico, acabó
declarándose republicano. Fue
nombrado director del Teatro
Español y la mejor compañía de
entonces, la de María Guerrero y
su esposo, Fernando Díaz de
Mendoza, pasearon sus obras en
triunfo por España y América.En el
espistolario galdosiano abundan
las cartas relacionadas con
Electra. Entre ellas
encontramos curiosas anécdotas,
como la de un señor que quiso
bautizar a una hija suya con el
nombre de Electra, a lo que el
cura de su pueblo se opuso. O el
caso de un famoso chef que
bautizó con el nombre de Electra
un pastel de su creación. O la
decisión de un tabaquero cubano de
denominar a sus cigarros con la
marca Electra. La representación
en Pamplona y en Valladolid tuvo
visos de tragedia griega, pues los
sectores conservadores habían
planeado boicotear la obra,
saliendo en su defensa los
espectadores liberales...Para
colmo del pintoresquismo, nos
enteramos también de que una
compañía ergentina respresentó la
obra “ al estilo gauchesco”, para
su mejor comprensión en aquellas
tierras y de que incluso en Buenos
Aires los actores utilizaron la
jerga lunfarda para hacer más
verosímil la obra en los ambientes
populares. Las traducciones a
diversos idiomas no se hicieron
esperar y Electra fue
igualmente bien acogida en Europa,
aunque los problemas educacionales
que planteaba no fueran siempre
comprendidos al no producirse en
algunos países.
La amistad de Galdós con María
Guerrero fue larga y de ella dan
pruebas las cartas que se
conservan en el archivo
galdosiano. Galdós escribió para
ella sus mejores dramas y la
actriz hizo verdaderas creaciones
de sus personajes.
Veintiséis años
dedicó Galdós al teatro como autor
_ desde 1892, fecha del estreno de
Realidad en Madrid hasta
1920, fecha de su muerte, que le
impidió como ya hemos dicho
terminar Antón Caballero -.
Conoció fracasos
estrepitosos,olvidos, éxitos
apoteósicos, críticas aduladoras y
adversas. Vivió la escena con una
pasión continuada. Su mundo fue
siempre la gente del teatro. Hoy
sus obras casi no se representan,
quizás oscurecidas por el teatro
de Benavente o por su mismo
triunfo como novelista.
1.-
PÉREZ GALDÓS, Benito: Memorias
de un desmemoriado . Tomo I
de sus obras completas. Editorial
Aguilar. Madrid, 1955. Página
1.655.
2.-
CANCIO LEÓN, Teresa: Galdós y
el teatro. Plan Cultural de la
Mancomunidad de Cabildos de
Las Palmas ( inédito).
3.-
SÁENZ DE ROBLES, Federico Carlos:
Introducción a las obras completas
de Pérez Galdós, op. cit. Página
47.
4.-
PÉREZ GALDÓS, Benito: Memorias
de un desmemoriado. Op. Cit.
Páginas 1.667 y siguientes.
5.-
PÉREZ GALDÓS, BENITO: La casa
de Shakespeare. Tomo VI de las
obras completas. Editorial
Aguilar. Madrid, 1955.Página
1.420.