LA VIDA A BORDO
EN LOS BUQUES DE LA RUTA DE INDIAS
INTRODUCCION
Desde que se
difundió por pueblos y villas españoles la noticia de que a occidente
de la mar océana había tierras por explorar, fueron multitud los
que decidieron pasar a Indias para mejorar su suerte mudando mundo
y tierra, como dice Quevedo al término del Buscón, y, ello, a
pesar del riesgo que suponía cruzar el mar inmenso con medios
tan primitivos.
El interés fue
en aumento a medida que la conquista de México y de Perú compusieron
la imagen de un continente con riquezas fabulosas de oro y plata.
Durante Los tres siglos largos de dominación española en tierra
firme, el flujo de pasajeros fue constante.
En las flotas
que surcaban el Atlántico, se podían encontrar representantes
de todas las clases sociales, aunque no estaba bien visto por
la sociedad de la época. La travesía era una auténtica aventura
para los hombres de los siglos XVI y XVII. A la larga duración
del viaje y a la incógnita de su final feliz habría que añadir
los motivos y perturbaciones que comenzaban desde el momento de
tomar la decisión de pasar a Indias.
Durante el trayecto, los viajeros
-salvo los que iban dependiendo de otros, es el caso de la tripulación
de la que hablaremos a lo largo de este trabajo debían de resolver
por sus propios medios cuanto requiriese su mantenimiento. Los
responsables del buque sólo facilitaban agua racionada por persona,
para beber y lavar. Así, pues, cada viajero había de llevar consigo
vituallas tales como: tocino, harina, galletas, carne y pescados
salados, aceite, vinagre, embutidos, etc..., así como mantas,
colchas y ropas personales. Era frecuente transportar jaulas con
animales vivos: gallinas, pavos, tórtolas, etc... Todo ello daba
lugar a compras, ventas y trueques, un comercio que se iniciaba
ya en el puerto y continuaba a bordo. La mayoría de los viajeros
debía de aposentarse en los pocos espacios libres que en la cubierta
o debajo de ésta, dejaba la abundante carga que aseguraba la rentabilidad
del flete. Era, por tanto, primordial para cada pasajero hacerse
desde el principio con un espacio para colocar su bagaje y su
propio cuerpo y defender este espacio durante los largos días
de navegación.
No quedaban,
por tanto, grandes superficies para pasear. El pasajero permanecía
echado casi todo el tiempo junto a los bultos de su propiedad,
mientras piojos, chinches y cucarachas comenzaban a ampliar sus
dominios.
De la promiscuidad
de aquella muchedumbre, de aquellas jornadas además eternas de
vientos en calma, y de sus contrarias de temporales amenazadores,
la fantasía puede crear múltiples imágenes. Pero he aquí un párrafo
del epistolario de Eugenio
Salazar 1, de aquella época:
| "....hombres, mujeres,
mozos y viejos, sucios |
| y limpios, todos van
hechos una mololoa |
| y mazamorra (1), pegados
unos con otros; |
| y así juntos a vos uno
regüelda, otro vomita, |
| otro suelta los vientos,
otro descarga las tripas, |
| vos almorzais y no se
puede decir a ninguno |
| que usa mala crianza..." |
El viaje fue
siempre trabajoso. Todavía en 1743, el jesuita Manuel Joaquín
de Uriarte y Ramírez de Boquedano, escribiendo desde Cartagena
a su hermano Agustín, narraba algunas de las vicisitudes de su
travesía:
| "... Vacilaba la nave,
movida de las olas, como una paja, |
| esperando todos a cada balance
nuestro fin. |
| No se pudieron valer con el
timón los marineros, y así lo ataron |
| casi sin confianza. |
| Bajaron
también las velas y faltos todos de consejo, |
| sólo se trataba de confesión,
y de disponerse para morir... |
| estando en esto vino una oleada
tan fuerte que nos derribó |
| en el suelo, y juntamente
desquicié todos los trastos, |
| y mucha carga al lado derecho. |
| Aumentó la congoja al ver
la agua hacia la Santa Bárbara (II) |
| sin poderse sacar con la bomba,
y por encima entraba las olas, |
| como si toda la nave fuera
mar..." |
Claro que había
momentos de diversión, de canto y baile, de juego y hasta de vida
religiosa dirigida por los frailes, viajeros
también2. Y, por encima de las penalidades, el
deseo de llegar, de alcanzar la fortuna,
de
edificar una nueva vida. Al fin,, en la lontananza, tras muchos
días de travesía, se distinguía la esperanzadora la silueta de
un mundo nuevo.
LA VIDA A BORDO.
En el siglo
XVI, la tripulación mínima exigida para un navío de cien toneladas
ascendía a treinta y una persona: catorce marineros, un artillero,
ocho grumetes, tres pajes, despenseros, alguacil de agua, contramaestre
y capitán. Si había sacerdote a bordo, asistían en cubierta a
una misa seca, es decir, sin consagrar, para evitar que un golpe
de mar pudiese derramar el vino. Luego se cantaba una oración
y cada cual atendía a sus faenas. A bordo nadie se aburría. Cuando
no estaban extendiendo o plegando velas, los marineros tenían
que regar la cubierta para mantenerla estanca (III) o achicaban
el agua acumulada en el fondo de la sentina (IV) por los golpes
de mar o por las filtraciones del casco. Los toneleros mantenían
sus barriles bajo continúa vigilancia, porque las duelas (cada
una de las tablas de que se componen los barriles) tendían a desajustarse
a causa del continuo vaivén del navío. El timonel, instalado bajo
la camareta de popa, sin campo de visión alguno, mantenía el vástago
del timón en la posición que le indicaban desde arriba. Los grumetes
cumplían una serie de tareas menores: vigilaban los relojes de
arena, cuyas ampolletas había que voltear cada treinta minutos,
e iban cantando las horas para que el oficial de guardia las marease
en su placa; echaban el escandallo -soga plomada de cuarenta brazas
de longitud para calcular la profundidad de las aguas- guisaban,
etc...

La cocina del buque solía consistir en una plancha de hierro
sobre la que se extendía una capa de arena. En esta reducida superficie
se encendía un fuego de leña que servía para hervir la marmita
del rancho. Solamente se comía caliente cuando hacía buen tiempo.
Si llovía, tampoco se comía caliente, pero este sacrificio quedaba
compensado sobradamente por la oportunidad lavarse
un poco3.
PORMENORES DE LA VIDA DIARIA.
Todos los días
había que mantener la cubierta limpia y despejada, se reparaban
las velas si habían sufrido desperfectos, ataban cabos. remendaban
redes, revisaban los aparejos4,
etc...
Se agitaban
las velas en la mañana, una vez se habla evaporado el vapor (le
agua que por la noche se condensaba en la atmósfera y caía en
forma de gotas sobre la luna.
Para las guardias
se establecían turnos de cuatro horas que solían cambiarse a las
tres, siete y once horas. Había un marinero encargado de avisar
la hora, que, como ya hemos dicho, controlaba por medio de un
reloj de arena. Añadía a su aviso una letanía religiosa conocida
por todos. De esta manera, al amanecer, el marinero que había
tenido el turno desde las tres de la madrugada, al dar la vuelta
al reloj decía:
|
"Bendita
se la luz y la Santa Veracruz
|
|
y el Señor
de la Verdad y la Santa Trinidad.
|
|
Bendita
sea el alma y el señor que nos la manda,
|
|
bendito
sea el día y el Señor que nos lo envía. "
|
Después rezaba un Padrenuestro
y un Avemaría, para finalizar con este saludo:
| "Dios nos dé los
buenos días; buen viaje, buen pasaje |
| tenga haga la nao, señor
capitán y maestre y buena compaña, |
| amén. Así faza buen viaje,
faza, muy buenos días dé Dios a |
| vuestras mercedes, señor
de popa y proa." |
Cada día el
timonel indicaba el rumbo al piloto de guardia, que la comunicaba
a su vez al nuevo timonel. Siempre había un vigía en popa y otro
en proa; los marineros que habían acabado su guardia anotaban
sus cálculos de velocidad y distancia recorrida en una pizarra.
Los marineros
después de lavarse la cara y manos con agua de mar, ponían en
buenas condiciones la poca ropa que llevaban y con la cual dormían
en diversos rincones de la cubierta tapados por esteras. Algunos
tenían hamacas. El capitán dormía en su pequeño camarote. 
Carpinteros
y Calafates (V) eran los encargados de desalojar la abundante
agua de mar que se había introducido durante la noche. Los marineros
guardaban en un baúl que, no siempre era individual, su escaso
equipaje: camiseta de lana, blusa y calzas. Rara vez se bañaban,
con lo cual el olor que desprendían era, a veces, insoportable.
Con la llegada de un temporal la cosa cambiaba y también las dificultades,
pues habla que mantener la ropa mojada habida cuenta de que a
bordo el fuego era una amenaza: sólo se encendía para poder cocinar
en el fogón.
Se defecaba
y orinaba sobre la mar. Para ello los marineros se sujetaban con
cuerdas o del propio navío, o bién el barco disponía de una tabla
que pendía sobre las olas, a modo de retrete portátil replegable,
al que solían denominar "los jardines"
La alimentación
tenía una fuerte base de salazones; esto provocaba sed y constituía
un enorme problema, ya que el agua potable que se llevaba era
escasa.
Por la tarde
el piloto o capitán hacían llegar, a través del contramaestre,
órdenes que los marineros debían de cumplir con prontitud y monotonía.
A cada operación que debían de ejecutar, se unía una canción que
un marinero entonaba y el resto repetía a coro. Una de ella, en
un mal italiano, decía:
| Bu izá |
| o Dio ayuta noi-ben servir |
| o la fede-mantenir |
| o la fede-de cristiano |
| o malmeta-lo pajaro |
| sconfondi-i sarrabin |
La comida caliente
era la del mediodía y solían hacerla los marineros viejos ayudados
por algún grumete, haciendo guisos con lo que hubiera disponible
en enormes calderos colocados en unos hierros. Podían emplear
vino, aceite, ajos, tocino, bacalao o sardinas en salazón, tasajo
o carne sabida, y bizcocho duro o galletas de harina de trigo
almacenado en la parte más seca del barco.
Los oficiales comían aparte y tenían su propia despensa. Los marineros
combatían el aburrimiento pescando, cantaban canciones, tocaban
instrumentos musicales: flauta, dulzaina, etc... Algunos jugaban
a escondidas -los juegos de azar estaban prohibidos a bordo- a
los naipes o a los dados. Siempre había quien narraba fabulosas
aventuras imaginadas, leída o recordadas de algún libro de caballería.
Aquellos marineros
eran valientes, expertos y audaces, y disputaban a las tempestades
la salvación de sus buques. No hablaban los marineros más que
de las personas ausentes, de los objetos de su cariño, padres,
hijos, hermanos, esposas y prometidas; recordaban las funciones
del pueblo donde nacieron, la festividad del santo patrono, la
velada o verbena donde en alegres corrillos, se bailaba al son
de los cantos populares y de la animada guitarra; soñaban con
la elevada torre de la iglesia de su aldea, cuyas campanas volteaban
en unión de otros revoltosos compañeros, ~ mezclándose a tan sencillas
memorias el natural tentar de no volver a gozar de aquellos
placeres.5
Además de la
lista de actividades indicadas, los marineros organizaban pequeñas
competiciones bién entre ellos o con animales (cerdos y conejos).
Cuando había
tempestades o peligro, la guardia despertaba a todos los tripulantes.
A las siete, al iniciarse la segunda guardia o primera de la noche,
el contramaestre apagaba el fogón y el grumete de turno daba vuelta
al reloj de arena y entonaba:
|
"Bendita
la hora en que Dios nació
|
|
San
Juan que le bautizó
|
|
la guardia
es tomada - la ampolla muele
|
|
buen
viaje haremos - si Dios quiere."
|
La voz del grumete
sonaba cada media hora:
| "Una va pasada-
y en dos nos muele |
| más molerá
si Dios querrá |
| a mi Dios pidamos
que buen viaje hagamos |
| y a la que es madre
de Dios - y abogada nuestra |
| que nos libre de agua
- de bomba y tormenta." |
Cada hora, el
timonel y el vigía se cambiaban, pero el responsable dc la guardia
la pasa toda en cubierta, comprobando que el timonel mantiene
el rumbo. Un paje lleva la lámpara de la aguja de marear y mientras
la traslada canta:
"Amén, Dios nos dé buenas
noches, buen viaje, buen pasaje haga la nao Señor capitán y maestre
y buena campaña."
LOS MEDICOS
A BORDO. Para combatir las enfermedades, casi todos los barcos
llevaban médicos, pero sus conocimientos estaban limitados también
sus deberes. Los enemas, las purgaciones y las sangrías eran tratamientos
corrientes para casi todas las afecciones, desde la viruela hasta
el escorbuto.
El papel del
médico estaba asociado con lo desagradable y su capacidad a veces
era tenida en tela de juicio: con demasiada asiduidad el médico
era un sujeto "borracho, descuidado y corrupto". Pero
sin embargo un hombre trabajó duramente durante más de tres décadas
para cambiar ese estado de cosas. Era John Woodall, un entregado
e innovador médico de Londres que en 1612 fue nombrado primer
inspector general de sanidad de la Compañía de Indias Orientales.
Woodall en el
acto comenzó a contratar hombres que cumplían con los criterios
que tenía él de los conocimientos médicos y a supervisar que tuvieran
un equipamiento adecuado de medicinas e instrumentos. Entre estos
últimos incluyó un invento propio: la trefina, un instrumento
para extraer el hueso craneal astillado. La operación era antigua,
pero hasta entonces se había realizado con una sierra cilíndrica
que con frecuencia cortaba demasiado hondo.
Quizás la más
avanzada contribución de Woodall fue The Surgeons Mate,
un manual que escribió para enseñar a los cirujanos su trabajo.
Cuando murió en 1643, el manual de enseñanza de Woodall era de
uso corriente a bordo de los barcos comerciales, y se siguió empleando
con posterioridad durante muchos años. Su influencia fue tan fuerte
que a fines del siguiente siglo otro cirujano inglés iba a escribir
que las recomendaciones realizadas por Woodall quedan en gran
medida confirmadas por la práctica moderna.
EL CUIDADO DEL
ALMA. Los marineros de este siglo consideraban el cuidado del
alma tan importante como el cuidado del cuerpo, y casi todos los
barcos llevaban sacerdotes u hombres piadosos que velaban por
el bienestar espiritual de los que iban a bordo. En los barcos
ingleses los capellanes por lo general eran clérigos ordenados.
Los holandeses con frecuencia se ¡as arreglaban con legos. Estos
Celebraban oración dos veces al día, antes del desayuno y la cena,
y la asistencia a los servicios era obligatoria; a aquel cuya
ausencia se notara se le cancelaba su ración diaria de bebida
alcohólica.
LOS ENTIERROS.
Los personales importantes (capitán, oficiales, comerciantes,
funcionarios, etc...) recibían un entierro ceremonioso. El cuerpo
de cualquier persona notoria era cosido en una sábana y atado
a una plancha de madera. Una vez que se acababan las oraciones
se bajaba el cuerpo al agua. Esas molestias no se tomaban con
los cadáveres de los marineros corrientes; a veces ni se les amortajaba
en una sábana, sino que sencillamente se los tiraba por ¡a borda
para que se alejaran flotando. Algunos de los entierros ocasionaron
incidentes, Schweitzer recordó que en una ocasión atraparon un
tiburón. "Teníamos la idea de limpiarlo y comérnoslo, pero
cuando lo abrimos encontramos en su vientre a un compañero, al
que habíamos arrojado por la borda, aún sin digerir. Esta visión
nos revolvió tanto el estómago que nadie fue capaz de comerse
el pescado; de modo que de nuevo tiramos al mar al hombre y al
tiburón."
LA BEBIDA A
BORDO. Lo peor de la vida a bordo era la bebida. Cromwell, durante
su mandato en Inglaterra, había ordenado que los marineros de
la flota dispusiesen de un galón de cerveza por semana. Tal y
como se fabricaba en el siglo XVII, la cerveza no se podía conservar
mucho tiempo en un barco. Por lo tanto se prohibió ésta y se ordenó
el servir ron
Cuando se estaba
en la mar, nadie bebía agua voluntariamente, pues se guardaba
en barriles y se volvía verde y viscosa a los pocos días.
Cualquier lugar
se hacía famoso entre los navegantes si en él se podían renovar
las provisiones de agua, y en este sentido alcanzaron especial
notoriedad la isla de Santa Elena y el cabo de Buena Esperanza.
CONCLUSION
Me he propuesto
contar, en lenguaje llano, lo más importante de cuanto a bordo
de los buques sucedía en los siglos XVI, XVII y XVIII. Es decir,
el trabajo abarca el modo de vida en aquellas embarcaciones que
surcaron el Atlántico, durante trescientos y muchos años en los
que gran parte del continente descubierto por Colón estuvo integrado
en la Monarquía hispánica.
Se recibirá
de buen grado las advertencias que hagan quienes echen en falta
algún dato o nombre en estas escuetas páginas. Si la investigación
permanece siempre abierta, mucho más ha de estarlo la divulgación,
que de ella depende.
Y, en cualquier caso,
quedaré satisfecha si esta visión panorámica de las acciones y
modos de vida de un puñado de hombres de ayer, ponen un punto
de reflexión en la vida de los hombres de hoy
Carmen Gargallo
Merseguer
GLOSARIO
(I) Mazamorra: En árabe «sopa de
barco». Consistía en tropiezos de bizcocho rebasados del fondo
de las cubas.
(II) Santabárbara: Lugar donde
se guardaba la pólvora en los barcos.
(III) Estanca: Se llama así a la
cubierta bien reparada, para no hacer agua por sus costuras. A
veces se regaba para comprobar esto.
(IV) Sentina: Cavidad inferior
del buque, situada sobre la quilla. Lugar donde se acumulan las
aguas y restos de combustibles que por cualquier motivo no tienen
salida al mar.
(V) Calafates: Marineros encargados
de cerrar las junturas de las tablas en las naves, con estopa
y brea.
1
Salazar Eugenio: "Carta escrita al licenciado Miranda
de Ron", en Epistolario Español, Biblioteca de Autores
Españoles. Vol. 62. Madrid 1870.
2
Tras los marinos y los .comerciantes que los enviaban,marchaban
misioneros, ansiosos de evangelizar las muchedumbres de salvajes
idólatras con quienes se ponían en contacto. y a sus relaciones,
cartas y escritos, de importancia suma, hay que acudir para
lograr noticias de esta época.
3
Eslava Galán, Juan: La vida en las carabelas, en H y V,
Barcelona, abril 1993.
4
Aparejo: conjunto de palos (mayor, mesana, etc.), jarcias
y velas de un buque.
5
Asensio, José María. Cristóbal Colón. Edit. Espasa y Cía.
Barcelona 1929.
BIBLIOGRAFIA
- López Piñero, J.M.: El arte de
navegar en la España del Renacimiento. Ed. Labor. Barcelona, 1986.
- Nuñez Cabeza de Vaca, A.: Naufragios
y comentarios. Taurus. Madrid 1969.
- Boorstin, D.J.: Los descubridores.
Ed. Crítica. Barcelona, 1986.
- Zaragoza, Gonzalo. Rumbe a las
Indias. Biblioteca El Sol, 1991.
- Cortés, M.: Breve compendio de
la Sphera y del arte de navegar. Madrid 1945.
- Pulido Rubio, J.: El piloto mayor.
Pilotos mayores, catedráticos de cosmografía y cosmógrafos de
la Casa de Contratación de Sevilla. Sevilla 1950.
- Castro y Bravo, Federico. Las
Naos españolas en las carrera de Indias. Amadas y flotas en las
segunda mitad del siglo XVI, Madrid, 1927.
- Lorenzo Sanz, Eufemio. Comercio
de España con América en la época de Felipe II, Valladolid, 1979-89.