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RELACIONES ENTRE CANARIAS Y FRANCIA
Dolores Corbella
Cristina G. de Uriarte
Clara Curell
Profesoras del Dpto. de Filología Francesa y Románica
Universidad de La Laguna

Introducción

Antecedentes históricos

Desde los inicios hasta el siglo XVII

La literatura de viajes entre los siglos XVIII y XX
  - Paisaje
  - Historia natural
  - Clima
  - Etnografía y costumbres

El comercio franco-canario

Relaciones Canarias-Francia
  - La Ilustración
    Canarios en Francia
  - Franceses en Canarias
    El Consulado.
    La Alianza Francesa

Canarias en las letras francesas

Aspectos lingüísticos

Bibliografía comentada

 

Introducción

 

Algunos topónimos como «Islote del Francés» (en Lanzarote), «Playa Francesa» (en La Graciosa), o «Barranco Franceses», «Costa de Franceses» y «Franceses» (en La Palma), aparte de otros derivados de antropónimos de origen galo, como «Betancuria», representan un claro testimonio de un contacto ininterrumpido de Francia con Canarias, relación que ha dejado una singular impronta en la historia y la cultura de esta región.

Es francés el primer conquistador de las Islas, Jean de Béthencourt; de procedencia gala son muchas familias asentadas en el Archipiélago, en su mayor parte vinculadas a la actividad comercial (desde Gascogne y a través de la Península llega la rama de los Ascanio; de Nancy salen los Dugour; de Le Mentec proceden los Croissier; desde Saint-Malo vienen los Baulen, que se instalan en Canarias en 1544; oriundo de Béarn es el apellido Casalon; y son de Francia otras onomásticas de gran arraigo en las Islas como los Porlier, Arnau, Guigou, Mustelier, Fonspertuis, Bosq o de La Roche); son múltiples las referencias a Canarias en la literatura de viajes francesa desde el Renacimiento hasta nuestros días, lo que constituye una excelente fuente para el conocimiento de la historia, la geografía y la etnografía insular; a naturalistas franceses debemos las primeras descripciones de la ictionimia del Archipiélago; son cosmógrafos de origen galo los que determinan la situación de la isla de El Hierro como primer meridiano, y a autores franceses pertenece la mayoría de los estudios antropológicos realizados sobre los aborígenes canarios.

Resulta además significativo que dos de los momentos clave de la evolución cultural insular, la época de la Ilustración y los inicios del Surrealismo, tengan sus raíces en la formación parisina de la elite social del Archipiélago, con una influencia directa de la literatura, la filosofía, las artes y los movimientos vanguardistas de aquel país.

 

Antecedentes históricos Comienzo

 

Aunque fabulosa, la primera relación de Francia con Canarias remonta al siglo XII, fecha de la versión anglonormanda de la Navigatio sancti Brandani (Le voyage de Saint Brandan). La importancia de este texto radica en su contribución a la difusión del tópico de la búsqueda del más allá (como un peregrinaje iniciático hacia el paraíso o el jardín de las delicias) en las islas situadas en el Océano Atlántico -el Mare Ignotum-, uno de los alicientes que llevó en los últimos años de la Edad Media al redescubrimiento de las Canarias. La difusión de la leyenda brandaniana en lengua vulgar tuvo tal popularidad que los cartógrafos, todavía en el siglo XVIII, dibujaban en sus mapas la afortunada isla de «San Borondón» como la octava isla canaria.

En 1410, Pierre d'Ailly, teólogo y cosmógrafo nacido en Compiègne, incluye en su Ymago mundi -escrita en latín- otra descripción tópica de las Islas Afortunadas, reproduciendo un pasaje similar al que San Isidoro de Sevilla y Solino habían recogido, a su vez, de Plinio el Viejo:

«Las Islas Afortunadas indican por su propio nombre que tienen casi todos los bienes, como si ellas fueran felices por la abundancia de sus frutos, pues los bosques producen de forma natural los frutos más preciados y las cimas de las colinas se cubren de vides espontáneas. De ahí el error de los gentiles que creían que estas Islas eran el paraíso por la fecundidad del suelo. [...] Todas están llenas de aves, bosques de palmeras, nogales y pinos. Hay abundancia de miel y están repletas de animales silvestres y peces. Están situadas en el Océano a la izquierda de Mauritania entre el sur y el ocaso, cercanos al occidente, y están separadas entre sí por el mar».

De la lectura de este texto Cristóbal Colón deduce que las Islas Afortunadas a las que hacía referencia Pierre d'Ailly se corresponden con el Archipiélago canario, de ahí que escribiera en el ejemplar que poseía de esta obra una apostilla: «Situación de las Islas Afortunadas. Ahora se llaman Canarias».

Pero, junto al mito de San Borondón y al de las Islas Afortunadas, la historia de Canarias ha interesado a los europeos -y en particular a los escritores galos- también por su conexión con la Atlántida de Platón, tema retomado por el botánico francés Tournefort a finales del XVIII en su Voyage au Levant, por Ledru en su Voyage aux Iles de Ténériffe, La Trinité, Saint-Thomas, Sainte-Croix et Porto-Ricco (1810), por Fortia d'Urban en su Histoire et théorie du déluge d'Ogigès ou de Noé, et de la submersion de l'Atlantide (1809) -concretamente en el capítulo cuarto del tomo IX que lleva por título Mémoires pour servir à l'histoire ancienne du globe terrestre- y, sobre todo, por Bory de Saint-Vincent en los Essais sur les Iles Fortunées (1803), autor que llega a afirmar que

«Les Archipels occidentaux de l'ancien continent nous offrent donc les débris de cette célèbre Atlantide, dont l'avare Océan a englouti les villes, les monumens, et les richesses. [...] Il n'existe plus de l'Atlantide que des rochers et des volcans épars sur une mer orageuse» (Essais, p. 521).

 

Desde los inicios hasta el siglo XVII Comienzo

 

A estas imágenes míticas con que tradicionalmente se ha relacionado el Archipiélago canario habría que contraponer un hecho real: la conquista y colonización de las Islas (Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro) por parte de Gadifer de la Salle y Jean de Béthencourt («chevaliers nez du royaume de France, l'un Poytevin du pais de Touarsoys, l'autre Normant du pays de Caux ont commencée, et mettre en escript les choses qui leur sont avenues des se qu'ilz partirent de leurs nacions [...]. Lesquelz se partirent de La Rochelle le premier jour de may mil CCCC et deux pour venir es parties de Canare pour veoir et visiter tout le pays, en esperance de conquerir les isles qui y sont et mettre les gens à la foy crestienne», Le Canarien: III, 17). La conquista betancuriana significará la incorporación definitiva de las Canarias a Europa y el asentamiento de algunos franceses en las Islas Orientales. Por primera vez, además, se ofrecen datos pormenorizados sobre los aborígenes, sus formas de vida, sistemas de producción y costumbres (de La Palma, por ejemplo, se señala que «Le pais est fort moult peuplé de gens, quar il n'a mie esté ainsi foulé que les aultres pais ont esté. Il sont bele gent et ne vivent que de char», Le Canarien: III, 127), así como la descripción de la naturaleza, la abundancia de agua, la fauna y la flora. Pero el tránsito de la imagen simbólica a la realidad vivida todavía no es completo y, al igual que le ocurrirá a Colón posteriormente, a esa naturaleza contemplada se contrapone una interpretación libresca basada en textos anteriores (en el caso de la llegada normanda, uno de los antecedentes expresos es el itinerario imaginario del Libro del conosçimiento).

La conquista betancuriana abre la ruta de Canarias que, a partir de ese momento, se convierte en paso obligado de los viajes por la costa africana, hacia Oriente y, posteriormente, en escala de las navegaciones americanas (Delafosse, Jannequin, Du Bois, Le Maire y Durret). Es así como el Archipiélago pasa a ser rápidamente conocido no sólo por la abundancia de productos frescos sino, sobre todo, por la calidad de sus vinos: el malvasía y el vidueño. Este último es particularmente apreciado a partir del siglo XVIII, época de los grandes viajes de exploración, debido a que se conserva en perfectas condiciones durante un largo período de tiempo.

Los primeros viajeros demuestran, no obstante, en sus descripciones que todavía no tienen un conocimiento pleno y cierto de las Islas. Así ocurre, por ejemplo, con la relación de Eustache Delafosse que llega al Archipiélago en 1479 de camino a Cabo Verde:

«De là nous fîmes route vers les îles Canaries et arrivâmes au fil des journées à la première île des Canaries, nommée Lanzarote. [...] Ensuite nous fîmes voile pour prendre notre route et, à l'après-dîner, nous arrivâmes devant une bien grande île de ces Canaries, nommée l'île du Fer, où il croissait force bois. [...] De Sapphir jusqu'à l'île de Lanzarote, il y a environ 80 lieues. Les Canaries comprennent plusieurs îles (comme vous le trouverez dans le livre imprimé nommé Le nouveau monde et navigations faictes par Emeric Vespuce, Florentyn, au chapitre VII, feuillet 4) et elles sont au nombre de dix» (Voyage d'Eustache Delafosse sur la côte de Guinée, au Portugal & en Espagne (1479-1481), transcrit, traduit & présenté par Denis Escudier, Paris, Éditions Chandeigne, 1992, p. 19).

En esta misma línea se encuentran las obras de A. Thevet (1503-1592), que visita al menos dos veces las Canarias, tal como narró en La singularitez de la France antartique (texto que rebatiría el mercader inglés Thomas Nichols en A pleasant description of the fortunate Ilandes, called the Ilands of Canaria, with their straunge fruits and commodities, impresa en Londres en 1583), La Cosmographie Universelle o Le grand Insulaire et pilotage d'André Thevet.

Pero, paulatinamente, las crónicas y relatos de viajes nos van descubriendo unas islas más reales, deslindando el aspecto maravilloso que encubría el Archipiélago en los primeros años y ofreciéndonos una visión más creíble. Una prueba de ello nos la proporciona el cirujano Le Maire que realiza unas breves descripciones de Las Palmas y Tenerife con motivo de su estancia en 1682 (cfr. Les voyages du Sieur Le Maire aux Iles Canaries, Cap-Verd, Senegal et Gambie).

Es indudable, en este sentido, la importancia que adquiere el desarrollo de la cartografía y la cosmografía. El rico patrimonio cartográfico que posee el Archipiélago se explica principalmente por su ubicación geográfica. De esta manera, mapas y planos van ganando en precisión y perspectiva: buena muestra de ello son los realizados por los cartógrafos franceses, como P. du Val d'Abbeville (1653), N. Bellin (1746) y M. Bonne (1788). Por otra parte, ya desde la Antigüedad, los geógrafos medían las longitudes contando a partir de la posición de la más occidental de las Canarias, la isla de El Hierro. En Francia, el edicto de 1634, bajo el reinado de Luis XIII, obligaba a los cartógrafos franceses a adoptar como primer meridiano la mencionada isla. Determinar su posición exacta es, precisamente, uno de los principales objetivos de la expedición de Louis Feuillée de 1724.

 

Mapa de Bellin.
(Procedente de la Histoire générale des voyages de Prévost, t. II, nº 6)

 

La literatura de viajes entre los siglos XVIII al XX Comienzo

 

Durante el siglo XVIII es cuando se consigue afianzar el dominio de Europa sobre el resto del mundo: «Desde fines del siglo XVII y todo a lo largo del XVIII se produce un cambio en la naturaleza de los viajes y en la personalidad de los viajeros. Se tratará, en unos casos, de religiosos misioneros poco proclives a dar crédito a fantasías y leyendas y, sobre todo, de científicos geógrafos y naturalistas participantes en expediciones de investigación y exploración, que tanto contribuirán al avance del conocimiento más exacto del planeta y al progreso del conjunto de las ciencias» (Pico-Corbella 1997: 10). Los adelantos científicos marcan el principio de una nueva era en la historia de la exploración de los océanos en la que Francia e Inglaterra desempeñan un importante papel. Canarias, junto a Madeira, Cabo Verde y el Cabo de Buena Esperanza, se convierte en escala obligada de las rutas hacia el Pacífico, circunstancia que es aprovechada por los investigadores para estudiar su historia natural, ciencia que despierta un enorme interés en este momento. Las palabras con las que, en 1796, el capitán Baudin se dirige a los naturalistas que integran su expedición así lo ponen de manifiesto:

«[...] je vous engage à profiter de cette relâche pour visiter en tout ou en partie une île qui, quoique fréquentée par beaucoup de voyageurs, ne laisse pas que d'offrir des choses intéressantes pour les sciences en général» (Ledru, Voyage aux Iles de Ténériffe, La Trinité, Saint-Thomas, Sainte-Croix et Porto-Ricco, 1810, p. 20). 

Junto a los ensayos de carácter científico que estos viajeros escribieron como prueba de su paso por Canarias, dejaron constancia también de sus propias vivencias en numerosos diarios, cartas y relatos, que constituyen un testimonio inestimable de la vida cotidiana del Archipiélago en aquella época, por la riqueza de datos e impresiones en ellos recogidos.

Pero muchas de estas descripciones nunca se llegaron a editar, aunque fueron divulgadas gracias a las grandes recopilaciones de viajes que circularon por Europa. La más relevante es, sin duda, la Histoire générale des voyages del Abad Prévost (1745-1770, en 21 volúmenes), enriquecida con grabados y mapas, que, posteriormente, se publicó en una edición abreviada realizada por La Harpe.

En la centuria siguiente, la literatura de viajes francesa es eminentemente científica y naturalista. No sólo se editan las relaciones de las campañas realizadas a finales del siglo anterior (las de Ledru o Bory de Saint-Vincent), sino que se continúa la intensa actividad viajera en la que Canarias es uno de los principales objetivos (Bourgeau, Coquet, Leclercq, Sainte-Claire Deville y Verneau). Es a partir de este momento cuando el hombre es en sí mismo objeto de estudio -se inicia el auge de la antropología-, ya que hasta entonces las únicas referencias al habitante de las Islas sólo tenían en cuenta a los primitivos pobladores.

Aunque con motivaciones distintas, la afluencia de viajeros franceses al Archipiélago en pleno siglo XX es una realidad como lo prueban los escritos existentes de su paso por estas tierras (entre ellos citaremos los de Mascart, Proust y Pitard o Classé).

 

Paisaje Comienzo

La descripción, más o menos pormenorizada, de los distintos lugares visitados es un elemento recurrente en este tipo de textos. Dado que la mayor parte de las embarcaciones atraca en el puerto de Santa Cruz de Tenerife es precisamente esta isla la que mejor conocerán los visitantes. Camino del Teide, el paso por La Laguna o La Orotava ofrece al viajero una imagen más enriquecedora y contrastada de la variedad del paisaje insular. La Villa de La Orotava, rodeada de una bellísima naturaleza y de ricos cultivos, es la que recibe los mayores elogios:

«Ce matin, au lever du soleil, j'en parcours les environs, et je ne peux me lasser d'admirer la beauté du paysage: quel ciel! quel climat! Une douce chaleur vivifie la campagne; ici des vignobles bien cultivés attestent l'industrie et la richesse des habitants; là, des jardins ornés de jasmins, de rosiers, de grenadiers, d'amandiers en fleurs, des citronniers, d'orangers en fleurs et en fruits, répandent dans l'atmosphère un parfum délicieux» (Ledru, p. 89).

Por lo que respecta a las restantes islas del Archipiélago, las alusiones son menos frecuentes, pero no por ello menos valiosas. Así, por ejemplo, Ledru en el capítulo III de su relato aporta información específica de cada una de las Canarias.

La ciudad de Las Palmas despierta la curiosidad de los viajeros por su población y por el aspecto de las casas y las calles, que recuerda la proximidad de Marruecos (tal como señala Leclercq en su Voyage aux Iles Fortunées), o por el desarrollo de la actividad cultural (para Proust y Pitard es «La Ville-Lumière»). S. Berthelot, en sus Miscellanées canariennes (Paris, Béthune éditeur, 1839), la describe como «une ville populeuse, bien bâtie, ornée de maisons élégantes et d'édifices somptueux. Tout cela me semblait un enchantement» (p. 202). Algo más adelante este mismo autor añade:

«Un beau pont de pierre, qu'on a construit sur le ravin de Giniguada, unit les deux faubourgs; d'une part, celui de Triana, que le commerce vivifie; de l'autre, la Vegueta, où priment le haut clergé, la magistrature et l'autorité militaire» (p. 204).

Pero, más que las ciudades, es la gran riqueza y la multiplicidad de paisajes lo que impresiona al visitante foráneo que, en un espacio tan limitado, puede elegir entre regiones áridas y volcánicas o un hábitat de bosques y flora exótica. Borda sintetiza la particular topografía canaria de la siguiente manera:

«Les montagnes sont très-hautes à Canarie, à Ténériffe, à Palme, à Gomère & en l'île de Fer. Elles sont pour la plupart couvertes d'arbres; ce sont des pins très-élevés, des lentisques, des oliviers sauvages, des cyprès, des lauriers, des viñaticos, des buissons de différentes espèces, des ifs, des tilleuls, & d'autres arbres utiles & de bon bois» (Voyage fait par ordre du roi en 1771 et 1772 en diverses parties de l'Europe, de l'Afrique et de l'Amérique, Paris, 1778, pp. 87-88).

La naturaleza de las Islas y, en especial, el Pico del Teide -considerado durante mucho tiempo como la montaña más alta del globo-, constituye uno de los principales atractivos para el extranjero que, siempre que le es posible, lleva a cabo su ascensión. Esta cumbre, que ya se puede divisar desde alta mar, es reconocida y admirada por todos los navegantes que surcan el Atlántico, tal y como pone de manifiesto Bory:

«Dans le lointain, comme les vagues de la mer, s'élèvent d'autres montagnes, sur lesquelles s'élève encore le fameux pic de Ténériffe. Des nuages, jusque-là errans, se sont amoncelés autour de sa tête, et lui forment un diadème, dont il se dépouille rarement» (Essais, p. 233).

 

Vista de la ciudad de Santa Cruz de La Palma desde la carretera de Buenavista.
(A. Coquet, Une excursion aux Iles Canaries,
Paris, 1884, p. 55)

 

Historia natural Comienzo

Desde siempre la flora endémica ha suscitado un gran interés. En algunos textos antiguos ya encontramos alusiones a plantas canarias, pero es principalmente en el siglo XVIII cuando se inician los estudios sobre la vegetación de las Islas que seguirán desarrollándose hasta nuestros días. Se da la circunstancia de que la primera descripción y clasificación de los endemismos canarios observados en su propio medio insular fue realizada por un científico francés, Louis Feuillée, con ocasión de su viaje a las Canarias en 1724. Este naturalista y astrónomo, que ya había realizado distintas observaciones en las costas griegas, Asia, las Antillas y Sudamérica, recibe, cuando contaba 64 años de edad, el encargo de la Academia de Ciencias parisina de realizar un viaje a Canarias. Los resultados de sus observaciones se encuentran recogidos en el diario que escribió durante su estancia en las Islas.

En una época casi coetánea al Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias de Viera y Clavijo, investigadores franceses como Lamarck, Poiret o Desfontaines describen nuevas especies endémicas, utilizando para ello la nomenclatura linneana, verdadera novedad en las descripciones científicas del momento. Un primer listado de botánica bastante completo es el proporcionado por Bory de Saint-Vincent que comprende 467 especies, aunque, como él mismo reconoce, su trabajo no resulta suficientemente exhaustivo, entre otras razones, porque únicamente se ocupa de la flora que ha podido observar directamente (p. 360).

Otro activo estudioso de la botánica canaria es Pierre-Marie-Auguste Broussonnet, miembro de la Academia de Ciencias de París, que ejerce durante un tiempo las funciones de cónsul de Francia en Santa Cruz de Tenerife. Entre sus proyectos figuraba publicar un estudio sobre los endemismos isleños que, desgraciadamente, nunca vería la luz. Asesora, además, al marqués de Villanueva del Prado en la ordenación del Jardín de Aclimatación de La Orotava.

La difícil situación política por la que atraviesa Francia a finales de siglo retrasa la organización de otras expediciones, como la de Baudin, a la que deseaba incorporarse A. von Humboldt. No obstante, gracias a la ayuda del gobierno español, el científico alemán consigue integrarse, en 1799, a la tripulación del Pizarro rumbo a América. El breve tiempo que permanece en Tenerife, una semana, contrasta con la relevancia de los estudios realizados -botánicos y de geografía humana, mineralógicos y meteorológicos en el Teide-, que se traducen en cerca de 300 páginas de su relación redactada en francés unos años más tarde: Voyage aux régions equinoxiales du Nouveau Continent fait en 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 et 1804 (1815), una de las obras más destacadas de la literatura científica. De su estancia en Tenerife escribiría Álvarez Rixo:

«La llegada de dos extranjeros muy célebres, equivalen para honra de este pueblo y de la isla entera. Fueron éstos el ilustre barón F. A. Humboldt y su compañero Mr. de Bonpland, quienes bajaron de su viaje al Teide en la tarde del 23 de junio, y elogia la singular perspectiva que ofrecía nuestro Valle de Orotava en aquella noche con tanta hoguera encendida en celebración de San Juan, espectáculo alegre que nosotros vemos repetirse cada año sin pararnos en su mérito. También pondera el estado floreciente de nuestra agricultura, comparándolo nada menos que con lo mejor de Italia» (J.A. Álvarez Rixo, Anales del Puerto de la Cruz de La Orotava, 1701-1872, Santa Cruz de Tenerife, 1994, p. 152).

Pero la figura más relevante del siglo XIX es la de Sabin Berthelot, eminente naturalista e historiador que se establece en La Orotava. Allí desempeña su labor como director del Jardín de Aclimatación y, entre otras múltiples actividades, es fundador del Liceo mixto. Junto al naturalista inglés Philip Barker Webb redacta la Histoire naturelle des Iles Canaries (1836-1844), obra cumbre todavía hoy no superada, resultado de más de veinte años de investigaciones. Esta publicación suscita la llegada de otros botánicos europeos y el desarrollo de esta disciplina entre la intelectualidad insular.

Casi a fines de la centuria, el naturalista Charles Alluaud exploró, durante siete meses, todas las Islas Canarias. De esta expedición surgieron una serie de publicaciones científicas entre las que sobresale el Voyage de M. Ch. Alluaud aux Iles Canaries, realizado entre noviembre de 1889 y junio de 1890. En ellas da a conocer el resultado de sus investigaciones, centradas, principalmente, en la entomología y biogeografía insular.

Ya en nuestro siglo, debemos reseñar los trabajos de Proust y Pitard quienes definen por primera vez el parentesco existente entre la flora canaria y otras regiones de África, América y del Mediterráneo. Señalan que a principios del siglo XX se han catalogado en Canarias 1352 especies, de las que 468 son endémicas, lo que constituye un avance sustancial en los estudios botánicos. Su obra, Les Iles Canaries, ofrece, además, una visión detallada de los usos y costumbres de los canarios, que tuvieron la oportunidad de conocer a partir del recorrido que realizaron desde diciembre de 1904 hasta mayo de 1905 por cada una de las Islas.

 

Clima Comienzo

El clima es otro de los aspectos que ha llamado la atención de los visitantes foráneos, principalmente por sus efectos beneficiosos para la salud. Por este motivo, el médico Gabriel Belcastel viaja a Tenerife en 1859 y, como resultado de su estancia, publica Les Iles Canaries et le vallée d'Orotava, au point de vue hygiénique et médical, donde hace un elogio de las condiciones climáticas insulares e invita a los habitantes del norte de Europa a venir a estas tierras:

«Le thermomètre n'y monte pas au-dessus de 28-18 degrés d'oscillation dans toute l'année et dans les limites les plus favorables à la vie, c'est toute la magie de ce climat» (Gabriel de Belcastel, Les Iles Canaries et la vallée d'Orotava, au point de vue hygiénique et médical, Paris, J.B. Ballière et fils, 1862, p. 17).

Las suaves temperaturas y la pureza del aire fueron algunas de las razones que llevaron también al astrónomo Jean Mascart a Tenerife en 1910, en una misión científica cuyo objetivo era estudiar la influencia de los principales factores climatológicos en los pulmones, la circulación, la piel, etc. Otro de los cometidos de la campaña era realizar observaciones del paso del cometa Halley por las Islas. Por primera vez se pone de relieve la calidad de los cielos canarios para las investigaciones astronómicas:

«le Pic de Teyde est accessible très facilement toute l'année: le régime normal, au point de vue météorologique, comporte un banc de nuages entre 1000 et 1500 mètres d'altitude, tandis que les parties supérieures continuent à jouir d'un ciel presque inaltérable. Dans ces conditions, on voit l'avantage de pouvoir, en toute saison, dans un climat facile, faire des expériences constantes et rapides entre les altitudes de 0 et de 3700 mètres» (Jean Mascart, Impressions et observations dans un Voyage à Tenerife, Paris, Flammarion, s.d., p. 17).

Etnografía y costumbres Comienzo

Los inicios de los trabajos sobre prehistoria y antropología insular se remontan al siglo XIX, con la publicación de los resultados de las investigaciones de Sabin Berthelot. «Es muy significativo -como advierte L. Diego Cuscoy en su edición de la traducción castellana de la Ethnographie et les Annales de la Conquête, Santa Cruz de Tenerife, Goya Ediciones, 1978, p. 6- que S. Berthelot emplee en tan tempranas fechas -1842- el término etnografía -en Canarias, por primera vez- pues ello evidencia que estaba al día en el estudio de las ciencias del hombre y conocía el exacto alcance del término».

Después de descubrirse en Francia, en 1868, la existencia de la raza de Cro-Magnon, y de que el antropólogo francés Paul Broca comparara este hallazgo con la existencia del pueblo guanche, Canarias pasa a convertirse en uno de los centros privilegiados de investigación de la escuela francesa de antropología, con la aplicación de su metodología y sus principios teóricos. En 1876 el Ministerio de Instrucción Pública de Francia decide enviar al Archipiélago a René Verneau que, tras sus análisis, establece que en las Canarias prehispánicas existieron varios tipos raciales, diferentes e independientes según cada isla.

Pero no solamente investigadores franceses, sino que los mismos antropólogos canarios introdujeron las nuevas corrientes positivistas en este tipo de estudios. Entre ellos destaca el grancanario Gregorio Chil y Naranjo, doctor en Medicina por la Universidad de París y discípulo también de P. Broca.

A esa corriente naturalista de la antropología física habría que sumar los numerosos aspectos relacionados con la antropología social que se derivan de las descripciones de estos científicos y viajeros, que constituyen una fuente primordial para el conocimiento de la vida cotidiana, de las costumbres, del folclore e, incluso, de las transformaciones que van sufriendo las ciudades y pueblos con el establecimiento de nuevos tipos de producción.

El capítulo de las relaciones dedicado a los habitantes del Archipiélago distingue entre los guanches y los canarios «actuales». Mientras que los primeros han sido desde siempre objeto de curiosidad, la atención prestada al hombre contemporáneo adquiere con el tiempo mayor relevancia. Si bien en el siglo XVIII podemos encontrar fácilmente en las narraciones información sobre las costumbres, religión o alimentación de la población, será un siglo más tarde cuando hallaremos referencias más concretas, tanto en lo que respecta al físico como a la moral de los habitantes.

Como es lógico suponer, los observadores hacen especial hincapié en aquellos aspectos de la sociedad isleña que le son particulares. Así, en el apartado de la alimentación a menudo nos encontramos con una explicación detallada de qué es y cómo se prepara el gofio, que, junto con la papas y el pescado salado, constituía el sustento básico de las clases más modestas:

«Le gofio se prépare en faisant griller légèrement sur un plat de terre, soit du froment, soit de l'orge, du seigle ou du maïs; on réduit en farine, dans un petit moulin à bras, ces grains ainsi torréfiés. Le Canarien mange le gofio dans l'état de farine, ou après l'avoir pétri en boulettes humectées soit d'eau, soit de lait, de bouillon ou de miel» (Ledru, p. 45).

La indumentaria campesina, específica prácticamente en cada pueblo de cada isla, es otro de los datos que ofrecen los viajeros, gracias a los cuales tenemos hoy una amplia información:

«Les indigènes des diverses régions de l'île (La Palma) ont, comme en Bretagne, conservé des formes particulières de vêtements qui les font facilement reconnaître. Voici, par exemple, ceux de Garafia, qui habitent à la pointe Nord, dans un pays escarpé où le vent souffle parfois avec violence; ils portent une sorte de casque en grossière toile grise qui enveloppe la tête et vient s'attacher sous le menton; c'est une coiffure presque aussi bizarre que la montera et qui est certainement très pratique» (Adolphe Coquet, Une excursion aux Iles Canaries, Paris, Typographie Georges Chamorot, 1884, p. 53).

Destacan tradiciones populares como la lucha canaria, las peleas de gallos, los bailes, las fiestas y diversiones, los carnavales:

«Jeunes et vieux, riches et pauvres, paysans et citadins s'en donnent à coeur joie et avec cet entrain et cette ardeur que dépensent dans leurs plaisirs, les gens qui n'ont pas souvent l'occasion de s'amuser [...] Armés de vessies natatoires, ayant appartenu à de gigantesques poissons, ils s'en vont par les rues de la ville, chantant, gesticulant, criant, frappant les passants ou leur jetant des oeufs préalablement remplis de farine, et en dansant au son des guitares» (Proust y Pitard, Les Iles Canaries, Paris, Paul Klincksieck, 1908, pp. 194-195).

Nuevos tipos de producción van cambiando la vida de los pueblos y ciudades y alterando las costumbres tradicionales del Archipiélago. S. Berthelot advierte el progreso que ha supuesto el comercio de la barrilla en Lanzarote y Fuerteventura, y A. Coquet en su excursión a la isla bonita señala que

«Palma est la plus industrieuse de toutes les îles de l'archipel. J'y ai visité des tissages de soie, donnant, grâce à la cochenille, des étoffes du plus beau rouge. Les belles forêts qu'on y exploite sont l'objet d'un commerce important avec les Antilles; on y travaille le tea, cet arbre résineux, précieux pour la construction, qui a disparu des autres îles. Les ouvrages en bois, les meubles, y sont habilement fabriqués. Ce génie industriel proviendrait-il d'hommes que l'on retrouve à Palma? Au XVI siècle, les Flamands, terrorisés par le duc d'Albe, furent transportés en grand nombre dans cette île; leurs descendants y ont prospéré et, peut-être, est-ce à eux que revient cet esprit d'entreprise qui distingue cette population de celle des autres îles de l'archipel» (p. 54).

Por último, queremos señalar que el testimonio de los investigadores es unánime cuando hacen referencia a la hospitalidad de los isleños:

«Les étrangers y trouvent un excellent accueil. Comme dans toutes les colonies marchandes, on est avide des nouvelles de l'Europe et de ses journaux; aussi les nouveaux venus sont-ils assaillis, pressés de questions. Mais en revanche les insulaires font les honneurs de leur pays avec une complaisance infinie; ils en détaillent les productions, les merveilles, les antiquités; ils offrent leur concours pour toutes les recherches. Je leur dois la plupart des renseignements que j'ai recueillis tant sur Ténériffe que sur les autres Canaries» (Dumont d'Urville, Histoire générale des Voyages, Paris, Furne et Cº, Éditeurs, 1859, p. 21).

Tanto los textos científicos como los de simple divulgación vienen acompañados generalmente de dibujos, grabados, acuarelas o, incluso, fotografías, realizados en muchas ocasiones por los propios viajeros, y que representan distintos aspectos de la realidad canaria. El valor de estos testimonios desde el punto de vista histórico resulta hoy incuestionable.

 

 

Vestidos de las mujeres de Tenerife por Petit
(Col. Lesueur, nº 14005 y 14004).

 

El comercio franco-canario Comienzo

 

La condición de isla supone desde el punto de vista económico una necesaria apertura hacia el exterior, no sólo para el abastecimiento de determinados productos, sino también para la exportación de otros. Uno de los viajeros que visita el Archipiélago en los últimos años del siglo XVIII analiza la situación de la siguiente manera:

«L'histoire nous apprend que les richesses territoriales de chaque pays seraient peu nombreuses, si elles consistaient dans les seuls végétaux qui lui sont indigènes. Ténériffe n'aurait ni la plupart des légumes et plantes potagères qu'elle a reçus d'Europe, ni quelques fruits tirés de l'Afrique et des Indes, ni la pomme de terre originaire d'Amérique» (Ledru, p. 112).

Por lo que respecta a Francia, ya hay constancia de relaciones comerciales más o menos regulares con Bretaña y Normandía a fines del XVI- se establece en el Archipiélago la sociedad mercantil Halle-Le Seigneur-Trevache-, así como de la participación activa de los franceses en el circuito triangular establecido entre Flandes, Canarias e Inglaterra. El desarrollo del comercio insular a finales del siglo XVII como centro importador y exportador despierta el interés del gobierno francés que intenta potenciar sus relaciones mercantiles: de Francia provienen principalmente productos manufacturados, como muebles, cristales, telas, encajes, medias, sombreros o libros.

La mayor parte del tráfico comercial se realiza a través del puerto de Santa Cruz, que desplaza a los otros puertos canarios -el de Garachico había quedado inutilizado desde la erupción del Teide de 1706-, y hasta bien entrado el siglo XIX su rada es la más floreciente del Archipiélago al ostentar el monopolio del despacho de buques extranjeros. Actualmente, el puerto de Santa Cruz de Tenerife ocupa el primer lugar en el transporte de mercancías y el Puerto de La Luz y de Las Palmas destaca por el tonelaje de los buques.

Corsarios y piratas dificultan en no pocas ocasiones el intercambio exterior y dañan indirectamente la economía canaria al impedir el tráfico interinsular, a la vez que se debe a ellos la entrada de numerosos productos, prohibidos al comercio regular. La presencia de estos aventureros, que eligen como bases la isla de Lobos y el cabo de Anaga, es constante en aguas isleñas a lo largo de la historia, y se da la circunstancia de que los primeros que se acercan a Canarias, en tiempos de la conquista, son franceses. Entre ellos cabe citar al pirata François Leclerc, apodado Jambe de bois, que en 1553 ataca la isla de La Palma; en 1762 llega, para combatir a los ingleses, el buque Le Rubis, al mando del corsario François Desseaux; algo más tarde, en 1797, la corbeta La Mutine, cuya tripulación contribuyó a la defensa de la ciudad de Santa Cruz frente al ataque de Nelson, fue saqueada en el puerto santacrucero por los ingleses. Poco después llega a las aguas canarias un nuevo corsario para reemplazarla, el conocido con el nombre de La Mouche. La actividad de estos piratas permitió la entrada en las Islas de ciertos artículos, como es el caso de los libros extranjeros a los que no se hubiera tenido acceso de otra manera.

 

Relaciones Canarias-Francia Comienzo

 

La Ilustración. Canarios en Francia

La influencia gala durante el siglo XVIII, recibida directamente y no a través de la Península, dejará una importante huella entre los canarios, especialmente en el reflejo que la Ilustración tiene en la aristocracia insular. El máximo exponente de esta renovación cultural es la tertulia de Nava, reunida en la casa lagunera del marqués de Villanueva del Prado. Al espíritu cosmopolita, abierto y deseoso de nuevas ideas que se observa en sus componentes, se une cierta toma de conciencia de la problemática insular. Similares reuniones se celebran en la casa de los Iriarte en el Puerto de la Cruz o en la de Tomás de Saviñón en La Laguna. De los hijos de este último escribiría el tercer vizconde de Buen Paso:

«Don Domingo y don Tomás tuvieron ambos introducción con los cónsules de Francia, adquirieron retratos de los generales más célebres de la República y estampas de las modas de París. Imitaban sus trajes y maneras, hablaban el idioma y se les veía comúnmente en compañía de algún francés. Su casa ha sido el punto de reunión de la juventud de La Laguna, de los aficionados a la música y gentes que piensan a lo moderno» (Juan Primo de la Guerra, Diario I (1800-1807), Santa Cruz de Tenerife, Aula de Cultura del Cabildo Insular, 1976, p. 80).

Se crean importantes bibliotecas particulares donde predominan los libros de autores franceses, muchos vetados por la Inquisición. En esa época, por ejemplo, el obispo Antonio Tavira Almazán lega sus obras, entre ellas un ejemplar completo de la Encyclopédie, a lo que sería el fondo inicial de la Biblioteca de la Universidad de La Laguna. Otro destacado legado, que reúne numerosos ejemplares en francés (de Fleury, Pascal y Rousseau, los dos primeros tomos de los Voyages aux régions équinoxiales du Nouveau Continent de Humboldt, entre otros), en inglés y en castellano, será la antigua biblioteca de la Casa Nava-Grimón, conservada hoy en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife.

La transformación cultural se completa con la formación extranjera de gran parte de esa elite social isleña (Cristóbal del Hoyo, por ejemplo, se educa en Francia e Inglaterra; Juan de Iriarte es condiscípulo de Voltaire), así como con la inquietud viajera que les lleva a conocer las grandes urbes europeas: entre estos destacan nombres como los de José Clavijo y Fajardo, que viaja a París y establece allí contacto directo con los ilustrados franceses, algunas de cuyas obras traduciría posteriormente, como la Histoire naturelle del Conde de Buffon en 44 volúmenes; o el mismo José de Viera y Clavijo, que dejó el recuerdo de sus impresiones al visitar las ciudades francesas en sus Apuntes del Diario e Itinerario de mi viaje a Francia y Flandes (Santa Cruz de Tenerife, Imprenta, Litografía y Librería Isleña, 1849):

«a la una y media llegamos a la Barrera de París entrando por la Rue d'enfer. [...] fuimos al jardín de las Tullerías. Este tiene mucha extensión y se halla al pie de la larga fachada de cinco pabellones de aquel palacio Real. [...] Después nos paseamos en los jardines de Palais Royal, pertenecientes al Duque de Orleans. [...] Era ya de noche cuando pasamos por la rue Saint-Honoré, cuya multitud de tiendas muy iluminadas con largas ventanas de cristales, forman un soberbio espectáculo de opulencia y de lujo» (pp. 38-40).

Testimonio evidente de la impronta y del nivel alcanzado por ese grupo dominante de la Ilustración isleña es la repercusión que tuvieron muchos de estos canarios en la política nacional, pasando algunos de ellos a integrarse en el gobierno de José Bonaparte, como Estanislao de Lugo, Bernardo de Iriarte o Antonio Porlier.

Franceses en Canarias. El Consulado. La Alianza Francesa Comienzo

La presencia normanda a partir del siglo XV significó, ya en los primeros años de la conquista, el asentamiento de algunos franceses en las islas orientales (Lanzarote y Fuerteventura), mientras que se documenta la estancia de franceses en Tenerife desde el año 1503 (Cioranescu 1977: I, 100). Textos de escribanía registran con relativa frecuencia nombres de procedencia francesa y algunas casas señoriales fueron mandadas a construir por mercaderes galos (en el frente de una de las casas laguneras de la calle de Herradores se puede leer todavía la siguiente inscripción: «1654. Clavdio Bigot Natvral de la sivdad de Roven»). Con el tiempo, la cifra de extranjeros aumenta, vinculados en su mayor parte a la incipiente actividad comercial que empezaba a desarrollarse en el Archipiélago, primero en Tenerife (donde los comerciantes de origen francés proceden principalmente de Bretaña) y, a partir de 1657, en Las Palmas de Gran Canaria (Iglesias 1985: 36).

A esa etapa inicial de apogeo seguirá, en la segunda mitad del XVII, una época de postergamiento y desplazamiento por la hegemonía alcanzada por el negocio con Inglaterra, especialmente de vinos. Sin embargo, desde el punto de vista humano, la situación de contacto no se deteriora y ello explica la presencia en Santa Cruz de una numerosa colonia francesa (en la primera mitad del XVIII, según datos de Cioranescu (1977: I, 100), los franceses representan más del 37% de los extranjeros que se casan en el lugar, lo que demuestra su rápida integración en la sociedad isleña).

Buena prueba de la trascendencia del asentamiento de este grupo extranjero y de su relativa importancia desde el punto de vista de los intercambios comerciales es la creación del consulado francés a partir de 1670. Hasta ese momento, y por las disposiciones del tratado hispano-francés de 1660, los súbditos de aquella nación gozaban de los mismos derechos que los holandeses, por lo que se supeditaban a las directrices del consulado neerlandés, el primero que se estableció en las Islas. Pero pronto se vio la necesidad de nombrar delegados propios: cónsules como R. Thierry, L. de Rada y Hély tuvieron como misión intensificar los intercambios comerciales, pero será É. Porlier, nombrado en 1709, el que potenciará los puertos canarios como plataforma privilegiada para el comercio con el resto de Europa, con África y Ámerica. La correspondencia consular de aquella época constituye un importante testimonio de la vida que se desarrollaba en Canarias, así como de los intentos de los diplomáticos por conseguir el monopolio del comercio marítimo.

Papel significativo ha tenido en los últimos años la instauración de las sedes de la Alianza Francesa en las Islas, bajo el patronazgo del consulado. Creada en París en 1883 es, según sus estatutos, «una asociación de carácter civil con el objeto de contribuir al conocimiento y difusión de la lengua y la cultura francesas, y de fomentar la amistad, cooperación y ayuda mutua entre españoles y franceses». En 1933 se inaugura la sede de Las Palmas de Gran Canaria, que continúa su andadura a pesar del paréntesis que significó su cierre durante la Guerra Civil. En 1961 el cónsul André Deltour decide ampliar la presencia de este organismo en estas tierras y se establece una nueva sede en Santa Cruz.

Razones de distinta naturaleza, como hemos visto anteriormente (los viajes, las investigaciones de naturalistas, vulcanólogos, antropólogos y astrónomos, así como el inicio del turismo) han favorecido la presencia en el Archipiélago de un número importante de franceses hasta nuestros días. Quizá el caso más representativo en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX ha sido el del compositor C. C. Saint-Säens. El autor de Sanson residía durante el invierno en zonas cálidas, por lo que en varias ocasiones eligió Canarias para pasar grandes temporadas. En una de esas estancias, y sin darse a conocer, aceptó una plaza vacante en la orquesta para tocar el tímpano por 12 reales diarios, anécdota que trascendió a los periódicos locales y tuvo gran repercusión.

 

Canarias en las letras francesas Comienzo

 

En lo que respecta a la literatura, desde el siglo XVI ya se encuentran en algunos textos referencias a las Islas, de las que sólo vamos a mencionar las más significativas.

El primer escritor francés que habla de ellas es François Rabelais (1494-1553): en sus dos primeras obras, que, por otra parte, son las más conocidas, Pantagruel y Gargantua -relatos heroico-cómicos que narran la vida y las hazañas de una familia de gigantes-, encontramos varias alusiones al Archipiélago. Según expone Cioranescu en una conferencia pronunciada en 1996, la imagen que el autor ofrece sólo puede ser imaginaria:

«Rabelais, como todos los eruditos de su tiempo, veía en Canarias las Islas Afortunadas de la tradición clásica. [...] Las Canarias de Rabelais se sitúan, de este modo, no entre Madera y Cabo Blanco, sino en un mapa ideal, entre los campos felices cantados por Horacio, las Islas Afortunadas de Erasmo y la feliz Atlántida de Francis Bacon» (Cioranescu 1996: 21).

Una de las referencias alude a Canarias como escala de un periplo que el protagonista y otros personajes hacen al sur de África (Pantagruel, cap. XXIV), mientras que, en otros casos, las citas son simples menciones de unos legendarios reyes de Canarias (Pantagruel, cap. XI y XXIII; Gargantua, cap. XIII). Los dos últimos pasajes que hablan del Archipiélago responden a un propósito diferente, ya que Rabelais abandona la fábula para hablar, de manera encubierta, de la historia de su época (Gargantua, cap. XXXI y L).

Un siglo después, uno de los más destacados poetas barrocos, Marc-Antoine Girard, «sieur» de Saint-Amant (1594-1661), dedica dos de sus poemas a las Islas. Ya no se trata de una estampa ficticia, sino de una visión más realista, puesto que las había visitado con ocasión de alguna escala de sus viajes a África y América. Así, hacia 1626, en su poema «La Vigne», las compara a un segundo paraíso, mientras que «L'automne des Canaries», escrito en 1649, está dedicado íntegramente a ellas. Es un soneto que forma parte, junto a otros tres más, de su ciclo de las estaciones, en el que describe los cambios que experimenta la naturaleza a lo largo de las distintas épocas del año. Para ilustrar la primavera, pinta las afueras de París, como estampa del verano elige Roma, los Alpes le sirven de ilustración del invierno y, por último, selecciona las Canarias como imagen del otoño. Como dice Wentzlaff-Eggebert: «solo cuando se incorpora el soneto sobre el otoño en una fila común con los otros tres, se puede aquilatar el peso que da Saint-Amant, entre tantas tierras que conoce, a las Islas Canarias, y entender cuál era la idea que se hacía de este territorio privilegiado» (1990: 117).

Por estas mismas fechas, Marin Le Roy de Gomberville (1599-1674), considerado uno de los mejores novelistas del momento, escribe su obra maestra, L'Exil de Polexandre et d'Ériclée, que supone una transición entre la novela heroica y la novela histórica. La primera versión data de 1619 y durante casi veinte años el autor la reelabora cinco veces, modificando tanto los personajes como el marco histórico donde se desarrolla la intriga, aunque, en todas ellas, el lector se ve trasladado a lugares exóticos -como el África sahariana o México- o puramente imaginarios. A pesar de sus anacronismos, Gomberville recoge elementos de la historia reciente y se documenta en algunas crónicas de Indias. En la versión definitiva, el protagonista, Polexandre, es rey de Canarias y los viajes marítimos ocupan un lugar privilegiado.

En el siglo XVIII, Jacques Henri Bernardin de Saint-Pierre (1737-1814), conocido sobre todo por ser el autor de Paul et Virginie, nos brinda de nuevo referencias a algunas de las Islas en un relato de viaje de carácter documental, el Voyage a l'isle de France, a l'isle de Bourbon, au cap de Bonne-Espérance, etc., escrito en 1773. En efecto, en el primer tomo de la obra, concretamente en el episodio del diario dedicado a marzo de 1768, cuenta el escritor que el día 16, al amanecer, avistaron la isla de La Palma y la de Tenerife, con su famoso pico. Sigue con unas referencias a la historia de Canarias, al origen de su nombre y, por último, adjunta unos dibujos de Tenerife, La Palma y La Gomera.

En esta misma época, Julien-Jacques Moutonnet de Clairfons (1740-1813), poeta, novelista y traductor, contribuye también, como afirma Chantal Amalvi (1985: 533-34), al conocimiento del Archipiélago en Francia con su novela pastoril Les îles fortunées ou Aventures de Bathylle et de Cléobule (1778). En ella Moutonnet narra un idilio que se desarrolla en Canarias, incluye una descripción mítica de estos parajes y utiliza el tópico del paraíso cuando describe la llegada del protagonista a la tierra insular.

Unos años más tarde, Jules Verne (1828-1905) cuenta en su novela póstuma L'Agence Thomson and Co., publicada en 1907, un viaje organizado a través del Atlántico con escalas en Gran Canaria y Tenerife, a las que dedica varios capítulos. En ellos, además de hacer unas referencias a las Islas Orientales y occidentales, nos brinda una visión de la ciudad de Las Palmas y del interior de la isla, así como una descripción de la ascensión al Teide.

No obstante, tenemos que llegar a nuestro siglo para encontrar en dos de los principales escritores surrealistas, André Breton y Benjamin Péret, unas alusiones a Canarias de mayor repercusión, consecuencia del viaje que realizan al Archipiélago en mayo de 1935 para organizar la Segunda Exposición Internacional del Surrealismo. La primera referencia que Breton hace de las Islas se encuentra, sin embargo, en un poema escrito en 1934 -que forma parte del conjunto de poesías «L'air de l'eau», incluidas, en 1966, en la recopilación Clair de terre- cuya traducción publica Domingo López Torres en La Prensa unos días antes de la inauguración de la Exposición Surrealista. Para su composición, Breton, que no las había visitado anteriormente, se inspira en las descripciones de su amigo, el pintor Óscar Domínguez, al que llamaba «le dragonnier des Canaries». Recordemos que este artista lagunero, que residía en Francia desde hacía tiempo y que formaba parte del grupo surrealista, desempeña un papel esencial como intermediario entre París y Tenerife.

El segundo texto de Breton que habla de Canarias es su artículo «Saludo a Tenerife», publicado en La Tarde el 9 de mayo, algunos días antes de la apertura de la Exposición. Una vez finalizada su estancia en la Isla, tanto él como Benjamin Péret escriben sendos artículos en periódicos locales. El primero publica en La Tarde del 1 de junio de 1935 su Despedida y recuerdo de Tenerife, mientras que Péret se despide con un escrito que aparece con esa misma fecha en La Prensa. No obstante, el texto más extenso de Breton, fruto de su contacto con el Archipiélago, es «Le château étoilé», que constituye el capítulo V de su conocida obra L'amour fou. De él, escribe Guigon:

«No es un simple relato de viaje: las descripciones y los recuerdos, si acreditan la realidad de los acontecimientos que allí se desarrollan, no son simples documentos más o menos pintorescos. El marco insular escapa a la racionalidad del mapa topográfico, nos choca, al contrario, por el poder de invención de las coincidencias que preside y de las sensaciones que establece» (Sánchez Robayna 1992: 139).

Nos ha parecido interesante incluir un fragmento de este texto, concretamente la parte dedicada al paisaje de Las Cañadas:

«Ce sont les nappes violemment parfumées des fleurs d'un genêt blanc, le retama, seul arbuste qui croisse encore à cette hauteur. Il accroche à la coque calcinée et craquante de la terre ses magnifiques bancs contournés de moules blanches qui dévalent à petits bonds vers le sud de l'île aride et déserte. De ce côté, les risques de glissement du terrain ont amené l'indigène à élever des barrières de pierre qui en épousent les moindres plis naturels, ce qui confère à une très grande étendue de paysage un aspect étagé, cellulaire et vide des plus inquiétants. Du blond au brun le sol épuise vite pour l'oeil toutes les variétés de miel».

Cabe citar, por último, al prestigioso investigador rumano, francés de adopción, Alejandro Cioranescu, -autor de numerosísimos trabajos de lingüística, lexicografía, traducción y crítica, entre los que sobresale su monumental bibliografía de la literatura francesa de los siglos XVI al XVIII y su Bibliografía franco española, 1600-1715 (Madrid, Boletín de la Real Academia Española, 1977)- cuya única novela, Le couteau vert (Paris, Gallimard, 1963), transcurre en una volcánica isla del Atlántico donde desembarca el normando Jean de Béthencourt.

 

Aspectos lingüísticos Comienzo

 

Frente a lo que cabría esperar por la incidencia de la primera colonización francesa en el Archipiélago, el número de galicismos o palabras de origen francés que ha arraigado en el léxico canario es mínimo. Sin embargo, los primeros lexicólogos de las Islas, llevados por el eco y el prestigio de aquella conquista, dieron como galas palabras que posteriormente se dilucidaría que no lo son, como bergazote, callao o maljurada, voces a las que Viera atribuye los étimos franceses bourjasotte, callou y mille pertais, cuando en realidad proceden de los portuguesismos berjaçote, calhou y malfurada. Sin embargo, sí son galicismos, aunque de procedencia indirecta, los términos creyón (introducido quizá a través del español americano) y jable (probablemente por vía del portugués saibro).

El caso contrario, de voces canarias registradas en textos franceses, ofrece aspectos bastante interesantes. Así, por ejemplo, el empleo del término «el canario», como baile surgido en las Islas y difundido por Europa desde mediados del siglo XVI, se describe por primera vez en un tratado de danza francés, la Orquesographie de Thoinot Arbeau (en 1588), aunque ya había sido introducido diez años antes (en 1578) en el Diccionario de Henri Estienne:

«Canarie: une danse qui a un nom par lequel on peut présumer qu'elle soit venue des Canaries».

No dudan los naturalistas franceses en incluir en sus recopilaciones, junto a la denominación científica y las descripciones de las variedades que componen la singular ictionimia y botánica del Archipiélago, el nombre popular con que aquí se conoce cada especie y cada endemismo. Ese testimonio resulta hoy de gran valor histórico, ya que nos ofrece en muchas ocasiones la primera documentación de estas voces canarias. Ese interés por las peculiaridades léxicas del habla insular ha sido una constante también en las descripciones y relaciones de los viajeros que incluyen frecuentemente en sus relatos términos locales, bien intercalados en el texto, bien agrupados en listas, a veces por simple costumbrismo, otras porque no existe una voz equivalente en su lengua por la especificidad del designatum.

Resultan significativos, por último, los estudios que autores franceses han dedicado a algunas particularidades lingüísticas del Archipiélago. Así, ya los redactores de Le Canarien, al describir la isla de La Gomera, advierten que

«Et est le pais habité de grant peuple, qui parole plus estrange langage de tous les aultres pais de par dessa et parlent des baulievrez, auxi que s'ilz fussent sans langue. Et dit on par dessa que un grant prince pour auscun meffait les fist là mettre et leur fist tailler les langues; et selon la maniere de leur parler on le pourroit croire» (Le Canarien: III, 127-129).

A ese lenguaje silbado de la isla colombina dedicó R. Verneau un artículo pionero, «Le langage sans parole», publicado en 1925, y A. Classe realizó in situ, en 1955, una serie de investigaciones que le valieron el nombramiento de miembro del Instituto de Estudios Canarios.

Los redactores de la conquista betancuriana, al describir las características de los insulares, también son conscientes de que las Canarias están «habitées de gens mescreans de diverses loys et de divers langages» (Le Canarien: III, 15), cuestión que posteriormente estudiarían importantes investigadores, como S. Berthelot, fundador de la Société Ethnologique de Francia, que compara los dialectos aborígenes con la lengua bereber (en su Etnographie et Annales de la conquête des Iles Canaries, publicada en 1842), llegando a una conclusión similar:

«Les anciens habitans des îles Canaries parlaient divers dialectes, tous dérivés évidemment d'une langue mère, si on en juge du moins par les catalogues de mots que les historiens nous ont transmis» (p. 179).

Son, en definitiva, variados los aspectos de la vida y de la historia insular en los que las relaciones franco-canarias han dejado su impronta, desde que en 1402 llegaron a tierras de Lanzarote los primeros normandos e instalaron su sede en el Rubicón. En unos casos la integración ha sido total, con el asentamiento de algunas familias francesas en las Islas; en otros -los más-, ha habido un movimiento continuo de ida y retorno, de contacto ininterrumpido a todos los niveles, que ha hecho, como dicen Proust y Pitard en el prólogo de su obra, que los franceses hayan vuelto a su tierra con «les plus riches, les plus fortes, les plus durables impressions».

 

Bibliografía comentada Comienzo

    NOTA: No se recogen aquí los textos franceses que hablan de Canarias sino los estudios críticos e investigaciones más significativas que nos informan sobre las relaciones de Francia con el Archipiélago.

AMALVI, Ch. (1985): «Fondos canarios en la Biblioteca Nacional de París o el interés por Canarias en Francia, siglos XV-XX», en V Coloquio de Historia canario-americana, Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, t. III, pp. 511-543.

El artículo muestra el interés de los franceses por Canarias mediante un recorrido por las obras de autores relacionadas con el Archipiélago que se hallan en los distintos fondos de la Biblioteca nacional de Francia. Entre estos trabajos se mencionan tanto las ediciones de las crónicas de la Conquista de Canarias y estudios de estos textos, como relatos de viajes y obras geográficas, etnográficas y antropológicas.

CIORANESCU, A. (1954): «Viera y Clavijo y la cultura francesa», en Estudios de literatura española y comparada, La Laguna, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de La Laguna, pp. 207-248. Publicado también en Revista de Historia, nº 88 (1949), pp. 293-329.

Comenta el conocimiento y las afinidades que tenía Viera y Clavijo con la cultura francesa y de qué forma su actividad literaria se explica mejor a la luz de las influencias galas.

CIORANESCU, A. (1977-79): Historia de Santa Cruz de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife.

Este voluminoso trabajo -recientemente reeditado- del reconocido escritor e investigador rumano es una obra imprescindible para conocer en profundidad la historia de la ciudad.

CIORANESCU, A. (1987): «Palabras canarias en francés», In Memoriam Inmaculada Corrales, La Laguna, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de La Laguna, t. I, pp. 131-144.

Como señala el investigador rumano, los hispanismos del francés tienen un carácter marcadamente cultural y suelen designar una realidad inconfundiblemente isleña. Algunos de ellos fueron empleados ya en Le Canarien, otros figuran en escritores posteriores como Labat, Bory, Ledru, Leclercq, Fortia, B. Palussy, La Bruyère, Avezac o Verneau.

CIORANESCU, A. (1996): «Rabelais y Canarias», en Canarias y Francia. Conferencias en la Alianza francesa, Santa Cruz de Tenerife, Organismo Autónomo de Cultura del Ayuntamiento de S/C de Tenerife, pp. 7-24.

En esta conferencia, el profesor Cioranescu expone las alusiones que François Rabelais (1494-1553), primer escritor francés que introduce Canarias en la literatura de su país, hace a un Archipiélago canario imaginario en dos de sus obras más conocidas, Pantagruel y Gargantua.

CORBELLA, D. (1991): «Hispanismos en la obra de Adolphe Coquet: Une excursion aux Iles Canaries», en R. Dengler Gassin (ed.), Estudios humanísticos en Homenaje a Luis Cortés Vázquez, Ediciones Univ. de Salamanca, vol. I, pp. 137-145.

La utilización de voces, sufijos, formas de tratamiento y frases propias de las Islas revela el profundo conocimiento que A. Coquet poseía de la realidad canaria y de las peculiaridades del castellano hablado en esta región.

CORBELLA, D. (1993): «¿Influencia francesa en el léxico del español de Canarias?», en C. Díaz Alayón (ed.), Homenaje a José Pérez Vidal, La Laguna, Cabildo Insular de La Palma et al., pp. 343-353.

Frente al inglés, cuya influencia sobre el léxico del español hablado en las Islas es relativamente significativa (no en número pero sí en la peculiaridad y especificidad de los anglicismos empleados en el Archipiélago), el francés, a pesar de ser la lengua de los primeros conquistadores, apenas ha dejado huella en Canarias.

CURELL, C. y G. de URIARTE, C. (1997): «El paisaje de Tenerife en los libros de viaje franceses del siglo XVIII», en IV Coloquio de la Asociación de Profesores de Filología Francesa de la Universidad Española, Las Palmas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, pp. 313-321.

Siguiendo el mismo itinerario llevado a cabo por cinco viajeros que estuvieron en Tenerife en el siglo XVIII, las autoras estudian cómo aquellos percibieron y describieron el paisaje de la isla.

CURELL, C. y G. de URIARTE, C. (1998): «Voces canarias en los relatos de viajes franceses», Revista de Filología de la Universidad de La Laguna, 16 [En prensa].

Se analizan aquí los términos característicos del habla de Canarias que aparecen en un conjunto de relatos franceses de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX (los textos de Borda, Pingré y Verdun de la Crenne, y las relaciones de Labillardière, André-Pierre Ledru, Bory de Saint-Vincent, Jacques Milbert y François Péron).

CURELL, C. y G. de URIARTE, C. (1998): «Hispanismos en los libros de viaje franceses del siglo XVIII», en III Coloquio Internacional de Lingüística francesa (13-15 de noviembre de 1997), Salamanca, Universidad de Salamanca [En prensa].

En este trabajo se estudian los vocablos de procedencia española que aparecen, bien insertos en el texto, bien en listados, en un conjunto de relatos franceses de viajeros que visitaron Tenerife en el siglo XVIII y principios del XIX.

DÍAZ ALMEIDA, F. L. (1990): «Visión de Canarias en Julio Verne. Notas sobre las imágenes turísticas en Canarias», Boletín Millares Carlo, 11, pp. 201-225.

El presente artículo trata de dos novelas de Julio Verne, Agencia Thomson y Cía. y El Rayo Verde. El autor nos comenta varios capítulos de la primera que narra una visita turística a Gran Canaria y Tenerife a fines del siglo pasado.

G. de URIARTE, C. (1998): «Viajeros franceses en Canarias en el siglo XVIII. Una imagen de Santa Cruz de Tenerife», Revista de estudios franceses. Número especial en homenaje al prof. D. Jesús Cantera [En prensa].

La autora recopila las distintas descripciones de la ciudad de Santa Cruz realizadas por un grupo de viajeros franceses con motivo de su estancia en Tenerife.

HERRERA PIQUÉ, A. (1980): «Las Palmas de Gran Canaria vista por los viajeros extranjeros», en III Coloquio de Historia Canario-Americana, Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, t. II, pp. 149-217.

El autor hace un repaso de los distintos viajeros que han descrito la ciudad de Las Palmas (el inglés Thomas Nichols, en el siglo XVI; Dampier o Le Maire en el siglo XVII, George Glas y Ledru en el siglo XVIII, Humboldt, Sabin Berthelot o Charles Ph. Kerhallet en el siglo XIX, y Charles Barker a comienzos de nuestro siglo).

HERRERA PIQUÉ, A. (1987): Las Islas Canarias, escala científica en el Atlántico. Viajeros y naturalistas en el siglo XVIII, Madrid, Editorial Rueda.

Esta obra analiza el importante papel que desempeña el archipiélago canario en las rutas marítimas del siglo XVIII, no sólo como escala técnica sino como lugar de observación privilegiado desde el punto de vista científico. El volumen incluye, además de interesantes ilustraciones, un índice de viajeros de la época.

HERRERA PIQUÉ, A. (1994): «Aspectos de la exploración científica de las Islas Canarias en el primer cuarto del siglo XIX», en XI Coloquio de Historia Canario-Americano, Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, t. II, pp. 753-789.

Este trabajo nos ofrece el testimonio de una serie de naturalistas y científicos que durante su estancia en Canarias llevaron a cabo distintas observaciones de historia natural y mediciones de la altitud del Pico del Teide.

IGLESIAS HERNÁNDEZ, M. L. (1985): Extranjeros en Gran Canaria. Primer tercio del siglo XVIII, Santa Cruz de Tenerife, Gobierno de Canarias, Consejería de Cultura y Deportes.

En este estudio se analiza la presencia de la colonia extranjera en Gran Canaria a principios del siglo XVIIII, atendiendo al aspecto demográfico y cultural de este grupo, compuesto esencialmente por comerciantes.

Le Canarien. Crónicas francesas de la Conquista de Canarias, publicadas con traducción castellana por E. Serra Ràfols y A. Cioranescu, La Laguna-Las Palmas, Instituto de Estudios Canarios-El Museo Canario, Fontes Rerum Canariarum, VIII, IX y XI, 1959, 1960 y 1965, tres tomos.

Primera crónica de la conquista de Canarias. El original francés fue compuesto por dos de los clérigos que acompañaban al conquistador normando, Pierre Bontier y Jean Le Verrier.El estudio de Serra Ràfols y Cioranescu ofrece los dos textos franceses y su traducción al castellano.

LOSADA, Á. (1993): «Canarias en los libros de viajes franceses del siglo XVIII, en especial los del Abbé Prévost», en IX Coloquio de Historia Canario-Americana (1990), Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, t. II, pp. 835-850.

Basándose en la Histoire Générale des Voyages del Abbé Prévost, Jean François La Harpe realiza, en 1780, un compendio en el que dedica un capítulo a Canarias. La Harpe ofrece un resumen de todo cuanto anteriormente los viajeros escribieron sobre las Islas, su historia, el nombre de «canarios», lo que él llama «goffia», las costumbres de los aborígenes y sus creencias religiosas.

MARRERO, M. C. (1997): El fondo francés de la Biblioteca de Nava de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, La Laguna, Sociedad Económica de Amigos del País.

Catálogo de las obras francesas, en su mayor parte del siglo XVIII, pertenecientes al legado de Nava. En este repertorio se incluyen publicaciones sobre diversas materias, aunque la mayor parte de los títulos pertenecen al ámbito literario.

MORALES LEZCANO, V. (1966-69): «Literatura de viajes como fuente histórica: reedición de tres relatos», El Museo Canario, pp. 187-219.

Después de analizar la importancia de la literatura integrada por los escritos de viajeros, geógrafos y navegantes, importante fuente de conocimientos de otras culturas y, sobre todo, del archipiélago canario, el autor reedita los textos del capitán Daniel Beeckman y de los franceses Adanson y Péron.

MÜLLER, R. (1991): «Les récits de voyage français du XVII siècle en prenant en considération les îles canaries», en VIII Coloquio de Historia canario-americana (1988), Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria-Instituto de Cooperación Iberoamericana, t. II, pp. 335-356.

Los autores de las descripciones y relaciones de viajes no escriben con la intención de crear un texto literario sino con la finalidad de dejar constancia de la geografía, los pueblos y las costumbres de los países extranjeros que visitan. Basándose en cuatro de las colecciones de libros de viajes más importantes del XVII y del XVIII (la de Pierre Bergeron, la del Abbé Prévost, la de Thevenot y la De Bry), la autora comenta las descripciones de algunos viajeros que realizaron escala en el Archipiélago.

PÉREZ CORRALES, J. M. (1982): «Historia documental del surrealismo en Canarias (1930-1936)», en Homenaje a Alfonso Trujillo, Santa Cruz de Tenerife, Aula de Cultura del Cabildo Insular de Tenerife, t. I, pp. 665-741.

Este estudio nos ofrece la crónica del movimiento surrealista en las Islas entre 1930 y 1936 a través de anuncios, artículos, reseñas y notas publicados en diversas revistas y diarios de Tenerife y Las Palmas.

PÉREZ MINIK, D. (1995): Facción española surrealista de Tenerife, Tenerife-Madrid, ediciones La Palma.

Se trata de una obra fundamental para el conocimiento del movimiento surrealista en Canarias escrito, uno de los fundadores de Gaceta de Arte y testigo de excepción de la aventura surrealista en las Islas. Está dividida en dos partes: en la primera, el autor relata el nacimiento y la andadura de la revista, así como los preparativos y el desarrollo de la Segunda Exposición Internacional del Surrealismo que tuvo lugar en Tenerife del 11 al 21 de mayo de 1935. La segunda parte es una breve antología de algunos poetas surrealistas canarios.

PICO, B. y CORBELLA, D. (1998): «La tradición documental sobre el garoe y los relatos de viajeros franceses», Revista de estudios franceses. Número especial en homenaje al prof. D. Jesús Cantera [En prensa].

El proyecto de investigación que se está llevando a cabo en la Universidad de La Laguna sobre la presencia canaria en los libros de viaje de autores franceses, dirigido por la Dra. B. Pico y la Dra. D. Corbella, ha permitido rescatar una serie de relatos que, desde el siglo XV al XX, nos informan tanto de la historia real como de la historia mítica del Archipiélago. El garoe o árbol santo, identificable en parte con el arbor vitae paradisiaco, es una de las imágenes simbólicas que se repite constantemente en este tipo de textos, desde la versión de Le Canarien de J. de Béthencourt, hasta las descripciones de A. Thevet, Claude Jannequin, Guillaume Coppier, Vincent Le Blanc, Du Bois, Le Maire, P. Taillandier, Louis Feuillée, Bory de Saint Vincent, J. Arago o J. Pitard.

ROMEU PALAZUELOS, E. (1987): «Navegantes europeos en Santa Cruz de Tenerife. El capitán James Cook», Anuario de Estudios Atlánticos, 33, pp. 335-376.

Después de esbozar cómo era Santa Cruz de Tenerife en los años medios y finales del siglo XVIII, el autor analiza los principales motivos por los que viajeros franceses e ingleses realizan una escala científica en la Isla. La segunda parte de este estudio se centra en la figura del capitán inglés James Cook.

RUIZ ÁLVAREZ, A. (1959): «El cónsul Clerget y el desembarco de Nelson en Tenerife», Revista de Historia Canaria, 6, nº 125-126, pp. 78-86.

En este estudio el autor reproduce en su lengua original los informes del Cónsul francés en Canarias, el abate Pierre-François Clerget, al Ministro de Asuntos Exteriores. Clerget es nombrado cónsul en las Islas Canarias el 20 de agosto de 1795, cargo que ocupa hasta mayo de 1800. Clerget recibe a la expedición de la que forma parte el naturalista André-Pierre Ledru.

SÁNCHEZ ROBAYNA, A. (1995): «André Breton», en Gran Enciclopedia Canaria, Tenerife-Las Palmas, ediciones Canarias, t. III, pp. 662-663.

En este artículo de la Enciclopedia Canaria se expone someramente la vinculación de André Breton con el Archipiélago canario y los textos del escritor francés en los que aparecen referencias a las Islas.

SÁNCHEZ ROBAYNA, A. (ed.) (1992): Canarias: las vanguardias históricas, Las Palmas de Gran Canaria, C.A.A.M./ Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias.

Este volumen recoge las lecciones impartidas por diversos estudiosos, como el propio Andrés Sánchez Robayna, Pilar Carreño o Emmanuel Guigon, en el seminario que, sobre las vanguardias históricas en Canarias, se celebró en 1991 en el Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas de Gran Canaria. Es una obra imprescindible para conocer las figuras y los aspectos literarios y artísticos más representativos de las vanguardias insulares, especialmente del surrealismo.

TISSEAU DES ESCOTAIS, J. (1985): «La problemática del comercio francés en Canarias a principios del siglo XVIII, a través de la correspondencia consular francesa», en V Coloquio de Historia canario-americano, Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, t. II, pp. 481-497.

El desarrollo del comercio en las Islas Canarias a fines del siglo XVII las convirtió en unas tierras acogedoras para las mercancías europeas y al mismo tiempo que en una plataforma de distribución de los productos procedentes de la América española. Esta situación suscita el interés de los cónsules franceses que analizan el Comercio en Canarias con el fin de potenciar la actividad comercial francesa en las Islas.

WENTZLAFF-EGGEBERT, Ch. (1990): «Las Islas Canarias en un soneto del poeta francés Saint-Amant», en VII Coloquio de Historia Canario-Americana (1986), Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, t. II, pp. 109-118.

El autor del trabajo nos presenta la génesis del poema «L'automne des Canaries», así como el análisis de algunos de sus principales rasgos.

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