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Introducción
Antecedentes históricos
Desde los inicios hasta el siglo XVII
La literatura de viajes entre los
siglos XVIII y XX
- Paisaje
- Historia natural
- Clima
- Etnografía y costumbres
El comercio franco-canario
Relaciones Canarias-Francia
- La Ilustración
Canarios en Francia
- Franceses en Canarias
El Consulado.
La Alianza Francesa
Canarias en las letras francesas
Aspectos lingüísticos
Bibliografía comentada
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Introducción

Algunos topónimos como «Islote del Francés»
(en Lanzarote), «Playa Francesa» (en La Graciosa), o «Barranco
Franceses», «Costa de Franceses» y «Franceses»
(en La Palma), aparte de otros derivados de antropónimos de origen
galo, como «Betancuria», representan
un claro testimonio de un contacto ininterrumpido de Francia con Canarias,
relación que ha dejado una singular impronta en la historia y la
cultura de esta región.
Es francés el primer conquistador de las Islas,
Jean de Béthencourt; de procedencia gala son muchas familias asentadas
en el Archipiélago, en su mayor parte vinculadas a la actividad
comercial (desde Gascogne y a través de la Península llega
la rama de los Ascanio; de Nancy salen los Dugour; de Le Mentec proceden
los Croissier; desde Saint-Malo vienen los Baulen, que se instalan en Canarias
en 1544; oriundo de Béarn es el apellido Casalon; y son de Francia
otras onomásticas de gran arraigo en las Islas como los Porlier,
Arnau, Guigou, Mustelier, Fonspertuis, Bosq o de La Roche); son múltiples
las referencias a Canarias en la literatura de viajes francesa desde el
Renacimiento hasta nuestros días, lo que constituye una excelente
fuente para el conocimiento de la historia, la geografía y la etnografía
insular; a naturalistas franceses debemos las primeras descripciones de
la ictionimia del Archipiélago; son cosmógrafos de origen
galo los que determinan la situación de la isla de El Hierro como
primer meridiano, y a autores franceses pertenece la mayoría de
los estudios antropológicos realizados sobre los aborígenes
canarios.
Resulta además significativo que dos de los
momentos clave de la evolución cultural insular, la época
de la Ilustración y los inicios del Surrealismo, tengan sus raíces
en la formación parisina de la elite social del Archipiélago,
con una influencia directa de la literatura, la filosofía, las artes
y los movimientos vanguardistas de aquel país.
Antecedentes
históricos 

Aunque fabulosa, la primera relación de Francia
con Canarias remonta al siglo XII, fecha de la versión anglonormanda
de la Navigatio sancti Brandani (Le voyage de Saint Brandan).
La importancia de este texto radica en su contribución a la difusión
del tópico de la búsqueda del más allá (como
un peregrinaje iniciático hacia el paraíso o el jardín
de las delicias) en las islas situadas en el Océano Atlántico
-el Mare Ignotum-, uno de los alicientes que llevó en los
últimos años de la Edad Media al redescubrimiento de las
Canarias. La difusión de la leyenda brandaniana en lengua vulgar
tuvo tal popularidad que los cartógrafos, todavía en el siglo
XVIII, dibujaban en sus mapas la afortunada isla de «San Borondón»
como la octava isla canaria.
En 1410, Pierre d'Ailly, teólogo y cosmógrafo
nacido en Compiègne, incluye en su Ymago mundi -escrita en
latín- otra descripción tópica de las Islas Afortunadas,
reproduciendo un pasaje similar al que San Isidoro de Sevilla y Solino
habían recogido, a su vez, de Plinio el Viejo:
«Las Islas Afortunadas indican por su propio
nombre que tienen casi todos los bienes, como si ellas fueran felices por
la abundancia de sus frutos, pues los bosques producen de forma natural
los frutos más preciados y las cimas de las colinas se cubren de
vides espontáneas. De ahí el error de los gentiles que creían
que estas Islas eran el paraíso por la fecundidad del suelo. [...]
Todas están llenas de aves, bosques de palmeras, nogales y pinos.
Hay abundancia de miel y están repletas de animales silvestres y
peces. Están situadas en el Océano a la izquierda de Mauritania
entre el sur y el ocaso, cercanos al occidente, y están separadas
entre sí por el mar».
De la lectura de este texto Cristóbal Colón
deduce que las Islas Afortunadas a las que hacía referencia Pierre
d'Ailly se corresponden con el Archipiélago canario, de ahí
que escribiera en el ejemplar que poseía de esta obra una apostilla:
«Situación de las Islas Afortunadas. Ahora se llaman Canarias».
Pero, junto al mito de San Borondón y al de
las Islas Afortunadas, la historia de Canarias ha interesado a los europeos
-y en particular a los escritores galos- también por su conexión
con la Atlántida de Platón, tema retomado por el botánico
francés Tournefort a finales del XVIII en su Voyage au Levant,
por Ledru en su Voyage aux Iles de Ténériffe, La Trinité,
Saint-Thomas, Sainte-Croix et Porto-Ricco (1810), por Fortia d'Urban
en su Histoire et théorie du déluge d'Ogigès ou
de Noé, et de la submersion de l'Atlantide (1809) -concretamente
en el capítulo cuarto del tomo IX que lleva por título Mémoires
pour servir à l'histoire ancienne du globe terrestre- y, sobre
todo, por Bory de Saint-Vincent en los Essais sur les Iles Fortunées
(1803), autor que llega a afirmar que
«Les Archipels occidentaux de l'ancien continent
nous offrent donc les débris de cette célèbre Atlantide,
dont l'avare Océan a englouti les villes, les monumens, et les richesses.
[...] Il n'existe plus de l'Atlantide que des rochers et des volcans épars
sur une mer orageuse» (Essais, p. 521).
Desde los
inicios hasta el siglo XVII 

A estas imágenes míticas con que tradicionalmente
se ha relacionado el Archipiélago canario habría que contraponer
un hecho real: la conquista y colonización de las Islas (Lanzarote,
Fuerteventura y El Hierro) por parte de Gadifer de la Salle y Jean de Béthencourt
(«chevaliers nez du royaume de France, l'un Poytevin du pais de Touarsoys,
l'autre Normant du pays de Caux ont commencée, et mettre en escript
les choses qui leur sont avenues des se qu'ilz partirent de leurs nacions
[...]. Lesquelz se partirent de La Rochelle le premier jour de may mil
CCCC et deux pour venir es parties de Canare pour veoir et visiter tout
le pays, en esperance de conquerir les isles qui y sont et mettre les gens
à la foy crestienne», Le Canarien: III, 17). La conquista
betancuriana significará la incorporación definitiva de las
Canarias a Europa y el asentamiento de algunos franceses en las Islas Orientales.
Por primera vez, además, se ofrecen datos pormenorizados sobre los
aborígenes, sus formas de vida, sistemas de producción y
costumbres (de La Palma, por ejemplo, se señala que «Le pais
est fort moult peuplé de gens, quar il n'a mie esté ainsi
foulé que les aultres pais ont esté. Il sont bele gent et
ne vivent que de char», Le Canarien: III, 127), así
como la descripción de la naturaleza, la abundancia de agua, la
fauna y la flora. Pero el tránsito de la imagen simbólica
a la realidad vivida todavía no es completo y, al igual que le ocurrirá
a Colón posteriormente, a esa naturaleza contemplada se contrapone
una interpretación libresca basada en textos anteriores (en el caso
de la llegada normanda, uno de los antecedentes expresos es el itinerario
imaginario del Libro del conosçimiento).
La conquista betancuriana abre la ruta de Canarias
que, a partir de ese momento, se convierte en paso obligado de los viajes
por la costa africana, hacia Oriente y, posteriormente, en escala de las
navegaciones americanas (Delafosse, Jannequin, Du Bois, Le Maire y Durret).
Es así como el Archipiélago pasa a ser rápidamente
conocido no sólo por la abundancia de productos frescos sino, sobre
todo, por la calidad de sus vinos: el malvasía y el vidueño.
Este último es particularmente apreciado a partir del siglo XVIII,
época de los grandes viajes de exploración, debido a que
se conserva en perfectas condiciones durante un largo período de
tiempo.
Los primeros viajeros demuestran, no obstante, en
sus descripciones que todavía no tienen un conocimiento pleno y
cierto de las Islas. Así ocurre, por ejemplo, con la relación
de Eustache Delafosse que llega al Archipiélago en 1479 de camino
a Cabo Verde:
«De là nous fîmes route vers les
îles Canaries et arrivâmes au fil des journées à
la première île des Canaries, nommée Lanzarote. [...]
Ensuite nous fîmes voile pour prendre notre route et, à l'après-dîner,
nous arrivâmes devant une bien grande île de ces Canaries,
nommée l'île du Fer, où il croissait force bois. [...]
De Sapphir jusqu'à l'île de Lanzarote, il y a environ 80 lieues.
Les Canaries comprennent plusieurs îles (comme vous le trouverez
dans le livre imprimé nommé Le nouveau monde et navigations
faictes par Emeric Vespuce, Florentyn, au chapitre VII, feuillet 4)
et elles sont au nombre de dix» (Voyage d'Eustache Delafosse sur
la côte de Guinée, au Portugal & en Espagne (1479-1481),
transcrit, traduit & présenté par Denis Escudier, Paris,
Éditions Chandeigne, 1992, p. 19).
En esta misma línea se encuentran las obras
de A. Thevet (1503-1592), que visita al menos dos veces las Canarias, tal
como narró en La singularitez de la France antartique (texto
que rebatiría el mercader inglés Thomas Nichols en A pleasant
description of the fortunate Ilandes, called the Ilands of Canaria, with
their straunge fruits and commodities, impresa en Londres en 1583),
La Cosmographie Universelle o Le grand Insulaire et pilotage
d'André Thevet.
Pero, paulatinamente, las crónicas y relatos
de viajes nos van descubriendo unas islas más reales, deslindando
el aspecto maravilloso que encubría el Archipiélago en los
primeros años y ofreciéndonos una visión más
creíble. Una prueba de ello nos la proporciona el cirujano Le Maire
que realiza unas breves descripciones de Las Palmas y Tenerife con motivo
de su estancia en 1682 (cfr. Les voyages du Sieur Le Maire aux Iles
Canaries, Cap-Verd, Senegal et Gambie).
Es indudable, en este sentido, la importancia que
adquiere el desarrollo de la cartografía y la cosmografía.
El rico patrimonio cartográfico que posee el Archipiélago
se explica principalmente por su ubicación geográfica. De
esta manera, mapas y planos van ganando en precisión y perspectiva:
buena muestra de ello son los realizados por los cartógrafos franceses,
como P. du Val d'Abbeville (1653), N. Bellin (1746) y M. Bonne (1788).
Por otra parte, ya desde la Antigüedad, los geógrafos medían
las longitudes contando a partir de la posición de la más
occidental de las Canarias, la isla de El Hierro. En Francia, el edicto
de 1634, bajo el reinado de Luis XIII, obligaba a los cartógrafos
franceses a adoptar como primer meridiano la mencionada isla. Determinar
su posición exacta es, precisamente, uno de los principales objetivos
de la expedición de Louis Feuillée de 1724.

Mapa de Bellin.
(Procedente de la Histoire générale des voyages de
Prévost, t. II, nº 6)
La literatura
de viajes entre los siglos XVIII al XX 

Durante el siglo XVIII es cuando se consigue afianzar
el dominio de Europa sobre el resto del mundo: «Desde fines del siglo
XVII y todo a lo largo del XVIII se produce un cambio en la naturaleza
de los viajes y en la personalidad de los viajeros. Se tratará,
en unos casos, de religiosos misioneros poco proclives a dar crédito
a fantasías y leyendas y, sobre todo, de científicos geógrafos
y naturalistas participantes en expediciones de investigación y
exploración, que tanto contribuirán al avance del conocimiento
más exacto del planeta y al progreso del conjunto de las ciencias»
(Pico-Corbella 1997: 10). Los adelantos científicos marcan el principio
de una nueva era en la historia de la exploración de los océanos
en la que Francia e Inglaterra desempeñan un importante papel. Canarias,
junto a Madeira, Cabo Verde y el Cabo de Buena Esperanza, se convierte
en escala obligada de las rutas hacia el Pacífico, circunstancia
que es aprovechada por los investigadores para estudiar su historia natural,
ciencia que despierta un enorme interés en este momento. Las palabras
con las que, en 1796, el capitán Baudin se dirige a los naturalistas
que integran su expedición así lo ponen de manifiesto:
«[...] je vous engage à profiter de
cette relâche pour visiter en tout ou en partie une île qui,
quoique fréquentée par beaucoup de voyageurs, ne laisse pas
que d'offrir des choses intéressantes pour les sciences en général»
(Ledru, Voyage aux Iles de Ténériffe, La Trinité,
Saint-Thomas, Sainte-Croix et Porto-Ricco, 1810, p. 20).
Junto a los ensayos de carácter científico
que estos viajeros escribieron como prueba de su paso por Canarias, dejaron
constancia también de sus propias vivencias en numerosos diarios,
cartas y relatos, que constituyen un testimonio inestimable de la vida
cotidiana del Archipiélago en aquella época, por la riqueza
de datos e impresiones en ellos recogidos.
Pero muchas de estas descripciones nunca se llegaron
a editar, aunque fueron divulgadas gracias a las grandes recopilaciones
de viajes que circularon por Europa. La más relevante es, sin duda,
la Histoire générale des voyages del Abad Prévost
(1745-1770, en 21 volúmenes), enriquecida con grabados y mapas,
que, posteriormente, se publicó en una edición abreviada
realizada por La Harpe.
En la centuria siguiente, la literatura de viajes
francesa es eminentemente científica y naturalista. No sólo
se editan las relaciones de las campañas realizadas a finales del
siglo anterior (las de Ledru o Bory de Saint-Vincent), sino que se continúa
la intensa actividad viajera en la que Canarias es uno de los principales
objetivos (Bourgeau, Coquet, Leclercq, Sainte-Claire Deville y Verneau).
Es a partir de este momento cuando el hombre es en sí mismo objeto
de estudio -se inicia el auge de la antropología-, ya que hasta
entonces las únicas referencias al habitante de las Islas sólo
tenían en cuenta a los primitivos pobladores.
Aunque con motivaciones distintas, la afluencia de
viajeros franceses al Archipiélago en pleno siglo XX es una realidad
como lo prueban los escritos existentes de su paso por estas tierras (entre
ellos citaremos los de Mascart, Proust y Pitard o Classé).
Paisaje 
La descripción, más o menos pormenorizada,
de los distintos lugares visitados es un elemento recurrente en este tipo
de textos. Dado que la mayor parte de las embarcaciones atraca en el puerto
de Santa Cruz de Tenerife es precisamente esta isla la que mejor conocerán
los visitantes. Camino del Teide, el paso por La Laguna o La Orotava ofrece
al viajero una imagen más enriquecedora y contrastada de la variedad
del paisaje insular. La Villa de La Orotava, rodeada de una bellísima
naturaleza y de ricos cultivos, es la que recibe los mayores elogios:
«Ce matin, au lever du soleil, j'en parcours
les environs, et je ne peux me lasser d'admirer la beauté du paysage:
quel ciel! quel climat! Une douce chaleur vivifie la campagne; ici des
vignobles bien cultivés attestent l'industrie et la richesse des
habitants; là, des jardins ornés de jasmins, de rosiers,
de grenadiers, d'amandiers en fleurs, des citronniers, d'orangers en fleurs
et en fruits, répandent dans l'atmosphère un parfum délicieux»
(Ledru, p. 89).
Por lo que respecta a las restantes islas del Archipiélago,
las alusiones son menos frecuentes, pero no por ello menos valiosas. Así,
por ejemplo, Ledru en el capítulo III de su relato aporta información
específica de cada una de las Canarias.
La ciudad de Las Palmas despierta la curiosidad de
los viajeros por su población y por el aspecto de las casas y las
calles, que recuerda la proximidad de Marruecos (tal como señala
Leclercq en su Voyage aux Iles Fortunées), o por el desarrollo
de la actividad cultural (para Proust y Pitard es «La Ville-Lumière»).
S. Berthelot, en sus Miscellanées canariennes (Paris, Béthune
éditeur, 1839), la describe como «une ville populeuse, bien
bâtie, ornée de maisons élégantes et d'édifices
somptueux. Tout cela me semblait un enchantement» (p. 202). Algo
más adelante este mismo autor añade:
«Un beau pont de pierre, qu'on a construit
sur le ravin de Giniguada, unit les deux faubourgs; d'une part, celui de
Triana, que le commerce vivifie; de l'autre, la Vegueta, où priment
le haut clergé, la magistrature et l'autorité militaire»
(p. 204).
Pero, más que las ciudades, es la gran riqueza
y la multiplicidad de paisajes lo que impresiona al visitante foráneo
que, en un espacio tan limitado, puede elegir entre regiones áridas
y volcánicas o un hábitat de bosques y flora exótica.
Borda sintetiza la particular topografía canaria de la siguiente
manera:
«Les montagnes sont très-hautes à
Canarie, à Ténériffe, à Palme, à Gomère
& en l'île de Fer. Elles sont pour la plupart couvertes d'arbres;
ce sont des pins très-élevés, des lentisques, des
oliviers sauvages, des cyprès, des lauriers, des viñaticos,
des buissons de différentes espèces, des ifs, des tilleuls,
& d'autres arbres utiles & de bon bois» (Voyage fait par
ordre du roi en 1771 et 1772 en diverses parties de l'Europe, de l'Afrique
et de l'Amérique, Paris, 1778, pp. 87-88).
La naturaleza de las Islas y, en especial, el Pico
del Teide -considerado durante mucho tiempo como la montaña más
alta del globo-, constituye uno de los principales atractivos para el extranjero
que, siempre que le es posible, lleva a cabo su ascensión. Esta
cumbre, que ya se puede divisar desde alta mar, es reconocida y admirada
por todos los navegantes que surcan el Atlántico, tal y como pone
de manifiesto Bory:
«Dans le lointain, comme les vagues de la mer,
s'élèvent d'autres montagnes, sur lesquelles s'élève
encore le fameux pic de Ténériffe. Des nuages, jusque-là
errans, se sont amoncelés autour de sa tête, et lui forment
un diadème, dont il se dépouille rarement» (Essais,
p. 233).

Vista de la ciudad de Santa
Cruz de La Palma desde la carretera de Buenavista.
(A. Coquet, Une excursion aux Iles Canaries, Paris,
1884, p. 55)
Historia
natural 
Desde siempre la flora endémica ha suscitado
un gran interés. En algunos textos antiguos ya encontramos alusiones
a plantas canarias, pero es principalmente en el siglo XVIII cuando se
inician los estudios sobre la vegetación de las Islas que seguirán
desarrollándose hasta nuestros días. Se da la circunstancia
de que la primera descripción y clasificación de los endemismos
canarios observados en su propio medio insular fue realizada por un científico
francés, Louis Feuillée, con ocasión de su viaje a
las Canarias en 1724. Este naturalista y astrónomo, que ya
había realizado distintas observaciones en las costas griegas, Asia,
las Antillas y Sudamérica, recibe, cuando contaba 64 años
de edad, el encargo de la Academia de Ciencias parisina de realizar un
viaje a Canarias. Los resultados de sus observaciones se encuentran recogidos
en el diario que escribió durante su estancia en las Islas.
En una época casi coetánea al Diccionario
de Historia Natural de las Islas Canarias de Viera y Clavijo, investigadores
franceses como Lamarck, Poiret o Desfontaines describen nuevas especies
endémicas, utilizando para ello la nomenclatura linneana, verdadera
novedad en las descripciones científicas del momento. Un primer
listado de botánica bastante completo es el proporcionado por Bory
de Saint-Vincent que comprende 467 especies, aunque, como él mismo
reconoce, su trabajo no resulta suficientemente exhaustivo, entre otras
razones, porque únicamente se ocupa de la flora que ha podido observar
directamente (p. 360).
Otro activo estudioso de la botánica canaria
es Pierre-Marie-Auguste Broussonnet, miembro de la Academia de Ciencias
de París, que ejerce durante un tiempo las funciones de cónsul
de Francia en Santa Cruz de Tenerife. Entre sus proyectos figuraba publicar
un estudio sobre los endemismos isleños que, desgraciadamente, nunca
vería la luz. Asesora, además, al marqués de Villanueva
del Prado en la ordenación del Jardín de Aclimatación
de La Orotava.
La difícil situación política
por la que atraviesa Francia a finales de siglo retrasa la organización
de otras expediciones, como la de Baudin, a la que deseaba incorporarse
A. von Humboldt. No obstante, gracias a la ayuda del gobierno español,
el científico alemán consigue integrarse, en 1799, a la tripulación
del Pizarro rumbo a América. El breve tiempo que permanece
en Tenerife, una semana, contrasta con la relevancia de los estudios realizados
-botánicos y de geografía humana, mineralógicos y
meteorológicos en el Teide-, que se traducen en cerca de 300 páginas
de su relación redactada en francés unos años más
tarde: Voyage aux régions equinoxiales du Nouveau Continent
fait en 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 et 1804 (1815), una de las
obras más destacadas de la literatura científica. De su estancia
en Tenerife escribiría Álvarez Rixo:
«La llegada de dos extranjeros muy célebres,
equivalen para honra de este pueblo y de la isla entera. Fueron éstos
el ilustre barón F. A. Humboldt y su compañero Mr. de Bonpland,
quienes bajaron de su viaje al Teide en la tarde del 23 de junio, y elogia
la singular perspectiva que ofrecía nuestro Valle de Orotava en
aquella noche con tanta hoguera encendida en celebración de San
Juan, espectáculo alegre que nosotros vemos repetirse cada año
sin pararnos en su mérito. También pondera el estado floreciente
de nuestra agricultura, comparándolo nada menos que con lo mejor
de Italia» (J.A. Álvarez Rixo, Anales del Puerto de la
Cruz de La Orotava, 1701-1872, Santa Cruz de Tenerife, 1994, p. 152).
Pero la figura más relevante del siglo XIX
es la de Sabin Berthelot, eminente naturalista e historiador que se establece
en La Orotava. Allí desempeña su labor como director del
Jardín de Aclimatación y, entre otras múltiples actividades,
es fundador del Liceo mixto. Junto al naturalista inglés Philip
Barker Webb redacta la Histoire naturelle des Iles Canaries (1836-1844),
obra cumbre todavía hoy no superada, resultado de más de
veinte años de investigaciones. Esta publicación suscita
la llegada de otros botánicos europeos y el desarrollo de esta disciplina
entre la intelectualidad insular.
Casi a fines de la centuria, el naturalista Charles
Alluaud exploró, durante siete meses, todas las Islas Canarias.
De esta expedición surgieron una serie de publicaciones científicas
entre las que sobresale el Voyage de M. Ch. Alluaud aux Iles Canaries,
realizado entre noviembre de 1889 y junio de 1890. En ellas da a conocer
el resultado de sus investigaciones, centradas, principalmente, en la entomología
y biogeografía insular.
Ya en nuestro siglo, debemos reseñar los trabajos
de Proust y Pitard quienes definen por primera vez el parentesco existente
entre la flora canaria y otras regiones de África, América
y del Mediterráneo. Señalan que a principios del siglo XX
se han catalogado en Canarias 1352 especies, de las que 468 son endémicas,
lo que constituye un avance sustancial en los estudios botánicos.
Su obra, Les Iles Canaries, ofrece, además, una visión
detallada de los usos y costumbres de los canarios, que tuvieron la oportunidad
de conocer a partir del recorrido que realizaron desde diciembre de 1904
hasta mayo de 1905 por cada una de las Islas.
Clima 
El clima es otro de los aspectos que ha llamado la
atención de los visitantes foráneos, principalmente por sus
efectos beneficiosos para la salud. Por este motivo, el médico Gabriel
Belcastel viaja a Tenerife en 1859 y, como resultado de su estancia, publica
Les Iles Canaries et le vallée d'Orotava, au point de vue hygiénique
et médical, donde hace un elogio de las condiciones climáticas
insulares e invita a los habitantes del norte de Europa a venir a estas
tierras:
«Le thermomètre n'y monte pas au-dessus
de 28-18 degrés d'oscillation dans toute l'année et dans
les limites les plus favorables à la vie, c'est toute la magie de
ce climat» (Gabriel de Belcastel, Les Iles Canaries et la vallée
d'Orotava, au point de vue hygiénique et médical, Paris,
J.B. Ballière et fils, 1862, p. 17).
Las suaves temperaturas y la pureza del aire fueron
algunas de las razones que llevaron también al astrónomo
Jean Mascart a Tenerife en 1910, en una misión científica
cuyo objetivo era estudiar la influencia de los principales factores climatológicos
en los pulmones, la circulación, la piel, etc. Otro de los cometidos
de la campaña era realizar observaciones del paso del cometa Halley
por las Islas. Por primera vez se pone de relieve la calidad de los cielos
canarios para las investigaciones astronómicas:
«le Pic de Teyde est accessible très
facilement toute l'année: le régime normal, au point de vue
météorologique, comporte un banc de nuages entre 1000 et
1500 mètres d'altitude, tandis que les parties supérieures
continuent à jouir d'un ciel presque inaltérable. Dans ces
conditions, on voit l'avantage de pouvoir, en toute saison, dans un climat
facile, faire des expériences constantes et rapides entre les altitudes
de 0 et de 3700 mètres» (Jean Mascart, Impressions et observations
dans un Voyage à Tenerife, Paris, Flammarion, s.d., p. 17).
Etnografía
y costumbres 
Los inicios de los trabajos sobre prehistoria y antropología
insular se remontan al siglo XIX, con la publicación de los resultados
de las investigaciones de Sabin Berthelot. «Es muy significativo
-como advierte L. Diego Cuscoy en su edición de la traducción
castellana de la Ethnographie et les Annales de la Conquête,
Santa Cruz de Tenerife, Goya Ediciones, 1978, p. 6- que S. Berthelot emplee
en tan tempranas fechas -1842- el término etnografía -en
Canarias, por primera vez- pues ello evidencia que estaba al día
en el estudio de las ciencias del hombre y conocía el exacto alcance
del término».
Después de descubrirse en Francia, en 1868,
la existencia de la raza de Cro-Magnon, y de que el antropólogo
francés Paul Broca comparara este hallazgo con la existencia del
pueblo guanche, Canarias pasa a convertirse en uno de los centros privilegiados
de investigación de la escuela francesa de antropología,
con la aplicación de su metodología y sus principios teóricos.
En 1876 el Ministerio de Instrucción Pública de Francia decide
enviar al Archipiélago a René Verneau que, tras sus análisis,
establece que en las Canarias prehispánicas existieron varios tipos
raciales, diferentes e independientes según cada isla.
Pero no solamente investigadores franceses, sino
que los mismos antropólogos canarios introdujeron las nuevas corrientes
positivistas en este tipo de estudios. Entre ellos destaca el grancanario
Gregorio Chil y Naranjo, doctor en Medicina por la Universidad de París
y discípulo también de P. Broca.
A esa corriente naturalista de la antropología
física habría que sumar los numerosos aspectos relacionados
con la antropología social que se derivan de las descripciones de
estos científicos y viajeros, que constituyen una fuente primordial
para el conocimiento de la vida cotidiana, de las costumbres, del folclore
e, incluso, de las transformaciones que van sufriendo las ciudades y pueblos
con el establecimiento de nuevos tipos de producción.
El capítulo de las relaciones dedicado a los
habitantes del Archipiélago distingue entre los guanches y los canarios
«actuales». Mientras que los primeros han sido desde siempre
objeto de curiosidad, la atención prestada al hombre contemporáneo
adquiere con el tiempo mayor relevancia. Si bien en el siglo XVIII podemos
encontrar fácilmente en las narraciones información sobre
las costumbres, religión o alimentación de la población,
será un siglo más tarde cuando hallaremos referencias más
concretas, tanto en lo que respecta al físico como a la moral de
los habitantes.
Como es lógico suponer, los observadores hacen
especial hincapié en aquellos aspectos de la sociedad isleña
que le son particulares. Así, en el apartado de la alimentación
a menudo nos encontramos con una explicación detallada de qué
es y cómo se prepara el gofio, que, junto con la papas y el pescado
salado, constituía el sustento básico de las clases más
modestas:
«Le gofio se prépare en faisant griller
légèrement sur un plat de terre, soit du froment, soit de
l'orge, du seigle ou du maïs; on réduit en farine, dans un
petit moulin à bras, ces grains ainsi torréfiés. Le
Canarien mange le gofio dans l'état de farine, ou après l'avoir
pétri en boulettes humectées soit d'eau, soit de lait, de
bouillon ou de miel» (Ledru, p. 45).
La indumentaria campesina, específica prácticamente
en cada pueblo de cada isla, es otro de los datos que ofrecen los viajeros,
gracias a los cuales tenemos hoy una amplia información:
«Les indigènes des diverses régions
de l'île (La Palma) ont, comme en Bretagne, conservé des formes
particulières de vêtements qui les font facilement reconnaître.
Voici, par exemple, ceux de Garafia, qui habitent à la pointe Nord,
dans un pays escarpé où le vent souffle parfois avec violence;
ils portent une sorte de casque en grossière toile grise qui enveloppe
la tête et vient s'attacher sous le menton; c'est une coiffure presque
aussi bizarre que la montera et qui est certainement très pratique»
(Adolphe Coquet, Une excursion aux Iles Canaries, Paris, Typographie
Georges Chamorot, 1884, p. 53).
Destacan tradiciones populares como la lucha canaria,
las peleas de gallos, los bailes, las fiestas y diversiones, los carnavales:
«Jeunes et vieux, riches et pauvres, paysans
et citadins s'en donnent à coeur joie et avec cet entrain et cette
ardeur que dépensent dans leurs plaisirs, les gens qui n'ont pas
souvent l'occasion de s'amuser [...] Armés de vessies natatoires,
ayant appartenu à de gigantesques poissons, ils s'en vont par les
rues de la ville, chantant, gesticulant, criant, frappant les passants
ou leur jetant des oeufs préalablement remplis de farine, et en
dansant au son des guitares» (Proust y Pitard, Les Iles Canaries,
Paris, Paul Klincksieck, 1908, pp. 194-195).
Nuevos tipos de producción van cambiando la
vida de los pueblos y ciudades y alterando las costumbres tradicionales
del Archipiélago. S. Berthelot advierte el progreso que ha supuesto
el comercio de la barrilla en Lanzarote y Fuerteventura, y A. Coquet en
su excursión a la isla bonita señala que
«Palma est la plus industrieuse de toutes les
îles de l'archipel. J'y ai visité des tissages de soie, donnant,
grâce à la cochenille, des étoffes du plus beau rouge.
Les belles forêts qu'on y exploite sont l'objet d'un commerce important
avec les Antilles; on y travaille le tea, cet arbre résineux, précieux
pour la construction, qui a disparu des autres îles. Les ouvrages
en bois, les meubles, y sont habilement fabriqués. Ce génie
industriel proviendrait-il d'hommes que l'on retrouve à Palma? Au
XVI siècle, les Flamands, terrorisés par le duc d'Albe, furent
transportés en grand nombre dans cette île; leurs descendants
y ont prospéré et, peut-être, est-ce à eux que
revient cet esprit d'entreprise qui distingue cette population de celle
des autres îles de l'archipel» (p. 54).
Por último, queremos señalar que el
testimonio de los investigadores es unánime cuando hacen referencia
a la hospitalidad de los isleños:
«Les étrangers y trouvent un excellent
accueil. Comme dans toutes les colonies marchandes, on est avide des nouvelles
de l'Europe et de ses journaux; aussi les nouveaux venus sont-ils assaillis,
pressés de questions. Mais en revanche les insulaires font les honneurs
de leur pays avec une complaisance infinie; ils en détaillent les
productions, les merveilles, les antiquités; ils offrent leur concours
pour toutes les recherches. Je leur dois la plupart des renseignements
que j'ai recueillis tant sur Ténériffe que sur les autres
Canaries» (Dumont d'Urville, Histoire générale des
Voyages, Paris, Furne et Cº, Éditeurs, 1859, p. 21).
Tanto los textos científicos como los de simple
divulgación vienen acompañados generalmente de dibujos, grabados,
acuarelas o, incluso, fotografías, realizados en muchas ocasiones
por los propios viajeros, y que representan distintos aspectos de la realidad
canaria. El valor de estos testimonios desde el punto de vista histórico
resulta hoy incuestionable.

Vestidos de las mujeres
de Tenerife por Petit
(Col. Lesueur, nº 14005 y 14004).
El comercio
franco-canario 

La condición de isla supone desde el punto
de vista económico una necesaria apertura hacia el exterior, no
sólo para el abastecimiento de determinados productos, sino también
para la exportación de otros. Uno de los viajeros que visita el
Archipiélago en los últimos años del siglo XVIII analiza
la situación de la siguiente manera:
«L'histoire nous apprend que les richesses
territoriales de chaque pays seraient peu nombreuses, si elles consistaient
dans les seuls végétaux qui lui sont indigènes. Ténériffe
n'aurait ni la plupart des légumes et plantes potagères qu'elle
a reçus d'Europe, ni quelques fruits tirés de l'Afrique et
des Indes, ni la pomme de terre originaire d'Amérique» (Ledru,
p. 112).
Por lo que respecta a Francia, ya hay constancia
de relaciones comerciales más o menos regulares con Bretaña
y Normandía a fines del XVI- se establece en el Archipiélago
la sociedad mercantil Halle-Le Seigneur-Trevache-, así como de la
participación activa de los franceses en el circuito triangular
establecido entre Flandes, Canarias e Inglaterra. El desarrollo del comercio
insular a finales del siglo XVII como centro importador y exportador despierta
el interés del gobierno francés que intenta potenciar sus
relaciones mercantiles: de Francia provienen principalmente productos manufacturados,
como muebles, cristales, telas, encajes, medias, sombreros o libros.
La mayor parte del tráfico comercial se realiza
a través del puerto de Santa Cruz, que desplaza a los otros puertos
canarios -el de Garachico había quedado inutilizado desde la erupción
del Teide de 1706-, y hasta bien entrado el siglo XIX su rada es la más
floreciente del Archipiélago al ostentar el monopolio del despacho
de buques extranjeros. Actualmente, el puerto de Santa Cruz de Tenerife
ocupa el primer lugar en el transporte de mercancías y el Puerto
de La Luz y de Las Palmas destaca por el tonelaje de los buques.
Corsarios y piratas dificultan en no pocas ocasiones
el intercambio exterior y dañan indirectamente la economía
canaria al impedir el tráfico interinsular, a la vez que se debe
a ellos la entrada de numerosos productos, prohibidos al comercio regular.
La presencia de estos aventureros, que eligen como bases la isla de Lobos
y el cabo de Anaga, es constante en aguas isleñas a lo largo de
la historia, y se da la circunstancia de que los primeros que se acercan
a Canarias, en tiempos de la conquista, son franceses. Entre ellos cabe
citar al pirata François Leclerc, apodado Jambe de bois,
que en 1553 ataca la isla de La Palma; en 1762 llega, para combatir a los
ingleses, el buque Le Rubis, al mando del corsario François
Desseaux; algo más tarde, en 1797, la corbeta La Mutine,
cuya tripulación contribuyó a la defensa de la ciudad de
Santa Cruz frente al ataque de Nelson, fue saqueada en el puerto santacrucero
por los ingleses. Poco después llega a las aguas canarias un nuevo
corsario para reemplazarla, el conocido con el nombre de La Mouche.
La actividad de estos piratas permitió la entrada en las Islas de
ciertos artículos, como es el caso de los libros extranjeros a los
que no se hubiera tenido acceso de otra manera.
Relaciones
Canarias-Francia 

La
Ilustración. Canarios en Francia
La influencia gala durante el siglo XVIII, recibida
directamente y no a través de la Península, dejará
una importante huella entre los canarios, especialmente en el reflejo que
la Ilustración tiene en la aristocracia insular. El máximo
exponente de esta renovación cultural es la tertulia de Nava, reunida
en la casa lagunera del marqués de Villanueva del Prado. Al espíritu
cosmopolita, abierto y deseoso de nuevas ideas que se observa en sus componentes,
se une cierta toma de conciencia de la problemática insular. Similares
reuniones se celebran en la casa de los Iriarte en el Puerto de la Cruz
o en la de Tomás de Saviñón en La Laguna. De los hijos
de este último escribiría el tercer vizconde de Buen Paso:
«Don Domingo y don Tomás tuvieron ambos
introducción con los cónsules de Francia, adquirieron retratos
de los generales más célebres de la República y estampas
de las modas de París. Imitaban sus trajes y maneras, hablaban el
idioma y se les veía comúnmente en compañía
de algún francés. Su casa ha sido el punto de reunión
de la juventud de La Laguna, de los aficionados a la música y gentes
que piensan a lo moderno» (Juan Primo de la Guerra, Diario I (1800-1807),
Santa Cruz de Tenerife, Aula de Cultura del Cabildo Insular, 1976, p. 80).
Se crean importantes bibliotecas particulares donde
predominan los libros de autores franceses, muchos vetados por la Inquisición.
En esa época, por ejemplo, el obispo Antonio Tavira Almazán
lega sus obras, entre ellas un ejemplar completo de la Encyclopédie,
a lo que sería el fondo inicial de la Biblioteca de la Universidad
de La Laguna. Otro destacado legado, que reúne numerosos ejemplares
en francés (de Fleury, Pascal y Rousseau, los dos primeros tomos
de los Voyages aux régions équinoxiales du Nouveau Continent
de Humboldt, entre otros), en inglés y en castellano, será
la antigua biblioteca de la Casa Nava-Grimón, conservada hoy en
la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife.
La transformación cultural se completa con
la formación extranjera de gran parte de esa elite social isleña
(Cristóbal del Hoyo, por ejemplo, se educa en Francia e Inglaterra;
Juan de Iriarte es condiscípulo de Voltaire), así como con
la inquietud viajera que les lleva a conocer las grandes urbes europeas:
entre estos destacan nombres como los de José Clavijo y Fajardo,
que viaja a París y establece allí contacto directo con los
ilustrados franceses, algunas de cuyas obras traduciría posteriormente,
como la Histoire naturelle del Conde de Buffon en 44 volúmenes;
o el mismo José de Viera y Clavijo, que dejó el recuerdo
de sus impresiones al visitar las ciudades francesas en sus Apuntes
del Diario e Itinerario de mi viaje a Francia y Flandes (Santa Cruz
de Tenerife, Imprenta, Litografía y Librería Isleña,
1849):
«a la una y media llegamos a la Barrera de
París entrando por la Rue d'enfer. [...] fuimos al jardín
de las Tullerías. Este tiene mucha extensión y se halla al
pie de la larga fachada de cinco pabellones de aquel palacio Real. [...]
Después nos paseamos en los jardines de Palais Royal, pertenecientes
al Duque de Orleans. [...] Era ya de noche cuando pasamos por la rue
Saint-Honoré, cuya multitud de tiendas muy iluminadas con largas
ventanas de cristales, forman un soberbio espectáculo de opulencia
y de lujo» (pp. 38-40).
Testimonio evidente de la impronta y del nivel alcanzado
por ese grupo dominante de la Ilustración isleña es la repercusión
que tuvieron muchos de estos canarios en la política nacional, pasando
algunos de ellos a integrarse en el gobierno de José Bonaparte,
como Estanislao de Lugo, Bernardo de Iriarte o Antonio Porlier.
Franceses
en Canarias. El Consulado. La Alianza Francesa 
La presencia normanda a partir del siglo XV significó,
ya en los primeros años de la conquista, el asentamiento de algunos
franceses en las islas orientales (Lanzarote y Fuerteventura), mientras
que se documenta la estancia de franceses en Tenerife desde el año
1503 (Cioranescu 1977: I, 100). Textos de escribanía registran
con relativa frecuencia nombres de procedencia francesa y algunas casas
señoriales fueron mandadas a construir por mercaderes galos (en
el frente de una de las casas laguneras de la calle de Herradores se puede
leer todavía la siguiente inscripción: «1654. Clavdio
Bigot Natvral de la sivdad de Roven»). Con el tiempo, la cifra de
extranjeros aumenta, vinculados en su mayor parte a la incipiente actividad
comercial que empezaba a desarrollarse en el Archipiélago, primero
en Tenerife (donde los comerciantes de origen francés proceden principalmente
de Bretaña) y, a partir de 1657, en Las Palmas de Gran Canaria (Iglesias
1985: 36).
A esa etapa inicial de apogeo seguirá, en
la segunda mitad del XVII, una época de postergamiento y desplazamiento
por la hegemonía alcanzada por el negocio con Inglaterra, especialmente
de vinos. Sin embargo, desde el punto de vista humano, la situación
de contacto no se deteriora y ello explica la presencia en Santa Cruz de
una numerosa colonia francesa (en la primera mitad del XVIII, según
datos de Cioranescu (1977: I, 100), los franceses representan más
del 37% de los extranjeros que se casan en el lugar, lo que demuestra su
rápida integración en la sociedad isleña).
Buena prueba de la trascendencia del asentamiento
de este grupo extranjero y de su relativa importancia desde el punto de
vista de los intercambios comerciales es la creación del consulado
francés a partir de 1670. Hasta ese momento, y por las disposiciones
del tratado hispano-francés de 1660, los súbditos de aquella
nación gozaban de los mismos derechos que los holandeses, por lo
que se supeditaban a las directrices del consulado neerlandés, el
primero que se estableció en las Islas. Pero pronto se vio la necesidad
de nombrar delegados propios: cónsules como R. Thierry, L. de Rada
y Hély tuvieron como misión intensificar los intercambios
comerciales, pero será É. Porlier, nombrado en 1709, el que
potenciará los puertos canarios como plataforma privilegiada para
el comercio con el resto de Europa, con África y Ámerica.
La correspondencia consular de aquella época constituye un importante
testimonio de la vida que se desarrollaba en Canarias, así como
de los intentos de los diplomáticos por conseguir el monopolio del
comercio marítimo.
Papel significativo ha tenido en los últimos
años la instauración de las sedes de la Alianza Francesa
en las Islas, bajo el patronazgo del consulado. Creada en París
en 1883 es, según sus estatutos, «una asociación de
carácter civil con el objeto de contribuir al conocimiento y difusión
de la lengua y la cultura francesas, y de fomentar la amistad, cooperación
y ayuda mutua entre españoles y franceses». En 1933 se inaugura
la sede de Las Palmas de Gran Canaria, que continúa su andadura
a pesar del paréntesis que significó su cierre durante la
Guerra Civil. En 1961 el cónsul André Deltour decide ampliar
la presencia de este organismo en estas tierras y se establece una nueva sede
en Santa Cruz.
Razones de distinta naturaleza, como hemos visto
anteriormente (los viajes, las investigaciones de naturalistas, vulcanólogos,
antropólogos y astrónomos, así como el inicio del
turismo) han favorecido la presencia en el Archipiélago de un número
importante de franceses hasta nuestros días. Quizá el caso
más representativo en los últimos años del siglo XIX
y primeros del XX ha sido el del compositor C. C. Saint-Säens. El
autor de Sanson residía durante el invierno en zonas cálidas,
por lo que en varias ocasiones eligió Canarias para pasar grandes
temporadas. En una de esas estancias, y sin darse a conocer, aceptó
una plaza vacante en la orquesta para tocar el tímpano por 12 reales
diarios, anécdota que trascendió a los periódicos
locales y tuvo gran repercusión.
Canarias en
las letras francesas 

En lo que respecta a la literatura, desde el siglo
XVI ya se encuentran en algunos textos referencias a las Islas, de las
que sólo vamos a mencionar las más significativas.
El primer escritor francés que habla de ellas
es François Rabelais (1494-1553): en sus dos primeras obras, que,
por otra parte, son las más conocidas, Pantagruel y Gargantua
-relatos heroico-cómicos que narran la vida y las hazañas
de una familia de gigantes-, encontramos varias alusiones al Archipiélago.
Según expone Cioranescu en una conferencia pronunciada en 1996,
la imagen que el autor ofrece sólo puede ser imaginaria:
«Rabelais, como todos los eruditos de su tiempo,
veía en Canarias las Islas Afortunadas de la tradición clásica.
[...] Las Canarias de Rabelais se sitúan, de este modo, no entre
Madera y Cabo Blanco, sino en un mapa ideal, entre los campos felices cantados
por Horacio, las Islas Afortunadas de Erasmo y la feliz Atlántida
de Francis Bacon» (Cioranescu 1996: 21).
Una de las referencias alude a Canarias como escala
de un periplo que el protagonista y otros personajes hacen al sur de África
(Pantagruel, cap. XXIV), mientras que, en otros casos, las citas
son simples menciones de unos legendarios reyes de Canarias (Pantagruel,
cap. XI y XXIII; Gargantua, cap. XIII). Los dos últimos pasajes
que hablan del Archipiélago responden a un propósito diferente,
ya que Rabelais abandona la fábula para hablar, de manera encubierta,
de la historia de su época (Gargantua, cap. XXXI y L).
Un siglo después, uno de los más destacados
poetas barrocos, Marc-Antoine Girard, «sieur» de Saint-Amant
(1594-1661), dedica dos de sus poemas a las Islas. Ya no se trata de una
estampa ficticia, sino de una visión más realista, puesto
que las había visitado con ocasión de alguna escala de sus
viajes a África y América. Así, hacia 1626, en su
poema «La Vigne», las compara a un segundo paraíso,
mientras que «L'automne des Canaries», escrito en 1649, está
dedicado íntegramente a ellas. Es un soneto que forma parte, junto
a otros tres más, de su ciclo de las estaciones, en el que describe
los cambios que experimenta la naturaleza a lo largo de las distintas épocas
del año. Para ilustrar la primavera, pinta las afueras de París,
como estampa del verano elige Roma, los Alpes le sirven de ilustración
del invierno y, por último, selecciona las Canarias como imagen
del otoño. Como dice Wentzlaff-Eggebert: «solo cuando se incorpora
el soneto sobre el otoño en una fila común con los otros
tres, se puede aquilatar el peso que da Saint-Amant, entre tantas tierras
que conoce, a las Islas Canarias, y entender cuál era la idea que
se hacía de este territorio privilegiado» (1990: 117).
Por estas mismas fechas, Marin Le Roy de Gomberville
(1599-1674), considerado uno de los mejores novelistas del momento, escribe
su obra maestra, L'Exil de Polexandre et d'Ériclée,
que supone una transición entre la novela heroica y la novela histórica.
La primera versión data de 1619 y durante casi veinte años
el autor la reelabora cinco veces, modificando tanto los personajes como
el marco histórico donde se desarrolla la intriga, aunque, en todas
ellas, el lector se ve trasladado a lugares exóticos -como el África
sahariana o México- o puramente imaginarios. A pesar de sus anacronismos,
Gomberville recoge elementos de la historia reciente y se documenta en
algunas crónicas de Indias. En la versión definitiva, el
protagonista, Polexandre, es rey de Canarias y los viajes marítimos
ocupan un lugar privilegiado.
En el siglo XVIII, Jacques Henri Bernardin de Saint-Pierre
(1737-1814), conocido sobre todo por ser el autor de Paul et Virginie,
nos brinda de nuevo referencias a algunas de las Islas en un relato de
viaje de carácter documental, el Voyage a l'isle de France, a
l'isle de Bourbon, au cap de Bonne-Espérance, etc., escrito
en 1773. En efecto, en el primer tomo de la obra, concretamente en el episodio
del diario dedicado a marzo de 1768, cuenta el escritor que el día
16, al amanecer, avistaron la isla de La Palma y la de Tenerife, con su
famoso pico. Sigue con unas referencias a la historia de Canarias, al origen
de su nombre y, por último, adjunta unos dibujos de Tenerife, La
Palma y La Gomera.
En esta misma época, Julien-Jacques Moutonnet
de Clairfons (1740-1813), poeta, novelista y traductor, contribuye también,
como afirma Chantal Amalvi (1985: 533-34), al conocimiento del Archipiélago
en Francia con su novela pastoril Les îles fortunées ou
Aventures de Bathylle et de Cléobule (1778). En ella Moutonnet
narra un idilio que se desarrolla en Canarias, incluye una descripción
mítica de estos parajes y utiliza el tópico del paraíso
cuando describe la llegada del protagonista a la tierra insular.
Unos años más tarde, Jules Verne (1828-1905)
cuenta en su novela póstuma L'Agence Thomson and Co., publicada
en 1907, un viaje organizado a través del Atlántico con escalas
en Gran Canaria y Tenerife, a las que dedica varios capítulos. En
ellos, además de hacer unas referencias a las Islas Orientales y
occidentales, nos brinda una visión de la ciudad de Las Palmas y
del interior de la isla, así como una descripción de la ascensión
al Teide.
No obstante, tenemos que llegar a nuestro siglo para
encontrar en dos de los principales escritores surrealistas, André
Breton y Benjamin Péret, unas alusiones a Canarias de mayor repercusión,
consecuencia del viaje que realizan al Archipiélago en mayo de 1935
para organizar la Segunda Exposición Internacional del Surrealismo.
La primera referencia que Breton hace de las Islas se encuentra, sin embargo,
en un poema escrito en 1934 -que forma parte del conjunto de poesías
«L'air de l'eau», incluidas, en 1966, en la recopilación
Clair de terre- cuya traducción publica Domingo López
Torres en La Prensa unos días antes de la inauguración
de la Exposición Surrealista. Para su composición, Breton,
que no las había visitado anteriormente, se inspira en las
descripciones de su amigo, el pintor Óscar Domínguez, al
que llamaba «le dragonnier des Canaries». Recordemos que este
artista lagunero, que residía en Francia desde hacía tiempo
y que formaba parte del grupo surrealista, desempeña un papel esencial
como intermediario entre París y Tenerife.
El segundo texto de Breton que habla de Canarias
es su artículo «Saludo a Tenerife», publicado en La
Tarde el 9 de mayo, algunos días antes de la apertura de la
Exposición. Una vez finalizada su estancia en la Isla, tanto él
como Benjamin Péret escriben sendos artículos en periódicos
locales. El primero publica en La Tarde del 1 de junio de 1935 su
Despedida y recuerdo de Tenerife, mientras que Péret se despide
con un escrito que aparece con esa misma fecha en La Prensa. No
obstante, el texto más extenso de Breton, fruto de su contacto con
el Archipiélago, es «Le château étoilé»,
que constituye el capítulo V de su conocida obra L'amour fou.
De él, escribe Guigon:
«No es un simple relato de viaje: las descripciones
y los recuerdos, si acreditan la realidad de los acontecimientos que allí
se desarrollan, no son simples documentos más o menos pintorescos.
El marco insular escapa a la racionalidad del mapa topográfico,
nos choca, al contrario, por el poder de invención de las coincidencias
que preside y de las sensaciones que establece» (Sánchez Robayna
1992: 139).
Nos ha parecido interesante incluir un fragmento
de este texto, concretamente la parte dedicada al paisaje de Las Cañadas:
«Ce sont les nappes violemment parfumées
des fleurs d'un genêt blanc, le retama, seul arbuste qui croisse
encore à cette hauteur. Il accroche à la coque calcinée
et craquante de la terre ses magnifiques bancs contournés de moules
blanches qui dévalent à petits bonds vers le sud de l'île
aride et déserte. De ce côté, les risques de glissement
du terrain ont amené l'indigène à élever des
barrières de pierre qui en épousent les moindres plis naturels,
ce qui confère à une très grande étendue de
paysage un aspect étagé, cellulaire et vide des plus inquiétants.
Du blond au brun le sol épuise vite pour l'oeil toutes les variétés
de miel».
Cabe citar, por último, al prestigioso investigador
rumano, francés de adopción, Alejandro Cioranescu, -autor de numerosísimos trabajos de
lingüística, lexicografía, traducción y crítica,
entre los que sobresale su monumental bibliografía de la literatura
francesa de los siglos XVI al XVIII y su Bibliografía franco
española, 1600-1715 (Madrid, Boletín de la Real Academia
Española, 1977)- cuya única novela, Le couteau vert
(Paris, Gallimard, 1963), transcurre en una volcánica isla del Atlántico
donde desembarca el normando Jean de Béthencourt.
Aspectos lingüísticos


Frente a lo que cabría esperar por la incidencia
de la primera colonización francesa en el Archipiélago, el
número de galicismos o palabras de origen francés que ha
arraigado en el léxico canario es mínimo. Sin embargo, los
primeros lexicólogos de las Islas, llevados por el eco y el prestigio
de aquella conquista, dieron como galas palabras que posteriormente se
dilucidaría que no lo son, como bergazote, callao o maljurada,
voces a las que Viera atribuye los étimos franceses bourjasotte,
callou y mille pertais, cuando en realidad proceden de los portuguesismos
berjaçote, calhou y malfurada. Sin embargo,
sí son galicismos, aunque de procedencia indirecta, los términos
creyón (introducido quizá a través del español
americano) y jable (probablemente por vía del portugués
saibro).
El caso contrario, de voces canarias registradas
en textos franceses, ofrece aspectos bastante interesantes. Así,
por ejemplo, el empleo del término «el canario», como
baile surgido en las Islas y difundido por Europa desde mediados del siglo
XVI, se describe por primera vez en un tratado de danza francés,
la Orquesographie de Thoinot Arbeau (en 1588), aunque ya había
sido introducido diez años antes (en 1578) en el Diccionario
de Henri Estienne:
«Canarie: une danse qui a un nom par
lequel on peut présumer qu'elle soit venue des Canaries».
No dudan los naturalistas franceses en incluir en
sus recopilaciones, junto a la denominación científica y
las descripciones de las variedades que componen la singular ictionimia
y botánica del Archipiélago, el nombre popular con que aquí se
conoce cada especie y cada endemismo. Ese testimonio resulta
hoy de gran valor histórico, ya que nos ofrece en muchas ocasiones
la primera documentación de estas voces canarias. Ese interés
por las peculiaridades léxicas del habla insular ha sido una
constante también en las descripciones y relaciones de los viajeros
que incluyen frecuentemente en sus relatos términos locales, bien
intercalados en el texto, bien agrupados en listas, a veces por simple
costumbrismo, otras porque no existe una voz equivalente en su lengua por
la especificidad del designatum.
Resultan significativos, por último, los estudios
que autores franceses han dedicado a algunas particularidades lingüísticas
del Archipiélago. Así, ya los redactores de Le Canarien,
al describir la isla de La Gomera, advierten que
«Et est le pais habité de grant peuple,
qui parole plus estrange langage de tous les aultres pais de par dessa
et parlent des baulievrez, auxi que s'ilz fussent sans langue. Et dit on
par dessa que un grant prince pour auscun meffait les fist là mettre
et leur fist tailler les langues; et selon la maniere de leur parler on
le pourroit croire» (Le Canarien: III, 127-129).
A ese lenguaje silbado de la isla colombina dedicó
R. Verneau un artículo pionero, «Le langage sans parole»,
publicado en 1925, y A. Classe realizó in situ, en 1955,
una serie de investigaciones que le valieron el nombramiento de miembro
del Instituto de Estudios Canarios.
Los redactores de la conquista betancuriana, al describir
las características de los insulares, también son conscientes
de que las Canarias están «habitées de gens mescreans
de diverses loys et de divers langages» (Le Canarien: III,
15), cuestión que posteriormente estudiarían importantes
investigadores, como S. Berthelot, fundador de la Société
Ethnologique de Francia, que compara los dialectos aborígenes
con la lengua bereber (en su Etnographie et Annales de la conquête
des Iles Canaries, publicada en 1842), llegando a una conclusión
similar:
«Les anciens habitans des îles Canaries
parlaient divers dialectes, tous dérivés évidemment
d'une langue mère, si on en juge du moins par les catalogues de
mots que les historiens nous ont transmis» (p. 179).
Son, en definitiva, variados los aspectos de la vida
y de la historia insular en los que las relaciones franco-canarias han
dejado su impronta, desde que en 1402 llegaron a tierras de Lanzarote los
primeros normandos e instalaron su sede en el Rubicón. En unos casos
la integración ha sido total, con el asentamiento de algunas familias
francesas en las Islas; en otros -los más-, ha habido un movimiento
continuo de ida y retorno, de contacto ininterrumpido a todos los niveles,
que ha hecho, como dicen Proust y Pitard en el prólogo de su obra,
que los franceses hayan vuelto a su tierra con «les plus riches,
les plus fortes, les plus durables impressions».
Bibliografía
comentada 

NOTA: No se recogen
aquí los textos franceses que hablan de Canarias sino los estudios
críticos e investigaciones más significativas que nos informan
sobre las relaciones de Francia con el Archipiélago.
AMALVI, Ch. (1985): «Fondos canarios en la
Biblioteca Nacional de París o el interés por Canarias en
Francia, siglos XV-XX», en V Coloquio de Historia canario-americana,
Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, t. III, pp. 511-543.
El artículo muestra el interés de los
franceses por Canarias mediante un recorrido por las obras de autores relacionadas
con el Archipiélago que se hallan en los distintos fondos de la
Biblioteca nacional de Francia. Entre estos trabajos se mencionan tanto
las ediciones de las crónicas de la Conquista de Canarias y estudios
de estos textos, como relatos de viajes y obras geográficas, etnográficas
y antropológicas.
CIORANESCU, A. (1954): «Viera y Clavijo y la
cultura francesa», en Estudios de literatura española y
comparada, La Laguna, Secretariado de Publicaciones de la Universidad
de La Laguna, pp. 207-248. Publicado también en Revista de Historia,
nº 88 (1949), pp. 293-329.
Comenta el conocimiento y las afinidades que tenía
Viera y Clavijo con la cultura francesa y de qué forma su actividad
literaria se explica mejor a la luz de las influencias galas.
CIORANESCU, A. (1977-79): Historia de Santa Cruz
de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife.
Este voluminoso trabajo -recientemente reeditado-
del reconocido escritor e investigador rumano es una obra imprescindible
para conocer en profundidad la historia de la ciudad.
CIORANESCU, A. (1987): «Palabras canarias en
francés», In Memoriam Inmaculada Corrales, La Laguna,
Secretariado de Publicaciones de la Universidad de La Laguna, t. I, pp.
131-144.
Como señala el investigador rumano, los hispanismos
del francés tienen un carácter marcadamente cultural y suelen
designar una realidad inconfundiblemente isleña. Algunos de ellos
fueron empleados ya en Le Canarien, otros figuran en escritores
posteriores como Labat, Bory, Ledru, Leclercq, Fortia, B. Palussy, La Bruyère,
Avezac o Verneau.
CIORANESCU, A. (1996): «Rabelais y Canarias»,
en Canarias y Francia. Conferencias en la Alianza francesa, Santa
Cruz de Tenerife, Organismo Autónomo de Cultura del Ayuntamiento
de S/C de Tenerife, pp. 7-24.
En esta conferencia, el profesor Cioranescu expone
las alusiones que François Rabelais (1494-1553), primer escritor
francés que introduce Canarias en la literatura de su país,
hace a un Archipiélago canario imaginario en dos de sus obras más
conocidas, Pantagruel y Gargantua.
CORBELLA, D. (1991): «Hispanismos en la obra
de Adolphe Coquet: Une excursion aux Iles Canaries», en R.
Dengler Gassin (ed.), Estudios humanísticos en Homenaje a Luis
Cortés Vázquez, Ediciones Univ. de Salamanca, vol. I,
pp. 137-145.
La utilización de voces, sufijos, formas de
tratamiento y frases propias de las Islas revela el profundo conocimiento
que A. Coquet poseía de la realidad canaria y de las peculiaridades
del castellano hablado en esta región.
CORBELLA, D. (1993): «¿Influencia francesa
en el léxico del español de Canarias?», en C. Díaz
Alayón (ed.), Homenaje a José Pérez Vidal,
La Laguna, Cabildo Insular de La Palma et al., pp. 343-353.
Frente al inglés, cuya influencia sobre el
léxico del español hablado en las Islas es relativamente
significativa (no en número pero sí en la peculiaridad y
especificidad de los anglicismos empleados en el Archipiélago),
el francés, a pesar de ser la lengua de los primeros conquistadores,
apenas ha dejado huella en Canarias.
CURELL, C. y G. de URIARTE, C. (1997): «El
paisaje de Tenerife en los libros de viaje franceses del siglo XVIII»,
en IV Coloquio de la Asociación de Profesores de Filología
Francesa de la Universidad Española, Las Palmas, Universidad
de Las Palmas de Gran Canaria, pp. 313-321.
Siguiendo el mismo itinerario llevado a cabo por
cinco viajeros que estuvieron en Tenerife en el siglo XVIII, las autoras
estudian cómo aquellos percibieron y describieron el paisaje de
la isla.
CURELL, C. y G. de URIARTE, C. (1998): «Voces
canarias en los relatos de viajes franceses», Revista de Filología
de la Universidad de La Laguna, 16 [En prensa].
Se analizan aquí los términos característicos
del habla de Canarias que aparecen en un conjunto de relatos franceses
de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX (los textos de Borda, Pingré
y Verdun de la Crenne, y las relaciones de Labillardière, André-Pierre
Ledru, Bory de Saint-Vincent, Jacques Milbert y François Péron).
CURELL, C. y G. de URIARTE, C. (1998): «Hispanismos
en los libros de viaje franceses del siglo XVIII», en III Coloquio
Internacional de Lingüística francesa (13-15 de noviembre de
1997), Salamanca, Universidad de Salamanca [En prensa].
En este trabajo se estudian los vocablos de procedencia
española que aparecen, bien insertos en el texto, bien en listados,
en un conjunto de relatos franceses de viajeros que visitaron Tenerife
en el siglo XVIII y principios del XIX.
DÍAZ ALMEIDA, F. L. (1990): «Visión
de Canarias en Julio Verne. Notas sobre las imágenes turísticas
en Canarias», Boletín Millares Carlo, 11, pp. 201-225.
El presente artículo trata de dos novelas
de Julio Verne, Agencia Thomson y Cía. y El Rayo Verde.
El autor nos comenta varios capítulos de la primera que narra una
visita turística a Gran Canaria y Tenerife a fines del siglo pasado.
G. de URIARTE, C. (1998): «Viajeros franceses
en Canarias en el siglo XVIII. Una imagen de Santa Cruz de Tenerife»,
Revista de estudios franceses. Número especial en homenaje al
prof. D. Jesús Cantera [En prensa].
La autora recopila las distintas descripciones de
la ciudad de Santa Cruz realizadas por un grupo de viajeros franceses con
motivo de su estancia en Tenerife.
HERRERA PIQUÉ, A. (1980): «Las Palmas
de Gran Canaria vista por los viajeros extranjeros», en III
Coloquio de Historia Canario-Americana, Las Palmas, Cabildo Insular
de Gran Canaria, t. II, pp. 149-217.
El autor hace un repaso de los distintos viajeros
que han descrito la ciudad de Las Palmas (el inglés Thomas Nichols,
en el siglo XVI; Dampier o Le Maire en el siglo XVII, George Glas y Ledru
en el siglo XVIII, Humboldt, Sabin Berthelot o Charles Ph. Kerhallet en
el siglo XIX, y Charles Barker a comienzos de nuestro siglo).
HERRERA PIQUÉ, A. (1987): Las Islas Canarias,
escala científica en el Atlántico. Viajeros y naturalistas
en el siglo XVIII, Madrid, Editorial Rueda.
Esta obra analiza el importante papel que desempeña
el archipiélago canario en las rutas marítimas del siglo
XVIII, no sólo como escala técnica sino como lugar de observación
privilegiado desde el punto de vista científico. El volumen incluye,
además de interesantes ilustraciones, un índice de viajeros
de la época.
HERRERA PIQUÉ, A. (1994): «Aspectos
de la exploración científica de las Islas Canarias en el
primer cuarto del siglo XIX», en XI Coloquio de Historia Canario-Americano,
Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, t. II, pp. 753-789.
Este trabajo nos ofrece el testimonio de una serie
de naturalistas y científicos que durante su estancia en Canarias
llevaron a cabo distintas observaciones de historia natural y mediciones
de la altitud del Pico del Teide.
IGLESIAS HERNÁNDEZ, M. L. (1985): Extranjeros
en Gran Canaria. Primer tercio del siglo XVIII, Santa Cruz de Tenerife,
Gobierno de Canarias, Consejería de Cultura y Deportes.
En este estudio se analiza la presencia de la colonia
extranjera en Gran Canaria a principios del siglo XVIIII, atendiendo al
aspecto demográfico y cultural de este grupo, compuesto esencialmente
por comerciantes.
Le Canarien. Crónicas francesas de la Conquista
de Canarias, publicadas con traducción castellana por E. Serra
Ràfols y A. Cioranescu, La Laguna-Las Palmas, Instituto de Estudios
Canarios-El Museo Canario, Fontes Rerum Canariarum, VIII, IX y XI, 1959,
1960 y 1965, tres tomos.
Primera crónica de la conquista de Canarias.
El original francés fue compuesto por dos de los clérigos
que acompañaban al conquistador normando, Pierre Bontier y Jean
Le Verrier.El estudio de Serra Ràfols y Cioranescu ofrece los dos textos franceses y su
traducción al castellano.
LOSADA, Á. (1993): «Canarias en los
libros de viajes franceses del siglo XVIII, en especial los del Abbé
Prévost», en IX Coloquio de Historia Canario-Americana
(1990), Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria, t. II, pp. 835-850.
Basándose en la Histoire Générale
des Voyages del Abbé Prévost, Jean François La
Harpe realiza, en 1780, un compendio en el que dedica un capítulo
a Canarias. La Harpe ofrece un resumen de todo cuanto anteriormente los
viajeros escribieron sobre las Islas, su historia, el nombre de «canarios»,
lo que él llama «goffia», las costumbres de los aborígenes
y sus creencias religiosas.
MARRERO, M. C. (1997): El fondo francés
de la Biblioteca de Nava de la Real Sociedad Económica de Amigos
del País de Tenerife, La Laguna, Sociedad Económica de
Amigos del País.
Catálogo de las obras francesas, en su mayor
parte del siglo XVIII, pertenecientes al legado de Nava. En este repertorio
se incluyen publicaciones sobre diversas materias, aunque la mayor parte
de los títulos pertenecen al ámbito literario.
MORALES LEZCANO, V. (1966-69): «Literatura
de viajes como fuente histórica: reedición de tres relatos»,
El Museo Canario, pp. 187-219.
Después de analizar la importancia de la literatura
integrada por los escritos de viajeros, geógrafos y navegantes,
importante fuente de conocimientos de otras culturas y, sobre todo, del
archipiélago canario, el autor reedita los textos del capitán
Daniel Beeckman y de los franceses Adanson y Péron.
MÜLLER, R. (1991): «Les récits
de voyage français du XVII siècle en prenant en considération
les îles canaries», en VIII Coloquio de Historia canario-americana
(1988), Las Palmas, Cabildo Insular de Gran Canaria-Instituto de Cooperación
Iberoamericana, t. II, pp. 335-356.
Los autores de las descripciones y relaciones de
viajes no escriben con la intención de crear un texto literario
sino con la finalidad de dejar constancia de la geografía, los pueblos
y las costumbres de los países extranjeros que visitan. Basándose
en cuatro de las colecciones de libros de viajes más importantes
del XVII y del XVIII (la de Pierre Bergeron, la del Abbé Prévost,
la de Thevenot y la De Bry), la autora comenta las descripciones de algunos
viajeros que realizaron escala en el Archipiélago.
PÉREZ CORRALES, J. M. (1982): «Historia
documental del surrealismo en Canarias (1930-1936)», en Homenaje
a Alfonso Trujillo, Santa Cruz de Tenerife, Aula de Cultura del Cabildo
Insular de Tenerife, t. I, pp. 665-741.
Este estudio nos ofrece la crónica del movimiento
surrealista en las Islas entre 1930 y 1936 a través de anuncios,
artículos, reseñas y notas publicados en diversas revistas
y diarios de Tenerife y Las Palmas.
PÉREZ MINIK, D. (1995): Facción
española surrealista de Tenerife, Tenerife-Madrid, ediciones
La Palma.
Se trata de una obra fundamental para el conocimiento
del movimiento surrealista en Canarias escrito, uno de los fundadores de Gaceta de Arte
y testigo de excepción de la aventura surrealista en las Islas.
Está dividida en dos partes: en la primera, el autor relata el nacimiento
y la andadura de la revista, así como los
preparativos y el desarrollo de la Segunda Exposición Internacional
del Surrealismo que tuvo lugar en Tenerife del 11 al 21 de mayo de 1935.
La segunda parte es una breve antología de algunos poetas surrealistas
canarios.
PICO, B. y CORBELLA, D. (1998): «La tradición
documental sobre el garoe y los relatos de viajeros franceses»,
Revista de estudios franceses. Número especial en homenaje al
prof. D. Jesús Cantera [En prensa].
El proyecto de investigación que se está
llevando a cabo en la Universidad de La Laguna sobre la presencia canaria
en los libros de viaje de autores franceses, dirigido por la Dra. B. Pico
y la Dra. D. Corbella, ha permitido rescatar una serie de relatos que,
desde el siglo XV al XX, nos informan tanto de la historia real como de
la historia mítica del Archipiélago. El garoe o árbol
santo, identificable en parte con el arbor vitae paradisiaco,
es una de las imágenes simbólicas que se repite constantemente
en este tipo de textos, desde la versión de Le Canarien de
J. de Béthencourt, hasta las descripciones de A. Thevet, Claude
Jannequin, Guillaume Coppier, Vincent Le Blanc, Du Bois, Le Maire, P. Taillandier,
Louis Feuillée, Bory de Saint Vincent, J. Arago o J. Pitard.
ROMEU PALAZUELOS, E. (1987): «Navegantes europeos
en Santa Cruz de Tenerife. El capitán James Cook», Anuario
de Estudios Atlánticos, 33, pp. 335-376.
Después de esbozar cómo era Santa Cruz
de Tenerife en los años medios y finales del siglo XVIII, el autor
analiza los principales motivos por los que viajeros franceses e ingleses
realizan una escala científica en la Isla. La segunda parte de este
estudio se centra en la figura del capitán inglés James Cook.
RUIZ ÁLVAREZ, A. (1959): «El cónsul
Clerget y el desembarco de Nelson en Tenerife», Revista de Historia
Canaria, 6, nº 125-126, pp. 78-86.
En este estudio el autor reproduce en su lengua original
los informes del Cónsul francés en Canarias, el abate Pierre-François
Clerget, al Ministro de Asuntos Exteriores. Clerget es nombrado cónsul
en las Islas Canarias el 20 de agosto de 1795, cargo que ocupa hasta mayo
de 1800. Clerget recibe a la expedición de la que forma parte el
naturalista André-Pierre Ledru.
SÁNCHEZ ROBAYNA, A. (1995): «André
Breton», en Gran Enciclopedia Canaria, Tenerife-Las Palmas,
ediciones Canarias, t. III, pp. 662-663.
En este artículo de la Enciclopedia Canaria
se expone someramente la vinculación de André Breton con
el Archipiélago canario y los textos del escritor francés
en los que aparecen referencias a las Islas.
SÁNCHEZ ROBAYNA, A. (ed.) (1992): Canarias:
las vanguardias históricas, Las Palmas de Gran Canaria, C.A.A.M./
Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias.
Este volumen recoge las lecciones impartidas por
diversos estudiosos, como el propio Andrés Sánchez Robayna,
Pilar Carreño o Emmanuel Guigon, en el seminario que, sobre las
vanguardias históricas en Canarias, se celebró en 1991 en
el Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas de Gran Canaria.
Es una obra imprescindible para conocer las figuras y los aspectos literarios
y artísticos más representativos de las vanguardias insulares,
especialmente del surrealismo.
TISSEAU DES ESCOTAIS, J. (1985): «La problemática
del comercio francés en Canarias a principios del siglo XVIII, a
través de la correspondencia consular francesa», en V Coloquio
de Historia canario-americano, Las Palmas, Cabildo Insular de Gran
Canaria, t. II, pp. 481-497.
El desarrollo del comercio en las Islas Canarias
a fines del siglo XVII las convirtió en unas tierras acogedoras
para las mercancías europeas y al mismo tiempo que en una plataforma
de distribución de los productos procedentes de la América
española. Esta situación suscita el interés de los
cónsules franceses que analizan el Comercio en Canarias con el fin
de potenciar la actividad comercial francesa en las Islas.
WENTZLAFF-EGGEBERT, Ch. (1990): «Las Islas
Canarias en un soneto del poeta francés Saint-Amant», en VII
Coloquio de Historia Canario-Americana (1986), Las Palmas, Cabildo
Insular de Gran Canaria, t. II, pp. 109-118.
El autor del trabajo nos presenta la génesis
del poema «L'automne des Canaries», así como el análisis
de algunos de sus principales rasgos.

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