Algunos aspectos psicoevolutivos del niño a los 9-10 años:

En el aspecto de su desarrollo intelectual esta edad queda incluída en la etapa del subperíodo de las operaciones concretas, según la división de Piaget, pero en un estadio ya muy avanzado de este periodo. Su juicio sobre las cosas ya no depende de su conveniencia; los conocimientos que adquiere son el trampolín para adquirir otros nuevos conocimientos, dándose cuenta de la utilidad de los mismos y puede, con facilidad, hacer uso de las capacidades de observación, reflexión, análisis y síntesis.

 

Su principal vehículo de conocimiento es la palabra, tanto oral como escrita y tanto en el aspecto comprensivo como expresivo, por lo que no podemos dejar de insistir en la importancia que el lenguaje tiene en el niño puesto que todos los psicolingüistas y los psicólogos en general, siempre ponen el énfasis en la incidencia que la inteligencia tiene en el desarrollo correcto de la lengua y en cómo el uso de un lenguaje correcto facilita la maduración intelectual.

A partir de los 7 años, con el inicio del pensamiento lógico que implica la capacidad de reversibilidad y cuyo desarrollo se va realizando hasta los 11-12 años, donde empezará otra forma de pensamiento, la implicación de esta evolución intelectual no se reflejará sólo en su manera de pensar o razonar, sino que repercutirá en toda la vida social del niño, en sus relaciones personales. La capacidad de reversibilidad relacionándola con la socialización permite que el niño pueda ponerse en el punto de vista del otro y captar sus intenciones.

Ya a los 7 años, los niños se buscan para jugar juntos, pero será en estas edades, entre los 9-10 años, cuando el juego, el grupo, la cooperación, adquieren su pleno significado.

Un niño de 9 años tiene por fuerza que pertenecer, aunque sea esporádicamente, a un grupo o al menos, tener un amigo. De no ser así, puede indicar problemas de carácter y personalidad. La amistad entre iguales, el grupo, el juego con sus reglas, serán lo que irá desarrollando poco a poco la moral del individuo. Si un niño sólo se relaciona con adultos, se convertirá en un ser heterónomo, dependiente, incapaz de actuar y juzgar por sí mismo. Es entre sus iguales y a través del juego mayormente, donde el niño adquiere su autonomía, su independencia y el sentido de su futura libertad individual y seguridad de criterios.

En una cuidadosa observación de grupos de niños jugando, podemos advertir cómo casi siempre se encuentra un cabecilla, un líder, sobre todo entre el sexo masculino; en los grupitos de niñas, la líder ya no es tan frecuente. Entre los 7-9 años, ese líder suele ser elegido por su habilidad física, basado en la ley de la fuerza y el grupo tiene la apariencia de una pequeña sociedad dictatorial. Estos matices cambiarán a partir de los 10 años, aproximadamente.

El paso de la heteronomía, a la conquista de la autonomía, podemos verlo en cómo los niños aceptan las reglas del juego. En la etapa anterior a los 7 años, las reglas venían de fuera, eran sagradas e intocables (aunque puestos ya en el juego se olvidaban de que había reglas y no las tenían en cuenta), pero en esta edad las reglas ya no están condicionadas por una coacción exterior y se pueden modificar si todos los componentes del grupo consienten en ello.

Las trampas, las mentiras, las acusaciones, son severamente condenadas por sentirlas como una deslealtad al grupo. Son inflexibles, sobre todo, ante las trampas en el juego, adoptando una actitud de estricta vigilancia para que nadie se atreva a cometerlas. En el fondo, sucede que cada uno de ellos tiene ganas de hacer lo que sea lícito o ilícito para ganar, pero en el grupo está su fuerza y es la conciencia del grupo la que ayuda a la conciencia individual.

Como denominación más propia de esta edad, podemos usar la de "etapa de introyección". El niño de 9 años intenta captar todo lo que el mundo exterior le ofrece para adaptarlo a su mismidad, por lo que su comunicabilidad y sociabilidad es amplísima. Se da cuenta de que el valor y sentido de las cosas no son sólo lo que a él le parecen sino que sirven también para otros.

Aunque tradicionalmente se considere esta edad de los 9 años, y en general toda la etapa que va desde los 7 años a los 11 años, aproximadamente, como la edad feliz o como dice el psicoanálisis "edad de latencia", no se puede tomar en su sentido estricto. Los cambios que se están realizando en su sistema neurohumoral se traslucen en una emotividad muy lábil; hay en su interior sentimientos, tensiones, pulsiones, a veces en grados tan fuertes que llegan a culpabilizarse en gran medida. Esto se pone de manifiesto en sus miedos, sobre todo en los sueños, una de las cosas que más temor puede provocarle. Suelen ser sueños terroríficos, amenazantes, ya que según la teoría psicoanalítica, todo sueño tiene un componente latente debajo de su contenido manifiesto y es en los sueños donde aflora lo que durante el día le pudo haber perturbado y que no había sentido gracias a la gran actividad que despliega cuando está despierto. Aunque se pueda pensar lo contrario, el niño de esta edad tiene fluctuaciones anímicas fuertes y su vida emocional es compleja y con bruscos cambios. Toda esta temática provocará en él depresiones pasajeras, que en el caso de ser frecuentes, habrá que buscar ayuda profesional, ya que será un síntoma de perturbaciones anómalas. Dentro de su familia se siente como un miembro importante, queriendo que se le tome en serio, aunque necesita mucho de la atención de sus padres e incluso de los "mimos" a un nivel físico. Es el momento óptimo de la identificación con el padre de su propio sexo y tiene una gran necesidad de diálogo con ambos. Si los padres actúan con habilidad, el niño contará sin problemas sus vivencias, experiencias, deseos... y también estará ansioso y atento por oir lo que sus padres quieren contarle.

La escuela sigue siendo un mundo agradable y está totalmente absorbido por ello, dándole a este ámbito más importancia que a cualquier otro entorno. Goza con los conocimientos que adquiere, se interesa por averiguarlo todo y sin sentir las responsabilidades que luego le traerán los cursos superiores. Pero dada su enorme emotividad y labilidad, los pequeños problemas de la escuela, las rencillas entre compañeros e incluso la actitud de su propio maestro, pueden transformarse en cortas pero profundas crisis. La actitud ante cualquier hecho de éstos puede sufrir en un mínimo de tiempo enormes altibajos, que él siempre tratará de justificar con racionalizaciones y que lograrán preocupar y desconcertar a los padres.

El maestro sigue siendo una figura muy importante para él, pero su rol como tal pasa por un momento muy delicado. Esta es una etapa muy competitiva, el maestro lo sabe e intenta, consciente o inconscientemente, promoverlo en beneficio de unos mejores rendimientos, pero cada niño puede recibir este fomento de la competitividad de formas contrarias: para unos, puede ser fuente de acicate y superación, pero para otros, puede resultar contraproductivo y ser fuente de frustración, al creer que lo que se le pide no podrá alcanzarlo y como íntimamente pretende ser el mejor, tomar una postura pasiva y de derrota, ya que no llegará a ser de los primeros de la clase.