

TÉCNICAS PARA EL CONTROL DE CONDUCTAS INADAPTADAS
Los padres piensan que la disciplina equivale al castigo.
Disciplina significa realmente formar o enseñar, y combina técnicas positivas y
negativas.
Decimos que disciplinamos a los niños cuando les enseñamos a
comportarse. Para que pongan algo en práctica debemos previamente darles
instrucciones. Nos convertimos en modelo de comportamiento para ellos. Les
señalamos aquello que están haciendo correctamente. Les indicamos lo que hacen
bien y lo que no hacen bien. Disciplina es ignorar cuando un niño intenta
interrumpir una conversación y también prestarle atención después de que haya
esperado su turno con paciencia. Los «síes» son muchas veces más importantes
que los «noes» porque con el sí el niño sabrá cuándo se está comportando tal
como los padres desean.
Tenemos mucho que enseñar a un niño, como valores, creencias
y conductas y esto lleva tiempo. Además, el niño no estará siempre dispuesto a
aprender la lección. Los padres deben aprender a relajarse para afrontar los
hechos con más calma y eficacia. Debemos examinar metas y necesidades del niño
para saber lo que se puede esperar. Se debe hacer lo posible por ser constante
y consecuente, diciendo lo que se piensa y pensando lo que se dice, y
mantenerse firme en ello.
Las técnicas
básicas para educar se deben comprender a fondo antes de empezar a aplicarlas
para llegar a ser padres seguros y eficaces, para que el niño tenga la buena
conducta que el padre desea.
Airim y Eneryth están jugando tranquilamente en su cuarto y
nadie les dice lo bien que están compartiendo los juguetes. Pero poco después,
cuando están riendo, mamá les grita en
seguida. Casi siempre los padres centran su atención en lo que los niños hacen
mal y no se fijan en lo que hacen bien.
Los padres se afanan en educar y cuidar de sus hijos que es
probable que piensen que la buena
conducta está garantizada. Cuando todo va mal es fácil sacar a relucir otras
malas conductas. Les criticamos y acabamos sintiéndonos mal. La crítica constante combinada con pocos
elogios da otros resultados. El niño requiere la atención del padre y la
conseguirá como sea. Si el modo de enfocarlo es negativo, entonces el niño
usará medios negativos para llegar a sus padres. Si éstos se concentran en los
hechos positivos. se conseguirá una mejor conducta como respuesta porque de
este modo el niño obtendrá más atención. Si no se está acostumbrado a elogiar
al niño, puede resultar difícil al principio. Pero cuanto más se aplique más
natural y fácil será. En seguida se comprobará que los elogios son una
influencia tan poderosa que sólo con unos pocos se puede lograr una nueva
conducta y con un poco menos se mantendrá el cambio.
A veces los padres temen que los niños se acostumbren a
depender de los elogios. Es posible que los elogios indiscriminados provoquen
problemas con un niño inseguro o que siempre haya sido el centro de atención.
Pero se sabe por experiencia que son más los niños que no reciben bastantes
elogios que los que reciben demasiados, y se sabe que los elogios pueden hacer
milagros. Si se usan estas directrices al aplicarlos, se comprobará muy pronto
que el elogio es una técnica de disciplina netamente eficaz.
Elogiar el comportamiento y no la
personalidad
Cuando los
padres nos consultan porque están teniendo problemas en la relación con su hijo
muchas veces están tan exasperados que no tienen nada positivo que decir del
niño. Describen su personalidad con términos tales como rebelde, vago y
egoísta.
Este es un
círculo vicioso que no conduce a ningún sitio. Puede cambiarse su conducta y
ahí debe estar el objetivo. La personalidad es más resistente a los cambios. Si
se centran los esfuerzos en la conducta, es mucho más probable que se pueda
llegar a la meta propuesta. No se debe decir, «Eres una niña buena!» que
conlleva el mensaje de que el objetivo es ser bueno siempre, lo cual es una
expectativa imposible de cumplir. En lugar de esto se debe decir <<Me
gusta cómo has hablado a la abuela>>. Por muchas veces que se diga «niño
bueno» o «niña buena» el niño no se formará un concepto positivo de sí mismo, a
no ser que tenga respuestas específicas a las propias conductas correctas, ya
que la imagen de sí mismo está hecha de sus logros.
El modo
más eficaz de formar una buena conducta es moldearla con elogios. Moldear con
elogios es una herramienta educativa que debe usarse repetidamente para mostrar
la aprobación de los comportamientos nuevamente establecidos del niño.
Usar elogios concretos
El propósito de elogiar es aumentar conductas deseables, de modo que es
necesario hacer hincapié en qué conducta concreta se persigue. Cuanto más
concreto sea el elogio, mejor comprenderá el niño qué es lo que hace bien y
será más probable que lo repita. Una mañana, por ejemplo, uno se da cuenta de
que la niña se ha hecho la cama. En ese momento se está peinando. Si sólo se le
dice, «Queda muy bien», no sabrá si los padres se refieren a la cama o a su
pelo. Es mejor decir: «Me gusta mucho
cómo has hecho la cama esta mañana. Gracias».
Cuando los padres tienen dificultades para manifestar algo
positivo de su hijo, se les pide que mantengan un registro de buenas
conductas, donde apuntarán todo lo que el niño hace correctamente. Algunos
padres exclaman: «Las páginas estarán en blanco!», pero, normalmente, se
asombran de ver cuántas conductas positivas pueden anotar y cuánto les ayuda
para aprender a elogiar al niño. Al utilizar esta técnica, se deben compartir
las notas con el niño al final del día. Es una buena manera de hablar de los
acontecimientos del día y hará bien tanto a los padres como al niño.
Elogiar los adelantos
Se debe
empezar a elogiar cada pequeño paso dado hacia la conducta deseada, procurando
atrapar al niño en un buen comportamiento. Supongamos que le ha dicho al niño
que tiene que recoger sus juguetes cuando haya terminado de jugar con ellos,
aunque nunca lo haya hecho antes. Elogie cada progreso, por pequeño que sea. Al
principio se le elogiará por recoger un juguete aunque los demás sigan en el
suelo. Se podría decir: «Está muy bien que recojas tu camión y lo pongas en la
caja de juguetes. Te voy a ayudar a que recojas los demás». La próxima vez, se
le puede elogiar por recoger dos juguetes, etc.
O
supongamos que el niño está acostumbrado a que se le atienda enseguida y no deja
terminar una conversación telefónica sin interrumpir. La primera vez que espere
treinta segundos, es bueno hacer una pausa en la conversación y darle las
gracias por no interrumpir. Hay que responder al niño antes de seguir hablando.
A la siguiente oportunidad, se debería esperar un poco más antes de hacer la
pausa para darle las gracias a fin de que su espera sea «moldeada». Es mejor
empezar con objetivos modestos a fin de alcanzar la meta propuesta.
Cuando el
nuevo comportamiento esté bien establecido, se necesitarán menos elogios para
mantenerlo. No es necesario continuar elogiando al niño constantemente. Es
mejor elogiarle de vez en cuando, quizás cada quinta o décima vez que actúe
apropiadamente. Esto será suficiente para ir reforzando la nueva conducta y
pronto se hará natural para ambos. No obstante, no suprima nunca los elogios de
forma radical.
Elogiar adecuadamente
Para suscitar la respuesta requerida, el elogio debe ser
adecuado. Abrazos, besos y otras señales físicas de afecto junto con las palabras
correspondientes son muy eficaces. Sin embargo, a algunos niños un poco más
mayores les gusta ser elogiados discretamente y en ese caso es mejor mantener
una cuenta silenciosa o usar signos secretos especiales. Un guiño o levantar el
pulgar le indicará, sin llamar la atención excesivamente, que se ha notado su
comportamiento. Más tarde, hay que manifestarle lo bien que lo ha hecho.
Muchos niños mayores aceptan comentarios simpáticos, más que
elogios directos. Decir. «Me pregunto qué brigada de limpieza ha pasado por
aquí» puede ser mejor acogido por un preadolescente que decir: «Has hecho la
cama realmente bien v has limpiado maravillosamente». ..
Deben ustedes juzgar las reacciones de su propio hijo a los
elogios para ver si están actuando de la mejor manera posible con él. Si el
niño parece no dar importancia a los comentarios paternos pero más adelante
repite el buen comportamiento, está usted comprobando que esta forma de elogiar
es eficaz.
Hay que recordar que todo el mundo se cansa de las cosas
buenas si se tienen demasiadas. Las mismas frases utilizadas una y otra vez
perderán su efecto. Hay que ser creativo. Pequeñas notas dejadas debajo de una
almohada o en una cartera pueden ser más especiales. También puede serlo que el
niño oiga que usted le elogia delante de un amigo. Para realzarlo más, se
pueden acompañar los elogios de un premio.
Dígale a su hijo qué es lo que le ha gustado y prémielo con
un pequeño regalo, pero reserve las sorpresas para ocasiones especiales para
que no se acostumbre.
Elogiar inmediatamente
Los
elogios son más eficaces, especialmente en niños muy pequeños cuando se
producen pronto. No debe pasar demasiado tiempo entre el comportamiento
positivo del niño y la respuesta paterna, aunque los niños más mayores pueden
apreciar el reconocimiento posterior. El espacio entre la acción de un niño y
la respuesta del padre se puede llenar con un gesto si es necesario, y si se
escribe en el diario de la buena conducta se puede convertir en una señal
privada entre ambos.
Al anotar
lo que el niño está haciendo correctamente y enseñarle el diario, es
conveniente decirle algo, como por ejemplo, «Me alegro de ver que estás
compartiendo el papel con tu hermana». Más adelante, se puede hacer la cuenta
sin largos comentarios escritos, y a la larga la cuenta se puede convertir en
una señal de elogio silencioso en el aire, lo que le dará un sentido personal.
Combinar elogios con amor incondicional
Los niños
se vuelven locos por conseguir elogios de sus padres cuando esos son los únicos
momentos en los que consiguen que se les preste atención.
Algunos
padres se preocupan pensando que sus hijos se comportarán bien sólo si reciben
el reconocimiento.
Cuando se
trabaja para establecer un nuevo comportamiento, es necesario elogiar
constantemente al principio, y luego reducir los elogios gradualmente.
Cuando el
niño lo ha aprendido, se debe elogiar sólo de vez en cuando. De todos modos no
es posible estar presente cada vez que el niño hace algo correctamente. Cada
vez que se hagan comentarios concretos y positivos sobre su conducta, el niño
tendrá una visión positiva de sí mismo, y estará así más seguro de si mismo.
Al mismo
tiempo el niño debe saber que se le valora y se le quiere incondicionalmente.
aun cuando no se esté trabajando para mejorar su conducta. Abrácele, préstele
atención, escúchele, apréciele. Esto garantiza al niño que no necesita
«ganarse» su amor porque ya lo tiene.
Un modo eficaz de eliminar comportamientos específicos que
irritan es simplemente ignorarlos.
Puede que al aplicar esta técnica le parezca que no está
haciendo nada en absoluto para cambiar las cosas, pero comprobará cómo al
ignorar sistemáticamente ciertos comportamientos, y actuando como si no
existieran, se consiguen resultados asombrosos. Cuando quieren, los niños hacen
cualquier cosa para conseguir la atención total e inmediata de sus padres.
Saben exactamente lo que más les puede alterar o irritar especialmente en los
momentos más delicados, en el recibidor de la casa justamente cuando llegan los
invitados, por ejemplo, o cuando se está hablando por teléfono o en la caja del
supermercado. Si se puede ignorar el comportamiento irritante cada vez que se
produzca, el niño dejará de actuar de ese modo, pues no obtiene los resultados
que busca.
La ignorancia
sistemática es el arte de ignorar los comportamientos que desagradan y prestar
atención positiva a los que agradan. Nunca se debe hacer una cosa sin la otra.
Sin embargo, antes de intentar esta estrategia, valore usted el comportamiento
y decida si se puede ignorar sin problemas.
Es evidente que no se pueden ignorar conductas peligrosas
como correr por la calzada o subirse al frigorífico y tampoco se pueden ignorar
acciones intolerables como pegar y morder.
La ignorancia sistemática es una técnica que utilizan sólo
algunos padres eficazmente. En otros, sólo se consigue aumentar la tensión
porque su capacidad para ignorar es demasiado baja. Si éste es su caso, puede
intentar alguna otra de las soluciones que se ofrecen para tratar el problema.
Decidir lo que se puede y lo que no se
puede ignorar
Si Airim arroja objetos pesados o juega con enchufes, no se
puede ignorar este modo de actuar.
Los padres no deben empezar con algo que no van a ser
capaces de ignorar durante mucho rato; es preferible no empezar. La mayoría de
los comportamientos empeoran antes que mejorar. Hay que preguntarse:«¿Qué es lo
peor que puede ocurrir?» «¿Podré soportarlo?» ¿Podrá la madre aguantar los
gritos de su hijo en el supermercado pidiendo donuts mientras cl público se
vuelve a mirarla con muestras de indignación ante su dureza? Si el niño dice
palabrotas delante de la abuela, ¿será capaz el padre de hacerse el sordo? Si
no, es mejor elegir otra opción para hacer frente a este comportamiento.
La ignorancia es particularmente eficaz en conductas que han
sido previamente alimentadas por la atención del padre y no funcionará bien
con aquellas conductas que sean
normales a ciertas edades o en etapas de desarrollo. La mayoría de los niños de
dos o tres años hacen rabietas, y por mucho que se ignoren, es poco realista
esperar que desaparezcan. No obstante. la ignorancia sistemática de las
primeras rabietas reducirá su persistencia más tarde.
La ignorancia funciona bien
normalmente para detener un comportamiento que siempre ha provocado la atención
y ha permitido al niño salirse con la suya con anterioridad. Las rabietas son
un buen ejemplo. El quiere un caramelo v usted le dice, «No. ahora no». Llora,
se cae al suelo, patalea y grita. Usted intenta resistir, pero al final no lo
soporta más y se rinde. Le da el caramelo para detener la rabieta. Las lágrimas
se secan, su táctica ha funcionado. Ha reforzado usted la dependencia del niño
en las rabietas para el futuro. La próxima vez, en lugar de esto intente salir
de la habitación. Puede resultar sorprendente lo rápidamente que el niño deja
de llorar.
No se debe
reaccionar al comportamiento indeseado de ninguna manera,
verbal o no verbal. No hay
que decir nada al respecto. No se debe mirar al niño cuando esté actuando. No
hay que mostrar ninguna expresión facial o hacer gestos como reacción a ello.
Se debe mirar a otro sitio, hacer como si se estuviera ocupado en otra cosa,
salir de la habitación. Si no se puede salir, hay que apartarse disimuladamente
todo lo posible. Se debe continuar tanto tiempo como el niño prolongue su
comportamiento. Esto no significa tratarlo fríamente, ya que esa es otra forma
de atención. Tampoco hay que reírse como si tuviera gracia porque la actitud
protectora le hará más desafiante. Simplemente se debe simular que se está tan
concentrado en lo que se está haciendo que uno no se da cuenta de nada. Un niño
solía meter la cabeza en el plato y llorar cuando no se le servía más de algo
que le gustaba. Sus padres aprendieron a hablar entre ellos de lo sucio que
estaba el candelabro o de sus planes para la cena, ignorando sus lloriqueos.
Con el tiempo, cuando aprendió que no era probable que le dieran más comida en
ese momento, el niño cogía su cuchara para comer otra cosa que hubiera en el
plato. Actualmente, el hábito ha desaparecido. Considere que cualquier intento
del niño para captar su atención es un signo de progreso y redoble los
esfuerzos por parecer indiferente. No responder, tararear, subir el volumen de
la radio, mirar al techo, hablar con uno mismo de sus cosas, todos son medios
eficaces de no prestar atención.
Cuando se empieza
ignorando una mala conducta, el niño hará todo lo que pueda para atraer una
atención a la que está acostumbrado. Incrementará la intensidad, volumen y
frecuencia de sus actos hasta saber que obtendrá respuesta. Pero no hay que
abandonar. No le deje dar por sentado que sus travesuras van a llamar la
atención como lo habían hecho antes, intente llevar un registro del tiempo que
duran, o cuente las ocasiones en que se producen estas conductas para poder
superarlas: ello será indicativo de los progresos que se hacen.
Aunque las
pataletas y las quejas parecen durar una eternidad, se pueden medir en segundos
e incluso minutos. En el espacio de pocos días, se podrá comprobar cuándo la
conducta se intensifica y cuándo va disminuyendo.
Cuando
compruebe que los quejidos duran diez minutos el día que no se da al niño una
galleta y sólo ocho minutos al día siguiente, se animará a seguir con la
táctica. Después de poco tiempo, el patalear porque no ha conseguido una
galleta será sólo un recuerdo. Téngase presente que cuanto más firme se haya
sido y menos atención se haya prestado a la conducta, menor será su duración.
Se puede activar la extinción de las conductas indeseables
reforzando las buenas conductas con elogios y recompensas. Si se está
intentando terminar con los lloriqueos, elogie al niño inmediatamente si se
pone a jugar con tranquilidad después de haber dejado de lloriquear. Acérquese
a él y demuestre interés en lo que hace. Si el lloriqueo comienza otra vez,
ignórelo hasta que pare. Si el niño está jugando con la comida y se ignora lo
que está haciendo, préstele atención cuando coja el tenedor. Dígale lo mucho
que se aprecia la forma en que está comiendo los guisantes.
En ocasiones, se pueden potenciar las conductas positivas
dirigiendo la atención hacia el niño que se está portando bien, para que el que
se está portando mal quiera imitarle. Por ejemplo, en un hogar en el que un
niño se levanta continuamente de la mesa mientras los otros están sentados
comiendo correctamente. Lo más apropiado es elogiar la conducta de los niños
que están sentados correctamente v hacer caso omiso del ir de aquí para allá
del otro. Pero cuidado!. si la táctica anima al que se porta mal, no se debe
proseguir. Reserve esta táctica en su archivo de todas formas. En otra ocasión
funcionará.
No intente razonar con un niño que rechaza el «no» como
respuesta. Este niño ha aprendido que su perseverancia da resultados y que si
él persiste los demás ceden al final. El repetir varias veces «Pero. ¿por qué
no puedo?» puede convertirse en algo muy molesto, especialmente si ya se le ha
contestado varias veces. No hay que enfadarse: esto conduce la mayoría de las
veces a un sentimiento de culpa en lugar de al éxito. Tampoco hay que ceder. Si
el ignorar no encaja con el carácter de algunos padres o si no es factible en
ciertos momentos, hay que intentar la técnica del disco rayado. Esto significa
que hay que responder con una versión adulta de la misma conducta. Es el caso
de Brian, que está dando la lata porque quiere picar algo antes de la cena. En
primer lugar no puede estar demasiado hambriento, y tampoco se le quiere dar
nada para no estropear su apetito para la cena. Se le explica la decisión que
se ha tomado de forma razonable una vez. Después, como respuesta a sus súplicas
adicionales, se le repite lo mismo, de forma corta como, por ejemplo, «No
comerás nada antes de la cena». No importa lo creativos que se vuelvan los
argumentos de Brian, repita sólo «No comerás nada antes de la cena». Esta
técnica es más efectiva cuando se simula prestar poca atención a las quejas.
Los padres deben continuar lo que estaban haciendo, cantando la respuesta cada
vez que el niño ruegue de nuevo. Se obtienen resultados interesantes. El niño
puede reaccionar primero enfadándose. Puede hacer una rabieta, gritar o
quejarse. Pero sus peticiones irán disminuyendo porque se cansará de pedir y
obtener siempre la misma respuesta.
Las
recompensas de conductas deseables actúan como refuerzos que hacen que el niño
se sienta bien por lo que ha hecho y quiera hacer lo mismo más a menudo.
Proporcionan motivación.
La primera
vez que el niño dijo papá o mamá, usted reforzó la conducta con sonrisas y
caricias. El niño comprobó lo agradable que esto era. La primera vez que se
encaramó a la mesa de la cocina y alcanzó la caja de galletas, su recompensa
fueron las galletas. En ambos casos, su conducta inicial fue recompensada por
los resultados.
No siempre
es fácil la elección de una recompensa apropiada para las conductas correctas
del niño. Es un tema de una labor detectivesca, sentido común y un poco de
imaginación para detectar qué le puede gustar al niño. Se sugiere preguntar a
los niños más mayores qué les gusta para así tener la información necesaria, y
también para poder seguir manteniendo el control de la selección.
Para
ayudarle a lograrlo sugerimos que se haga un cuestionario de las preferencias
del niño como el que se muestra a continuación. Dado que las preferencias del
niño cambian con frecuencia, repita el proceso de vez en cuando.
CUESTIONARIO DE REFUERZOS
1. Dime tres cosas
que desearías.
1 .
2.
3.
2. Si
tuvieras este dinero, ¿ cómo lo gastarías?
Euros. 0.05
0.1O
0.25
0.50
0.60
3
más
3. Si pudieras hacer
algo con papá, ¿qué harías?
4. Si pudieras hacer algo especial con mamá ¿qué harías?
5. ¿Qué privilegios especiales te gustaría tener? (ver más televisión, irte más tarde a la
cama, etc.).
6. ¿Qué te gustaría hacer con un amigo? (ir al cine,
jugar a mini-golf, comer un helado, etc.).
El
cuestionario le dará una lista de recompensas posibles. Divídalas en listas de
pequeñas recompensas que se pueden usar a diario y en recompensas mayores que
serán apropiadas para los progresos semanales o mensuales. Por ejemplo:
Pegatinas
Postre
Libro
Película
Muñeco Juego
Hay
algunas estrategias para que la selección de recompensas sea más eficaz. Una de
ellas es variar las recompensas para que no pierdan su atractivo.
Pepín estaba muy contento de conseguir un animalito de plástico cada
vez que utilizaba el orinal en lugar de mojar sus pantalones. Ganó muchos. Pero
después de un par de semanas perdió interés en los animalitos de plástico.
Seleccione varios tipos diferentes de recompensas del repertorio que se ha
extraído de los cuestionarios. Posteriormente, alterne las recompensas
materiales con actividades y privilegios especiales. Cuando sea posible,
ofrezca recompensas apropiadas a la conducta que se está reforzando. El
acostarse media hora más tarde puede ser una recompensa lógica por haber estado
listo para ir a la escuela a tiempo y de buen humor.
Cumplir siempre
Se deben entregar siempre las recompensas inmediatamente. Para el niño,
el incumplimiento o el retraso al entregar una recompensa prometida, suponen
una traición. No se deben hacer promesas que no se pueden cumplir y tampoco
haga cambios. Cuando el niño se gana una recompensa, los padres deben
entregársela. El niño debe saber que se cumplirán las promesas.
Recuerde: se necesita tiempo
El modificar la conducta de
un niño requiere tiempo y también la motivación adecuada. Al principio, hay que
recompensar cualquier progreso. usando la recompensa para dar forma a la nueva conducta.
Posteriormente. se requerirán menos esfuerzos para mantenerla. Se puede
comentar el caso de Airim, una pequeña que quería hacerlo todo sin ayuda
siempre y que no quería admitir que a
veces la necesitaba. A pesar de la seguridad que le daban sus padres y los
maestros, las lágrimas eran la respuesta a sus frustraciones en la escuela. Se
estableció un sistema para ayudar a la niña a pedir ayuda o a proseguir con sus
tareas sin llorar. Se le dijo a Airim que ganaría un punto cada vez que pidiera
ayuda o persistiera en una tarea sin llorar. Sus maestros la ayudaron a llevar
la cuenta. Cada tarde, ganaba una recompensa de su lista (lazos, pasadores.
baratijas de plástico, la ocasión de ir en bici con papá después de la cena, o
más tiempo para leer antes de ir a dormir). Sus puntos también podían ser
utilizados para que ganara el color adecuado en la parte de un gráfico para una
recompensa más importante. Primero se recompensaron los ojos llorosos, pero no
los sollozos, luego la ausencia total de lágrimas. Lentamente, los puntos
necesarios para la recompensa se fueron incrementando para que pudiera ganar
una recompensa en días alternos, después, una vez por semana.
Los cambios en la conducta de
Airim fueron notables. Lloraba menos, perseveraba más en sus tareas, pedía
ayuda cuando la necesitaba y sonreía más a menudo. A medida que su tolerancia a
la frustración se iba incrementando y su nueva conducta, más madura, se iba
estabilizando, la frecuencia de las recompensas se hizo menos progresivamente y
el maestro enviaba notas semanales, en lugar de notas diarias. Los rostros
sonrientes de la familia reemplazaron al gráfico y finalmente, incluso las
notas semanales se hicieron discontinuas ante la insistencia de Airim. En la
actualidad, sus padres siguen sorprendiéndola con recompensas de vez en cuando,
para que sepa que aprecian su conducta. El progreso de esta niña demuestra que
unas reglas básicas ayudan al uso eficaz de las recompensas.
Los padres han de definir con exactitud lo
que quieren que el niño haga más a menudo. Con la máxima precisión que sea
posible, se debe definir qué debe hacer para obtener la recompensa. No hay que
decir <<Debes ser más responsable>> sino: «Por favor, hazte bien la
cama por las mañanas».
Recompense los progresos iniciales con recompensas inmediatas o
diarias. La capacidad del niño de adquirir premios debe ser el doble al inicio
del plan. La primera vez que guarde correctamente sus juguetes, puede ser
recompensado con una pegatina, además de un punto de una recompensa que vale
cinco puntos. Utilice marcas o estrellas en un gráfico para anotar los puntos,
o deje que el niño coloree una parte del cohete (ver Fig. 1). Las medidas
visuales son más importantes cuanto más pequeño es el niño.
Incremente
gradualmente los requisitos, a medida que el niño haga progresos. Por ejemplo,
si la meta es que el niño ordene los juguetes en su sitio cuando haya terminado
de jugar, al principio hay que darle una recompensa inmediata cuando ordene un
juguete. Cuando ya haya obtenido varias recompensas, habrá que cambiar el
criterio, para que tenga que ordenar dos o tres juguetes para obtener la
recompensa. Con el tiempo, hay que ir incrementando lo que se espera del niño
todavía más para dar forma a la conducta ,pero no hay que hacer cambios demasiado
rápidos. No hay que aceptar un comportamiento mediocre una vez que padres y
niño han aceptado la apuesta.
Figura 1 Gráfico del cohete de _________

Colorear
una parte cada vez que se cepille los dientes.
Una vez
incrementados los requisitos, si el niño no obtiene una recompensa cada día,
los padres deben decirle lo mucho que lo sienten y advertirle que al día
siguiente tendrá otra oportunidad. Y deben decirle además que ordene los
juguetes que ha olvidado.
Hay que ir
eliminando gradualmente las recompensas diarias. Cuando se haya llegado a la
conclusión que la nueva conducta ha quedado bien establecida, se han de
disminuir lentamente las recompensas diarias, explicándolo en términos
positivos. «Lo estás haciendo tan bien que no creo que necesites una sorpresa
cada día. Ahora puedes ganar una sorpresa mayor al final de la semana».
Entregue las recompensas diarias en día alternos, y después del tercer día,
hasta llegar a recompensar sólo excepcionalmente.
Alargue
gradualmente el tiempo necesario para obtener una gran recompensa. Las
conductas establecidas requieren menos refuerzos para mantenerse, así que
hay que empezar a poner el listón de
requisitos más alto para las grandes recompensas. Elegir un elemento o
actividad que requiera varias semanas. El uso de uno de los gráficos para
visualizar el progreso del niño hacia los objetivos define claramente cuántos
puntos debe ganar para recibir la recompensa. Con cada recompensa, incremente
el «precio», para que la próxima vez se tarde más tiempo en conseguirla.
Mientras tanto se debe elogiar y dar ocasionalmente pequeñas recompensas para
reforzar la nueva conducta.
Comience a
dejar la fase de las recompensas para sustituirla por las consecuencias
naturales y el reconocimiento. Cuando los padres están seguros de que la nueva
conducta se ha convertido en un hábito positivo, deben sustituir las
recompensas por consecuencias naturales positivas y mantenerlas con su
reconocimiento. Una consecuencia natural de haber aprendido a comportarse en la
mesa sería la de dejar que el niño elija su restaurante favorito para acudir un
día ya que tiene tan buenos modales en la mesa. Coméntele lo bien que se está
comportando y anime a los demás a que hagan lo mismo.
Amelia muestra con orgullo sus
gráficos a todas las visitas. Está lleno de estrellas que ha ganado por
cepillarse los dientes después de cada comida, sin que sus padres tengan que
recordárselo.
Juan se lleva al colegio
una tarjeta-índice dividida en columnas diarias. Su maestro hace una marca en
la tarjeta cada vez que el niño termina a tiempo una tarea. Corre hacia su casa
después de la escuela y transfiere las marcas al gráfico que tiene colgado en
el frigorífico, ya que está acumulando puntos para ganar un video-juego. Muchos
profesionales utilizan gráficos para anotar sus beneficios, hallazgos de
investigación y resultados de pruebas. Los gráficos suponen una forma excelente
de poner de manifiesto las nuevas conductas del niño de manera clara y simple.
Para que sea eficaz un gráfico debe ser simple y de fácil lectura. Algunos
padres nos han enseñado gráficos con los que habían tenido poco éxito y era
bastante evidente el motivo de su fracaso. Eran complicados, con múltiples
conductas que sólo un ingeniero hubiera podido seguir. Los gráficos no están
pensados para complicar la vida a los padres y a los niños. Su objetivo es
proporcionar un medio visual para trazar la conducta del niño.
Algunas sugerencias. Dejar
que el niño decore su propio gráfico con dibujos, pegatinas, o recortes. El
gráfico puede tener una forma de lago que sea del agrado del niño, de la
conducta que se está aprendiendo o bien de la recompensa para las que se está
trabajando. Puede colocarse donde el niño quiera: en la cocina, en el espejo
del dormitorio o escondido en un cajón. Cada gráfico debe ser parte de un
sistema de obtención de recompensas a corto o a largo plazo.
Los gráficos
deben seguir las siguientes líneas básicas:
Centrarse
en una sola conducta (o conductas asociadas) cada vez
Es imposible cambiarlo todo de golpe y el
intentarlo agobiaría a todos los implicados. Tomar un problema cada vez, e ir
añadiendo los otros de forma apropiada. Jaime tenia problemas matutinos. Se
levantaba tarde, no quería hacerse la cama y no le quedaba tiempo para
desayunar. Primero se atajó el problema de levantarse tarde. Cuando empezó a
levantarse regularmente, con el despertador, se añadió al gráfico el hacer la
cama y el criterio para ganar un punto incluyó, a partir de entonces, ambas
conductas. Cuando dichas conductas fueron modificadas, se añadió el desayuno a
la lista. Las tres conductas se agruparon en un gráfico como «
Responsabilidades matutinas».
Hacer
gráficos fáciles de usar, leer y mantener
Cuando se está tratando una
conducta diaria, hay que utilizar un gráfico inspirado en el calendario, como
el de la figura 2.
Cuando la
conducta a tratar es de las que tienen lugar varias veces al día entonces va
mejor un gráfico dividido en intervalos de tiempo apropiados (Fig. 3). El
gráfico de la Fig. 3 se utilizó para enseñar a Airim a no quejarse. Dado que
las quejas no ocurren en horarios fijos, el gráfico le permitía ganar estrellas
cada hora que pasaba sin quejarse.
Figura 2. Gráfico matutino
de_________
|
Semana |
Lunes |
Martes |
Miércoles |
Jueves |
Viernes |
Total Puntos |
|
1 |
|
|
|
|
|
|
|
2 |
|
|
|
|
|
|
|
3 |
|
|
|
|
|
|
|
4 |
|
|
|
|
|
|
________gana un punto si se
levanta a las 7:00 sin que tengan que recordárselo.
Figura 3. Gráfico de
_________
|
Hora |
☺ Lunes |
Martes |
ÿ Miércoles |
Jueves |
Ä Viernes |
Sábado |
|
8:00 |
|