El buen profesor
La vida se divide entre la gente emotiva y la
racional, entendiéndose éstas como las motivaciones que guían a las personas a
la hora de tomar decisiones. La personalidad, desarrollada en los primeros años
de vida, da lugar a ésta, y definirá la
filosofía de vida del individuo. La elección de una filosofía guiada por la
emotividad degenerará en una vida guiada por lo instintos y que proporcionará
la felicidad del individuo al concordar con sus anhelos más profundos, por el
contrario la elección de una filosofía guiada por la racionalidad degenerará
en una vida guiada por el deber y que
proporcionará infelicidad al individuo al diferir de sus deseos internos,
sacrificados por el logro de la
racionalidad.
Si aplicamos esta teoría al ámbito educativo,
entenderemos como un profesor guiado por
una filosofía racional no podría
ser nunca un buen profesor, me explico, una persona racional elegirá esta
profesión por motivos diferentes a sus deseos, como pueden ser la buena
posición económica o las vacaciones propias de ésta, lo que no tardará mucho en
derivar en una frustración depresiva que se verá reflejada en el desempeño de
su cargo profesional. En cambio, si esta labor
es ejercida por una persona de filosofía emotiva lograremos un buen
docente que disfrutará realizando su trabajo
y que reflejará positivamente la satisfacción alcanzada en las clases
que imparta. La actitud del profesorado
influye notablemente en el redimiendo de tu trabajo. Por mucho que el
individuo intente ocultar sus preferencias, éstas finalmente siempre acaban
apareciendo.
La labor del docente demanda, como casi todas las
labores de mando, un carácter específico
que confluya la imparcialidad con la cercanía. Deben saber separar y
diferenciar la trascendente disparidad entre el ámbito profesional y el
personal. Si tienes algún problema personal con unos alumnos, éste jamás debe
significar menospreciar su trabajo ni influir en su evaluación. Es una
característica difícil de poseer, que marca la diferencia entre un buen profesor y un mal profesor.
Lo que no se puede es pretender que se aprenda
cuando el encargado de lograr que se haga ni siquiera tiene ganas de enseñar.
La decantación que se debería hacer en esta profesión es tan abismal que ejecutarla
significaría reducir el número de docentes a menos de la mitad, y aunque sé que
toda esa gente quedaría sin trabajo, creo que sería un sacrificio en pro de la
educación, que es lo que realmente importa.
Hay que batallar por escaparse de la incultura
que nos ancla al pozo de la ignorancia, que no nos permite luchar contra el
mundo que nos rodea; pretendemos acabar con las drogas sin primero acabar con
la estupidez, que es la baza que juegan para captar a individuos no-pensantes;
pretendemos mejorar una sociedad que pronto estará formada por generaciones de
iletrados sin conocimientos, ¿por qué? Porque nunca conocieron a nadie que les
ensañara a pensar y tomar decisiones por sí mismos. Recuerden que los que hoy
aprenden son los que mañana enseñaran, y plantéense entonces qué clase de
educación recibirán nuestros sucesores.
Un buen profesor debe ser capaz de motivar a sus
alumnos, enseñarles a pensar y razonar (no a memorizar), debe ser ameno, atento
y debe preocuparse por sus alumnos, compartir con ellos para que ellos
compartan con él, manteniendo las franjas del respeto y la imparcialidad. ¿Es
esto acaso un imposible, una simple ensoñación o un mero personaje ficticio?
No, no lo es. A lo largo de mis años de
estudiante he conocido, porque he tenido muchísima suerte, a personas que
merecen ser designadas con la palabra profesor, porque la cumplen en todos sus
ámbitos. Son personas que aman el “saber” y que disfrutan compartiendo sus
conocimientos con los demás. Personas que no se reducen sólo a los saberes intelectuales, sino que abarcan saberes morales, personales, y de ámbito general.
Profesores: ¡implíquense en nuestra educación,
supérense a ustedes mismos para hacer que nosotros también nos superemos, estén
motivados para motivar, disfruten para hacernos disfrutar, enseñen para darnos
la oportunidad a los que queremos aprender de hacerlo! Gracias.
«La enfermedad del ignorante es
ignorar su propia ignorancia»
Arnos Alcott
Mónica Álvarez Díaz