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La Isla de la Gomera

La Isla de la Gomera

El paisaje de La Gomera y el silbo discurren paralelamente. Incluso en el plano físico, forman un todo inseparable. 

Para comprender la naturaleza del silbo gomero y las razones de su pervivencia a lo largo de los siglos, es necesario tratar, aunque sea brevemente, la geografía y la naturaleza de la isla de La Gomera.

La Gomera está situada al oeste de la isla de Tenerife y próxima a ésta. Sus poco más de 370 Km2 contienen una gran variedad de climas y sus correspondientes tipos de vegetación, con más de 980 plantas silvestres diferentes, unas 280 especies endémicas de la Macaronesia y 75 endemismos propiamente gomeros. El gran tesoro de la isla, no obstante, es el Parque Nacional de Garajonay, un bosque donde prima la laurisilva procedente de los grandes bosques del Terciario.

La isla tiene una forma redondeada, con una semimeseta muy elevada en el centro y una serie de barrancos que descienden desde ella hasta el mar, abriéndose en valles que terminan en pequeñas playas. Excepto éstas, el resto de la costa está formada por acantilados de considerable altura. La mayor parte de las poblaciones se encuentran en los valles y en los puertos. La tierra de cultivo y pasto ha sido siempre escasa por lo que, a lo largo de los siglos, se han ido construyendo terrazas en las laderas de los barrancos para aprovechar el terreno. Estos bancales configuran hoy el paisaje de La Gomera y dan idea de la dureza extrema de las condiciones de trabajo de los campesinos.

La Gomera está formada por acumulación de sedimentos volcánicos de diferentes épocas y tipos pero toda actividad volcánica cesó hace más de dos millones de años. En consecuencia, se trata de una isla erosionada, donde el paisaje está configurado tanto por la naturaleza como por efecto de la mano del hombre. En este aspecto, hay que señalar que la excelente conservación del bosque de Garajonay y de otras especies autóctonas se debe al enorme respeto con que los gomeros se han relacionado siempre con su entorno, explotándolo sin destruirlo.

En un territorio con estas características –donde para acceder de un caserío a otro situado a cinco o seis kilómetros en línea recta hay que descender y ascender barrancos durante horas–, el silbo gomero es una solución idónea para paliar el aislamiento. Tal vez el silbo fue importado desde el norte de África pero cualquiera que visite la isla entenderá perfectamente por qué se desarrolló en ella y ha seguido utilizándose. Incluso podrá imaginar que brotó de las hermosas rocas volcánicas gomeras.

Por otra parte, el paisaje de La Gomera y el silbo discurren paralelamente: los bancales que ascienden hasta lo más alto de los barrancos estuvieron cultivados e hicieron imprescindible el uso del lenguaje silbado; a fecha de hoy, las partes altas e incluso medias de las laderas aparecen estériles, coincidiendo con la emigración, el aumento del nivel de vida y el consiguiente declive del uso del silbo. Incluso en el plano físico, el silbo y La Gomera forman un todo inseparable.


 

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