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Bienes de Interés Cultural



La Danza del Diablo

La Danza del Diablo

Isla: La Palma

Municipio: Tijarafe

Categoria: Bien de Interés Cultural con categoría de ámbito local o insular

Declaración: Decreto 101/2007, de 15 de mayo

Los orígenes más remotos del Diablo, según investigaciones de José Luis García Francisco, datan de la primera década del siglo XX. En 1909 llegó a Tijarafe un madrileño que fija su residencia en el barrio de Aguatavar. Su acentuada imagen captaba la atención de los más pequeños y su descripción, ochenta años más tarde, era la de "un hombre callado con aspecto marinero y cabellos rojizos". Este hombre misterioso mezclaba su soledad con su colaboración en las actividades festivas que se celebraban y demostraba una especial aptitud e inteligencia en la animación. Los más pequeños acudían ilusionados para ver sus títeres, cosa poco frecuente en aquellos tiempos o los machangos que preparaba, como Cataclismo, que asustaba a la vez, que divertía. Consistía este número festivo en un enorme machango de más de tres metros de alto vestido con telas negras y unas enormes manos, en cuyo interior estaba su creador y que salía bailando a la plaza del pueblo. Acompañaban a Cataclismo varios gigantes y cabezudos que, casi un siglo después, siguen participando en la Fiesta del Diablo. A partir de 1923, tres tijaraferos, Antonio Cruz, Pedro Brito y Orocio Martín, crean el diablo que, con algunos cambios, continúa en nuestros días. El motivo era la celebración de una fiesta de la juventud en la que participaban muchachos de todo el pueblo, y que tuvo lugar el día 7 de septiembre, víspera de la fiesta en honor a Nuestra Señora de Candelaria. El armazón era de madera y cañas forradas con tela de saco y sujeto por arcos. Luego, lo recubrían con una lechada de cal para protegerlo del fuego. En 1930, Pedro Brito crea un nuevo machango llamado Sinforiano, que a diferencia de sus predecesores era estático, a modo de una figura humana sobre un barril. Dentro del bidón se metía la persona encargada de manejarlo, que accionaba las manos de Sinforiano a través de unos hilos en polea, y en la que sus dedos eran voladores que subían hasta la boca en la que una bengala encendía los voladores que tenía en cada dedo para concluir con una descarga de fuegos artificiales que llevaba en la cabeza. Después de Sinforiano, y tras el período de paro a causa de la Guerra Civil española, aparece de nuevo la figura metálica del diablo. Distintas personas colaboran en su elaboración, manteniendo la tradición hasta nuestros días. A partir de 1978, tras más de 20 años de preparación por los colaboradores del pueblo, el minado y la colocación de los fuegos de artificio del Diablo se encarga a pirotécnicos profesionales. Actualmente, la vieja carcasa metálica ha sido sustituida por otra más ligera de fibra de vidrio, manteniendo, eso sí, la fisonomía tradicional del machango. También se ha avanzado mucho en el aspecto de la seguridad, especialmente para el que lo "corre". Desde el año 2003 se ha ensayado el uso de una pequeña botella de oxígeno que asegura un suministro constante de aire libre de humo. Asimismo la utilización de un traje ignífugo y de un casco sirve de prevención de posibles accidentes y vienen a completar los elementos de seguridad pasiva. Tal y como recoge María Victoria Hernández Pérez en su libro "La Isla de La Palma. Las Fiestas y Tradiciones" vestir al Diablo es un rito. El vestido del diablo comienza con un ajustado pantalón de amianto, calcetines y zapatillas negras que le ayudan a poner, un casco y sobre su torso desnudo, una toalla empapada en agua. Encima de todo, la pesada carcasa que la convierte en la representación de Satán. Tras varias horas de verbena, la Plaza de Candelaria, que luce sus mejores galas con banderitas de papel, bulle de excitación cada siete de septiembre, víspera del día de Candelaria. Gigantes y cabezudos marcan la cuenta atrás definitiva con su salida a escena. La emoción se desborda y parece que el momento no llega nunca. Durante esos largos minutos de espera nadie, salvo la organización, sabe por donde va a salir el Diablo. De pronto, dos enormes y llamativos ojos rojos se alzan desafiantes sobre la marea de cabezas que se mece al compás de la música. Primero la horqueta, luego el rabo y poco a poco se van quemando las distintas partes del diablo. Durante unos veinte minutos, más de quinientos cohetes salen disparados de la carcasa. Finalmente, y una vez situado el diablo en el centro de la plaza, explota la cabeza en el punto culminante de su intensa aparición. Después del último bramido, el diablo queda desarmado y huye, corre y se refugia hasta el próximo año. El bien ha vencido al mal. Horas después, la Virgen de Candelaria recorrerá las calles de Tijarafe y pasará por la plaza donde bailó el diablo la noche anterior. El éxito del Baile del Diablo hay que buscarlo en el contexto cultural, más concretamente en su singularidad dentro del acervo de las fiestas populares canarias, ya de por sí de tradición rica y variopinta. Así, desde la propia Comisión de Fiestas se concibe este evento como uno de los más significativos dentro del programa de actos de las Fiestas en Honor a Nuestra Señora de Candelaria, dada la gran admiración, el cariño que despierta en los tijaraferos, señalando María Victoria Hernández que se ha convertido, por derecho propio, en una de las fiestas más conocidas y de más participación popular de la isla. Frente a la personalidad descollante del Diablo se corría el riesgo de perder de vista el centro y fin último de toda la celebración: honrar a María de Candelaria. Había que recuperar las fiestas patronales para su patrona, al final tenía que vencer la luz sobre las tinieblas y cumplir la palabra escrita en el libro del Apocalipsis: la lucha de la Mujer contra la Bestia, de María contra Satanás y la victoria de la Virgen sobre el Mal.