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Exposición

Amparo Sard: 'Viaje a Saturno'

26 julio » 29 septiembre 2019

Inauguración: viernes 26 de julio a las 20:30 h. Entrada libre

 

Todo mi cuerpo cambió a otra cosa. Pude ver a través de mí mismo. Y subí ... No estaba en forma humana ... aterricé en un planeta que identifiqué como Saturno ... me teletransportaron y yo estaba en un escenario con ellos. Ellos querían hablar conmigo. Tenían una pequeña antena en cada oreja. Una pequeña antena sobre cada ojo. Me hablaron; me dijeron que dejara de asistir (a la universidad) porque iba a haber grandes problemas en las escuelas ... el mundo estaba cayendo en completo caos ... Yo hablaría (a través de la música), y el mundo me escucharía. Eso es lo que me dijeron.

Sun Ra, Viaje a Saturno

 

Las palabras del músico de jazz estadounidense Sun Ra sirven de inspiración a Amparo Sard para interrogarse sobre la imagen y su percepción. Nuestro acceso a la información es más visual que nunca y se resume en una búsqueda en google o youtube. La existencia pasa por una referencia visual en internet o un perfil en las redes sociales. Paradójicamente, la imagen fotográfica es menos veraz que nunca, si es que alguna vez lo fue en sus orígenes. No solo porque a lo largo de su historia se ha demostrado que se puede excluir e incluir en el encuadre o alterar el orden de los acontecimientos a través del montaje de una imagen en movimiento, sino porque las mismas imágenes se han usado por unos y por otros para defender o atacar las mismas causas. Las imágenes son instrumentos de poder. Ese poder de crear lo que ahora llamaríamos fake news se hace más patente si cabe con la “democratización” de las imágenes. Cortar y pegar con photoshop, aplicar filtros al hacernos una selfie o subir una storie retocada indica las múltiples posibilidades de manipulación de la imagen en nuestra vida cotidiana.

Pasamos horas frente a pantallas. La pantalla se ha convertido en una forma de protección visual pero también física, en una barrera plana que primero esteriliza lo que vemos y segundo nos evita el contacto con la materia. No nos engañemos, a nadie le gusta ver continuamente el dolor ajeno, la guerra, la mutilación, aquello que provoca un rictus de desagrado. Pese a la bulimia visual en la que habitamos, nuestras redes sociales e internet evitan acceder a los contenidos visuales una vez que los descartamos con un solo gesto instantáneo. Ante este tipo de imágenes desechadas, los algoritmos que rigen instagram o netflix nos “protegen” y nos ahorran el trabajo de volver a ver aquello que nos disgusta por haber sido rechazado. Esa supuesta libertad de elección de las redes sociales o las nuevas formas de ver la televisión es sencillamente irreal. No es que seamos impasibles aquí, al otro lado de la pantalla, aun somos humanos y nos conmueven las mismas imágenes de siempre. La pantalla nos sugiere sumergirnos en una burbuja de contenidos visuales de nuestro agrado y nos evita enfrentarnos al horror. Y así nos vemos envueltos en el confort audiovisual. En Ante el dolor de los demás, Susan Sontag consideraba humano apartar la mirada de las imágenes que nos provocan malestar. Al fin y al cabo, como escribiera Primo Levi refiriéndose a su horrible experiencia en los campos de exterminio “sabemos que es difícil que alguien pueda entenderlo y está bien que sea así”. Frente a la “obligación” ética de no cerrar los ojos ante las imágenes del dolor ajeno para perpetuar y honrar una memoria que querría ser colectiva, Sontag propone la reflexión.

Con la monumental instalación Viaje a Saturno, Amparo Sard responde al dilema de la mirada contemporánea con una alternativa que precisamente aúna memoria y reflexión. Para ello, no utiliza la memoria vinculada a la imagen sino a la materia. Y esa materia es la pantalla misma sobre la que vemos proyectadas las imágenes. La pantalla se convierte en un material más a través del que investigar la imagen y nuestra forma de mirar. Esta pantalla donde se proyectan las imágenes del rescate de una patera ya no es plana, está intencionadamente deformada y por tanto desfigura las imágenes que se proyectan sobre ella. Ahora la pantalla es un órgano monstruoso, una gran mancha luminosa anaranjada que captura la mirada del espectador como un salvavidas lanzado al océano. Es la siniestra arruga en la que se ha convertido la pantalla, el horror de la deformación transferida a las imágenes que vemos proyectadas sobre sus cráteres y las voces desgarradoras que resuenan en el espacio expositivo, lo que nos quiebra el alma. Esta herida desagradable, esta fractura matérica conecta con nuestra parte más primitiva y humana, para hacernos sentir y reflexionar sobre la imagen. Es la materia la que nos emociona, no la imagen. 

Artista

Amparo Sard ha mostrado en su trayectoria intereses muy diversos: matemáticas, física, música, filosofía. Su obra es multidisciplinar, delicada, obsesiva a veces, inquietante. La continua experimentación con materiales como el poliuretano, la fibra de vidrio, la fotografía y el vídeo le permiten la expansión de su obra a gran escala.

Licenciada, doctorada y profesora de Bellas Artes en la Universidad de Barcelona, Master of Art in Media Studies por la New School University de Nueva York. Ha sido galardonada, entre otros reconocimientos, con el Deutsche Bank Internacional y la Medalla de Oro del Gobierno Italiano a su carrera y seleccionada como una de las mejores artistas del mundo del año 2018 para la LXRY list de Holanda. Vive y trabaja entre Barcelona y Mallorca.

Ha expuesto de manera individual en museos como el MACRO Museo de Arte Contemporáneo de Roma, TEA Tenerife Espacio de las Artes, Es Baluard de Palma, Museo ABC de Madrid: o colectivas como el Irish Museum of Modern Art, White Box de Nueva York, BOZAR Palacio de las Bellas Artes de Bruselas, MMCA Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Korea, Royal Ontario Museum, entre otros. Su obra se encuentra en colecciones públicas y privadas como el MOMA de Nueva York, Guggenheim de Nueva York, la West Collection de Nueva York, el MACRO de Roma, el Taylers Museum (Haarlem, Holanda), Artium de Vitoria, Deutsche Bank de Berlín y Nueva York, colección Patricia Phelps de Cisneros, entre otros.