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Los factores de riesgo

Dentro de los múltiples posibles efectos de la actividad humana sobre el mundo de las plantas (ver sinopsis en el Libro Rojo de la Península y Baleares) destacamos y comentamos brevemente los de mayor incidencia sobre la flora canaria. La simple lectura de las fichas deja bastante claro cuáles son los principales problemas.

La agricultura en las zonas más bajas, la deforestación en las de mayor altitud, y el pastoreo en todas, fueron las principales causas del destrozo de aquella perfecta zonación de pisos de vegetación que maravillara a Humboldt durante su visita a las Islas. A estos dos impactos se une actualmente el de las construcciones turísticas y vías de comunicación.

La ocupación del terreno por una agricultura intensiva y pujante, espoleada por su fuerte capacidad exportadora ha sido la tónica prevalente durante las últimas décadas, si bien no debemos olvidar que ésta moderna agricultura sustituyó a otra anterior de subsistencia, que ocupó en su día bastante mayor extensión. Por ello son abundantes las superficies abandonadas, y vistas las cosas en este sentido, se ha producido una cierta recuperación del medio.

La desertización no debemos verla como algo exclusivamente achacable al hombre, porque es un proceso climático en expansión que viene de muy atrás. Pero es cierto que la sobreexplotación de los acuíferos, la desaparición de las masas forestales, las roturaciones y la explotación ganadera extensiva, han acelerado mucho el proceso, sobre todo en las islas más orientales. Su impacto económico es innegable, y sus efectos sobre la flora y vegetación deberían verse como algo lento, gradual y en cierto modo "natural" si no fuera por esa aceleración humana que hemos señalado.

Las talas para madera y leña, compartieron en su día la responsabilidad por la desaparición de una gran parte de la laurisilva y de parte del pinar. La repoblación del cinturón alrededor del circo de Las Cañadas del Teide con Pinus canariensis fue un gran acierto, pues adelantó en bastantes años una buena solución al actual dilema reforestación / restauración, conjugando perfectamente ambas cosas. En cambio, una posible restauración de laurisilva en sitios donde había desaparecido, aparece como algo mucho más trabajoso y difícil. La laurisilva perdida ha sido decisiva para el régimen hídrico, al perderse con ella su capacidad de transformar la humedad atmosférica en edáfica; también ha sido un factor importante en la erosión del suelo.

La influencia del pastoreo sobre la flora canaria es tema que merece unas cuantas matizaciones importantes, pues de modo alguno la situación admite comparación en tono de igualdad con lo que ocurre en otras situaciones continentales que seria fácil juzgar equivocadamente como paralelas.

En la cuenca mediterránea, por ejemplo, toda la flora ha evolucionado en presencia de distintos herbívoros salvajes (conejo, ciervo, cabra montés, etc.), por lo que está perfectamente adaptada a ellos desde tiempos remotísimos. Nunca cabe, por tanto, señalar a los herbívoros como algo negativo en sí para la flora silvestre. Cuando se sustituyen los herbívoros salvajes por domésticos, no parece haber ocurrido tampoco un impacto especialmente grave, salvo en casos de abuso manifiesto en la carga ganadera que puede soportar un pastizal. Nunca es pues al pastoreo, sino al sobrepastoreo, a quien deben achacarse las culpas de interferir con la supervivencia de las especies vegetales.

En las islas Canarias nunca hubo herbívoros salvajes grandes, y la flora evolucionó ajena a la acción de depredadores de importancia. Basta ver cómo las retamas y tagasastes de las mayores altitudes son completamente inermes, mientras en los ecosistemas oromediterráneos encontramos interminables superficies de matorral espinoso, bien defendido de la Capra pyrenaica.

Sólo en una época ya histórica fueron llegando los herbívoros domésticos de la mano del hombre. El conejo llegó quizá de los primeros y su impacto inicial, en gran parte desconocido, pudo bien ser fatal para algunas especies. Hoy existe un equilibrio y da la impresión de que la depredación del conejo sólo contribuye a dar un porte algo más erguido a los mencionados retamas y tagasastes. La cabra y la oveja, ya utilizadas extensivamente por los guanches, es también muy probable que causaran un fuerte impacto inicial, como lo sigue causando ahora sobré todo la cabra. En Canarias no hace falta, por tanto, llegar a un sobrepastoreo; en teoría, basta el pastoreo normal para que sean de temer repercusiones negativas sobre la flora.

El remate de esta situación ocurrió cuando ya avanzado el siglo actual, se introdujeron muflones y/o arruis en las zonas de altitud (actuales parques nacionales del Teide y de la Caldera de Taburiente), con el fin de satisfacer las aficiones cinegéticas de unas minorías. Aunque desde un tiempo se están haciendo esfuerzos por erradicarlos, falta aún bastante por hacer, sobre todo en la isla de La Palma.

La depredación directa de las plantas y la selección a favor de una vegetación de tipo secundario, no son los únicos impactos del ganado. En algunos de los casos que siguen se habla de la inestabilidad natural de muchos terrenos y cómo ésta se acentúa con el pisoteo. Puede parecer un efecto poco perceptible a primera vista, pero entendemos que llegue a ser un factor de importancia en determinados lugares.

La ganadería extensiva, igual que la agricultura del mismo tipo, ha mostrado una tendencia regresiva en los últimos años, si bien las actuales subvenciones a esta actividad están frenando a su vez dicha tendencia. En algunos barrancos de las Islas se ha venido desarrollando una forma de explotación del ganado cabrío en base a cabras cimarronas que luego se "cazan". Hemos visto algo parecido en Creta, y pudimos apreciar sus consecuencias catastróficas, al menos sobre determinadas especies.

Hoy, un factor determinante para la conservación de la flora, sobre todo en zonas bajas, es la proliferación de edificaciones turísticas que se localizan de un modo muchas veces irracional e indiscriminado. La ocupación misma del terreno es sólo una parte del impacto, porque las transformaciones secundarias, las vías de acceso, la contaminación, el coleccionismo, etc. amplifican notablemente el deterioro medioambiental.

El visitante turístico de Canarias, llega dotado cada vez de una mayor sensibilidad para lo ambiental y, en cualquier caso, tiende a acentuar la poca o mucha que tenga ante la idea de que va a visitar un territorio con aura de "paraíso". Para él, hay varias cosas que a primera vista llamarán negativamente su atención. Entre ellas, esa distribución esparcida e indiscriminada de las edificaciones. También, la utilización de ciertos barrancos, tapizados de vegetación noble, como vertederos incontrolados. En algunos puntos, le chocará la explotación indiscriminada de sustratos, que deteriora enormemente paisajes singulares, ofreciendo múltiples conos volcánicos a medio cortar. Si está educado botánicamente, apreciará también la competencia "desleal" de varias especies alóctonas como Opuntia, Agave, Nicotiana, Ageratina, etc. sobre la vegetación original autóctona de las zonas bajas.

En un archipiélago, la misma flora autóctona puede llegar a suponer un serio peligro para ella misma, si tenemos en cuenta la posibilidad de contaminación genética interislas. Muchos de los géneros que han experimentado una pujante radiación evolutiva (como Aeonium, Argyranthemum, Cheirolophus, Crambe, Echium, Helianthemum, Limonium, Lotus, Sonchus, etc.) y llegado así a una multiplicidad de especies sobre la base de un aislamiento geográfico pero no sexual, podrían sufrir efectos desastrosos de entrar estas especies en contacto. De hecho, el riesgo de introgresiones indeseadas por parientes próximos en ciertas poblaciones es mencionado en varias fichas, y creemos se trata de un asunto al que en modo alguno conviene restar importancia. Las hibridaciones entre Phoenix dactylifera (el datilero, alóctono) y Phoenix canariensis, que ocurren con frecuencia en Gran Canaria, proporcionan un ejemplo que entra bien por los ojos.

Por ello creemos un arma de doble filo el fomento del cultivo en jardinería que se propugna como método de conservación complementario para muchas especies con valor ornamental. Siendo perfectamente válido en una jardinería muy local, debería practicarse con todo género de precauciones cuando se ensancha el ámbito geográfico.

Por último, el coleccionismo puede ser una fuerte amenaza para algunas especies, pues el Convenio CITES sólo incluye un número muy limitado de crasas. No vemos en cambio objeciones, sino al contrario, en la recogida y distribución (incluso comercialización) de semillas, siempre que se realice con un cierto control y excluyendo casos verdaderamente extremos.

 

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