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Con sólo un 1,5 por ciento de la superficie nacional, las Islas Canarias albergan muy cerca de la mitad de los endemismos vegetales españoles. Esta simple consideración numérica da una buena idea de la enorme importancia de la flora canaria, algo por lo demás suficientemente obvio cualquiera que fuere la medida o la óptica que utilicemos. Pero también apunta no debe olvidarse, hacia dónde están los principales retos y los mayores problemas en el campo de la conservación de la flora española.
Basta hojear un poco el libro que tenemos entre manos para apreciar inmediatamente cómo el número relativo de especies clasificadas en la categoría "E", de taxones con un área puntual y de casos extremos al mismo borde de la extinción, es claramente superior al que pudimos ver en el Libro Rojo de la Península y Baleares. Cuando se mira bajo el prisma de la conservación, no cabe ninguna duda de que el peso relativo de a flora canaria es bastante mayor que el de la peninsular.
Los diversos avatares que caracterizaron la historia de la cuenca mediterránea desde el Mioceno hasta el presente respetaron en mayor proporción la parte occidental y de ahí la especial riqueza florística de la Península Ibérica y de las Islas Baleares en relación con otras áreas adyacentes. Las Islas Canarias se libraron en gran parte de todo ello, y su latitud más baja, el efecto amortiguador del mar sobre las variaciones climáticas, y las condiciones propias de la insularidad hicieron el resto para dotarlas de unas cotas verdaderamente excepcionales de diversidad vegetal.
En Canarias abundan los endemismos pertenecientes a las dos principales clases que de ellos existen; los antiguos (paleoendemismos) que son relictos de etapas anteriores y que han persistido hasta el presente en las especiales condiciones de las islas, y los más nuevos (neoendemisrnos) que son producto de una evolución más reciente favorecida por el conjunto de condiciones que va normalmente asociado a la insularidad (Sunding 1979).
Alguien definió las islas, en general como verdaderos "laboratorios de evolución", y ya Darwin lo pudo apreciar así, con toda intensidad en sus observaciones sobre la vida animal de las Galápagos.
La diversidad de hábitats y de nichos ecológicos (altitudes, orientaciones, substratos humedad etc), favorece por un lado la especiación y la acelera (Gorman, 1994). El aislamiento mismo también acelera la aparición de biodiversidad, al evitar contactos homogeneizadores con taxones afines, y prevenir la acción de predadores, parásitos u otros peligros. Al tiempo, y casi por la misma serie de razones, la insularidad permite la persistencia de otros taxones que nos hablan de pasados más remotos (Bramwell, 1979; Cardona & Contandriopoulos, 1979). Pero junto a estas cualidades que maravillaron a tantos naturalistas en la época de las grandes exploraciones geográficas, los ecosistemas insulares se caracterizan también por una fragilidad muy alta ante los impactos procedentes del exterior y, muy especialmente ante aquéllos que traen consigo la presencia y las actividades del hombre (Bramwell, 1990).
El ejemplo más clásico de esta fragilidad es el caso del dodo de la isla de San Mauricio, en el Océano Indico un ave voluminosa e incapaz de volar, a quien los exploradores exterminaron en poco tiempo, cazándola con palos. Menos conocido pero aún más dramático es el caso del pajarillo también corredor de aquél islote deshabitado de Nueva Zelanda, que fue exterminado en pocos meses por el gato doméstico que llegó acompañando a una familia de fareros. La vegetación de la Isla de Santa Elena, en el Atlántico Sur, completamente arrasada por las cabras en pocos años, es otro de los ejemplos que se cita en los libros.
Sin recurrir a casos emblemáticos, ni ir tan lejos en la geografía, tenemos en nuestro mismo país el caso del pequeño jaramago (Diplotaxis siettiana Maire) que desapareció de la isla mediterránea de Alborán en plena década de los setenta al regarse con agua del mar la zona donde vivía. O de Lysimachia minoricensis Rodr., de las Baleares, hoy desaparecida de la Naturaleza y solo cultivada en jardines botánicos. En las Canarias, el número tan elevado de especies al borde de la extinción, invita a suponer que algunas otras se perdieron ya hace tiempo sobre todo en las cotas más inferiores, visitadas desde muy antiguo por navegantes de varias civilizaciones. Más arriba, las formaciones de laursilva, que se hablan mantenido sin gran variación desde el Mioceno (hace unos cinco millones de años); han tolerado francamente mal los últimos quinientos de explotación humana habiéndose reducido muy notoriamente su superficie.
Varios casos de endemismos tan raros que se llegaron a dar como extintos en el archipiélago y se reencontraron después de algún tiempo, aparecen por ejemplo, en las fichas de Lotus berthetotii Masf., Monanthes minirna (Bolle) Christ o Normania nava (Webb & Berth.) Franc.-Ort. & R. N. Lester. Otro caso similar no incluido en este libro es el de Brassica bourgeaui (Webb ex Christ) O. Kuntze (ver algo más adelante). Situaciones extremas de este tipo, abundan en Canarias mucho más que en cualquiera de las áreas circundantes, y habría que viajar verdaderamente muy lejos para encontrar algo semejante.
En lo que sigue, se presentan fichas de trescientos casos elegidos entre los más raros y/o amenazados de la flora canaria. Se pretende sencillamente. cumplir con las funciones que normalmente se asignan a un libro rojo, esto es, compilar para cada especie la información disponible que resulte relevante para su conservación y supervivencia futuras, con el fin de que pueda servir de base para acciones o políticas futuras de protección. Las partes y capítulos de cada ficha son los usuales en un libro de esta naturaleza, y seguimos aproximadamente su pauta en el breve texto introductorio que sigue.
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