En la elaboración tradicional de vinos tintos las uvas son sometidas al estrujado, llevando el mosto resultante (parte líquida y sólida) al depósito de fermentación.
Durante la fermentación y por acción de las levaduras, los azúcares se desdoblan en alcohol y se desprende anhídrido carbónico. Al mismo tiempo, las materias colorantes del hollejo se disuelven en el líquido, el gas carbónico desprendido empuja hacia arriba los hollejos formándose una barrera superior llamada "sombrero".
Luego se precede al remontado, que consiste en remojar el mencionado sombrero con el mosto en fermentación, para activar la extracción de color. Este proceso suele realizarse con sistemas de bombeo.
Trascurridos entre 7 y 10 días, dependiendo de la consideración del enólogo, se da por concluida la fermentación y se procede a trasegar a otro depósito el vino, fluyendo éste por la parte inferior del depósito, operación ésta llamada descube.
Tras el descube, el sombrero contiene aún mosto que puede aprovecharse y es llevado a la prensa, donde por medio de presiones progresivas, obtenemos más mosto, de más color, con más tanino y más astringente.
En el segundo depósito finalizará la fermentación, dependiendo de la temperatura, entre 10 y 20 días más tarde.
Los trasiegos, como en el resto de las elaboraciones, se repiten periódicamente, quedando las materias sólidas en el fondo de los depósitos, evitando con ello que se descompongan y alteren las cualidades del vino.
En este momento será cuando se decida el destino de cada vino, si se quiere una rápida salida al mercado, o por el contrario darle por sus cualidades una crianza más o menos larga, en barrica o en depósito.
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