Como en todas las vinificaciones, las uvas, son vendimiadas, transportadas y llevadas al lugar donde comenzará el proceso de elaboración del vino.
La uva es descargada sobre la tolva de recepción, donde será un sinfín el encargado de transportarla hasta la despalilladora estrujadora, donde se elimina el raspón o estructura vegetal del racimo.
En este proceso los granos de uva sufren la rotura por presión, siendo conveniente que no se rompan los elementos vegetales duros - pepitas y raspones- para que no contaminen el mosto resultante de sabores herbáceos poco deseables.
La pasta resultante de este estrujado compuesta por el mosto y orujos, es bombeada a la prensa para la extracción del zumo por presión sobre las uvas; los mostos obtenidos son ricos en materias sólidas en suspensión, por lo que se procede a su separación mediante el desfangado.
Este proceso consiste en dejar el mosto estático durante 24 horas aproximadamente, cuidando evitar su fermentación por medio del control de la temperatura.
De esta manera, los elementos sólidos caen al fondo por su propio peso, y los mostos limpios se trasiegan y se llevan a fermentar.
La fermentación es el proceso de transformación de los azúcares del mosto en alcohol y otros productos orgánicos, proceso metabólico realizado por las levaduras. Suele durar entre 10 y 15 días. Una vez finalizada, el vino sufre dos o tres trasiegos, para eliminar los restos sólidos procedentes de la fermentación.
Aún después de los trasiegos, el vino sigue conteniendo partículas sólidas, por lo que se procede al clarificado del mismo. El siguiente y último proceso es el filtrado, que consiste en pasar el vino a través de unas sustancias que retienen las partículas sólidas que aún puedan quedar, para proceder al embotellado
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